La mala afición de Dios: Morante torea sin toros y Borja Jiménez no lo hace con ellos en Pamplona

Dios es muy mal aficionado: Pamplona esperaba a Morante de la Puebla, pero los toros de gloria de la desrazadita corrida de Álvaro Núñez cayeron en las manos de Borja Jiménez. Así que uno toreó sin toros y el otro, con toros, no. Que nadie se engañe con la excusa de la espada: Jiménez no cuajó ni al segundo —y Gavilán era excepcional— ni al quinto —con talento, pero no tanta humillación—. Podría meter en la ecuación a Pablo Aguado, también penalizado por la suerte. Mas la gente había acudido con la mente y el corazón puestos en Morante. Sucedió también que no todo lo que sacó el maestro de la chistera contó con el eco debido, confirmándose la luminosa frase del periodista Jesús Bayort de que, a veces, la gente va a verlo y no sabe verlo.

 El maestro de la Puebla reúne más toreo en una tarde con la suerte en contra que en toda la feria; el joven sevillano sortea el gran lote de la desrazadita corrida de Álvaro Núñez y lo desperdicia  

Dios es muy mal aficionado: Pamplona esperaba a Morante de la Puebla, pero los toros de gloria de la desrazadita corrida de Álvaro Núñez cayeron en las manos de Borja Jiménez. Así que uno toreó sin toros y el otro, con toros, no. Que nadie se engañe con la excusa de la espada: Jiménez no cuajó ni al segundo —y Gavilán era excepcional— ni al quinto —con talento, pero no tanta humillación—. Podría meter en la ecuación a Pablo Aguado, también penalizado por la suerte. Mas la gente había acudido con la mente y el corazón puestos en Morante. Sucedió también que no todo lo que sacó el maestro de la chistera contó con el eco debido, confirmándose la luminosa frase del periodista Jesús Bayort de que, a veces, la gente va a verlo y no sabe verlo.

A las 18:53 ya habíamos visto más toreo, no digo ya que en la tarde anterior, sino que en toda la feria. Pero ya habíamos avisado en la línea final de la última crónica: «Cuando venga lo bueno, no lo sabrán ver». Morante de la Puebla volvió a Pamplona después de la tómbola de orejas y no se enteraron. Ni del modo de andar con el descarado toro, ni de asentarse con él. Ni siquiera, me temo, de las tres chicuelinas —pura maravilla— sobre las que giró ralentizado el mundo entero. Eran las 18:40 cuando se había parado totalmente en una media que posó el capote en la cadera.

El toro, que había marcado la querencia en sol varias veces —un puyazo en uno y otro caballo—, venía con el poder contado, la raza en mínimos y con la incomodidad de puntear. Morante se dobló con él con sabor, trató de sacarle limpios los derechazos —cosa que logró— y dibujó un cambio de mano de peculiar trazo, tan abajo. Menos empuje aún contó la embestida a izquierdas, pero, al final, tres naturales portentosos pusieron el colofón a una obra hecha a golpes de monumentos, a falta de la redondez. Como ese camino de trincheras que se coló en el ecuador: el toreo al paso, ya digo. Se despidió con media estocada y allí no asomó ni un pañuelo. Saludó una ovación haciendo así con la montera: «En el siguiente».

Pero en el siguiente no fue, aún más vacío: el depósito de la bravura por debajo de la reserva; la expresión de seriedad en el límite. Morante aprovechó su salida para levantar un monumento a la verónica, hundiéndose con la embestida todavía viva. Duró poco. Lo demás, desde entonces, corrió a cargo de la invención del maestro. A base de buscarle las vueltas, provocarle y pisarle el sitio con la izquierda —esa serie contuvo la luz de Sevilla— consiguió alegrar al muermo, entre no pocos cabezazos. Mucho torero para tan poco toro. Abrochó con pases de costadillo, pinchó en los bajos y enterró una estocada también baja. La última ovación la recogió con cierto sinsabor de expectativas no cumplidas; nada en su debe.

A las 19:15 un silencio sepulcral —un decir en Pamplona— había descendido sobre Borja Jiménez con peso de losa. Yacía ya en el ruedo un toro de proverbial cuello, elasticidad mayúscula, una expresión cariavacada para sentirse y una clase categórica, especialmente por la mano izquierda: Gavilán planeaba sin inercias colocando su embestida de quilates a ras de suelo. Lo había anunciado en un quite estupendo a la verónica de Pablo Aguado, así como parando el vuelo. Jiménez arrancó faena con la cabeza puesta en Pamplona, no en el toro, empleando pases cambiados de rodillas y una velocidad vertiginosa.

La mano derecha empezó a atemperarse en la segunda serie y, cuando cogió la izquierda, logró una tanda de naturales que prometió el paraíso, y ninguna más del mismo nivel. Por lo que sea, como dicen ahora. Para cuando agarró la espada, la sensación de toro desperdiciado ya se había instalado antes de los pinchazos. Lo mismo ocurrió con un quinto no tan humillador pero muy talentoso. Borja Jiménez volvió a demostrar sus limitaciones antes de estrellarse con la espada en modo haraquiri. Una ruina.

Los tres cinqueños de la corrida —1.º, 3.º y 5.º— se abrieron en los lotes. Sueltas las carnes, con sus desigualdades en algunas seriedades menores y una igualdad en la falta de raza —y quizá también en la preparación, no sé—, no le sonrió la suerte a Álvaro Núñez, pecados propios a parte. Pablo Aguado echó la tarde con mucha actitud y cosas toreras ante un toro no sólo sin bravura, sino también sin clase. Y el último, que contaba con ella para hacerlo bien, se afligía en la muleta. Aguado no. Quiso mucho y mató con seguridad.

NOTA: La tarde había arrancado con una formidable bronca por unas pancartas en los tendidos de sol contra España y su selección de fútbol. «Puta España» y «Puta selección» escribieron unos putos anormales, hijos de la euskaldunización de Navarra. Una degeneración no sólo permitida, sino fomentada. La contestación desde la sombra con gritos de «¡Viva España!» y «¡Yo soy español!» sonó a infantil consuelo a falta de la ausente intervención de la autoridad.

MONUMENTAL DE PAMPLONA. Viernes, 10 de julio de 2026. Lleno de «no hay billetes». Toros de Álvaro Núñez, tres cinqueños -1º, 3º y 5º-; de desiguales seriedades, sueltos de carnes; compusieron un conjunto falto de raza y poder; destacaron el excelente 2º y el 5º

Morante de la Puebla, de canela e hilo blanco. Media estocada (saludos); pinchazo en los bajos y estocada baja (saludos).

Borja Jiménez, de celeste y oro. Dos pinchazos, estocada contraria y trasera y descabello. Aviso (silencio); cuatro pinchazos y estocada contraria (silencio).

Pablo Aguado, de tabaco y oro. Estocada contraria (saludos); estocada atravesada. Aviso (saludos).

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