‘Rosebush Pruning’: Karim Aïnouz se desorienta por el camino que lleva a Yorgos Lanthimos

<p>Hay películas que funcionan mucho mejor contadas que sobre la pantalla. De hecho, buena parte del cine supuesta y vocacionalmente radical solo habita en los dosieres de prensa, mucho de ellos redactados por sus directores. Una película de ocho horas y cinco minutos que consista en un plano fijo de un edificio emblemático de Nueva York es una reflexión reveladora sobre el paso del tiempo o una experiencia traumática. Según. Todo depende de cómo se encuentre el cuerpo el día que se decide ver. Pero lo cierto es que una cinta así gana mucho en la conciencia y experiencia del espectador si justo cuando vas a entrar el cine te anuncian que ya no quedan entradas. <strong>Con </strong><i><strong>Rosebush Pruning</strong></i><strong> (La poda del rosal), del brasileño Karim Aïnouz, sucede algo parecido.</strong></p>

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 La película teatraliza la perversión de unos ricos idiotas según el clásico ‘Las manos en los bolsillos’. A su lado, la finlandesa Hanna Bergholm insiste sin éxito en un retrato del terror de la maternidad en ‘Nightborn’ (**) y el franco-senegalés Alain Gomis completa un vibrante y muy exigente estudio de la identidad poscolonial en ‘DAO’ (****)  

Hay películas que funcionan mucho mejor contadas que sobre la pantalla. De hecho, buena parte del cine supuesta y vocacionalmente radical solo habita en los dosieres de prensa, mucho de ellos redactados por sus directores. Una película de ocho horas y cinco minutos que consista en un plano fijo de un edificio emblemático de Nueva York es una reflexión reveladora sobre el paso del tiempo o una experiencia traumática o las dos cosas. Según. Todo depende de cómo se encuentre el cuerpo el día que se decide ver. Pero lo cierto es que una cinta así gana mucho en la conciencia y experiencia del espectador si justo cuando vas a entrar el cine te anuncian que ya no quedan entradas. Con Rosebush Pruning (La poda del rosal), del brasileño Karim Aïnouz, sucede algo parecido.

Todo parece ir bien desde el principio. Inspirada en el clásico de Marco Bellocchio de 1965 Las manos en los bolsillos y sobre un guion firmado por Efthymis Filippou, libretista del griego Yorgos Lanthimos, la idea es retratar las miserias de una familia de ricos americanos, burgueses hasta la desesperación y perdidos en una errática existencia de lujo, extravagancia y pereza. Se trata de analizar la perversión más íntima del sistema que nos hemos dado desde un cine eminentemente perverso, provocador y ajeno a los prejuicios. Si a la declaración de principios se suma un reparto en el que figuran de manera coral Callum Turner, Elle Faning, Pamela Anderson, Riley Keough, Jamie Bell, Tracy Letts y hasta Elena Anaya, todo encaja. Un dato más y no menor, toda ella está rodada en Barcelona. Lástima que no se agotaron las entradas.

Desde el muy platónico plano de las ideas, todo funciona. Pero basta poner los pies en la tierra para que cueste conciliar el sueño y ajustar la realidad de lo visto con las ideas de antes. La película, decíamos, cuenta la historia de una familia no tanto disfuncional como solo rara. Cuatro hermanos viven con su padre supuestamente viudo y ciego en una errática armonía entre la nada y el vacío. Privilegios de la riqueza heredada que no paga impuestos de sucesiones. Y así hasta que uno de ellos, el que interpreta Bell, anuncia que se casa con la mujer a la que da vida Faning y se dispone a abandonar la lujosa casa-cárcel de barandillas de cristal y vistas a lo verde que oculta la pobreza de otros. Entonces, todo se desmorona y el hermano al que encarna Turner se las arregla para desarmarlo todo, descorrer velos y dejar a la vista todas las mentiras: ni la madre está tan muerta como parece ni la pasta de dientes sirve solo para lo que dice el prospecto (turbia imagen la del dentífrico).

Rosebush Pruning se lo permite todo. Desde escenas de sexo sangrientas a lobos sangrientos pasando por sangres sangrientas. Eso y una voz en lacerante off que describe con un puntillosa monotonía la miseria que nos habita. El problema, queda demostrado, es que el camino inaugurado por Lanthimos no es tan fácil de seguir sin tropezarse en todo aquello que solo existe en la imaginación de los detractores de, precisamente, Lanthimos. Frente a la puesta en escena extrañada, casi metafísica, del director griego, Aïnouz opta por un rigorismo excesivo y un afán de sorpresa (que no solo provocación) algo disfuncional él también.

Y de este modo, todo resulta tan bobo como, justo es aceptarlo, elegante, turbio, incómodo y hasta seductor. Sin embargo, y esto ya duele, hay una vocación pedagógica en señalar donde está lo malo que lamina buena parte del misterio. La gracia del cine de Lanthimos es ese empeño por mover el significado de las cosas, por desorientar, por provocar en las mejor de las actitudes; una virtud que aquí solo es enunciada. Aïnouz es bueno señalando al culpable en esta crisis apocalíptica de magnates todopoderosos contra la democracia y gusta que molesten e irriten tanto (la sala gimió de abucheos) esos planos siempre relamidos entre exuberancia de poder, el dinero y las marcas de lujo. Pero se enreda y hasta se pierde por culpa de un exceso de didactismo, de una conciencia demasiado evidente y a la vista del mal gusto que encierra el llamado buen gusto. Lo dicho, Rosebush Pruning es mejor contada que vista.

Hanna Bergholm, Rupert Grint y Seidi Haarla en la presentación de Nightborn.
Hanna Bergholm, Rupert Grint y Seidi Haarla en la presentación de Nightborn.Christoph SoederAP

Las otras protagonistas del día en la sección competitiva llegaron de Finlandia y de Francia (o de Senegal, si atendemos a la doble nacionalidad del director). Por seguir con el juego del principio, el problema de la finlandesa es que la historia de Nightborn, de Hanna Bergholm, ya nos la contaron en, por ejemplo y por pionera, La semilla del diablo. El caso de DAO, del cineasta franco-senegalés Alain Gomis y apenas visible en el tráfico del día, es el contrario: aquí, en cambio, estamos ante un vibrante y muy exigente ejercicio de cine que también es exploración de la identidad poscolonial. Y está sí justifica la aventura de llegar a tiempo a la sala.

La directora que ya demostrara su solvencia en el género de terror con Ego (2022) quiere ahora ir más allá. Una madre da a luz a una criatura extraña que prefiere la sangre a la leche materna y la carne cruda a los potitos. No pasa nada, gustos peculiares los hemos tenido todos. Pero claro, no hay ni economía familiar ni nervios que lo soporte. Nightborn arranca como un cuento barroco y de misterio se diría que ortodoxo. Demasiado. Y es por ello, por la voluntad expresa de romper esquemas, que pronto deriva en muchas cosas y todas a la vez: gran guiñol, comedia grotesca, fantasía animada y hasta metáfora existencialista. Ambición no falta y eso es bueno. Pero el caos es tal que daría la impresión que ante la duda de no tener claro lo que se quiere ser se opta por todo al mismo tiempo. Y eso, en efecto, no hay nervios que lo resista.

El caso de DAO es diferente por su rigor, su claridad y su intensidad. Bien es cierto que las tres horas largas por las que se precipita avanzan por la pantalla sin la menor intenciones de hacer ni prisioneros ni socorrer a los heridos. Se cuenta las historias en paralelo de una boda en Francia y un funeral por la muerte de un anciano en Guinea-Bissau. En la primera se casa la hija de la misma mujer que en la segunda viaja con esa misma hija a la tierra de sus ancestros. «Dao», se lee al principio, «es un movimiento perpetuo y circular que fluye en todo y une al mundo». De eso se trata, de juntar lo que se separó, de unir hogares y de restañar heridas. Desde aquí, el director de la brutal y conmovedora Félicité (2017) confecciona un crisol de miradas, gestos y conflictos. Todos ellos muy vibrantes y profundos; misteriosos y pugnaces.

A su vez, el director enseña el artificio de su película y exhibe a los actores en la preparación de los personajes que harán en la realidad. Todos dicen lo que quieren ser y lo que nunca se atreverían a encarnar. Digamos que en ese juego entre lo real y la fabulación, DAO se presenta al espectador como un rito eterno, como un manifiesto contra la brutalidad colonial que aún vive y como una aventura cinematográfica nueva, tensa y provocadora hasta, justo es reconocerlo, el agotamiento.

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