‘Amarga Navidad’: Almodóvar y las razones, que son emociones, de una obra maestra (*****)

<p>Un hilo no tan sutil une los espejos y las lágrimas. Los dos, si hacemos caso a la obsesión barroca tanto por los unos como por las otras, hablan de la fragilidad, de lo efímero del mundo y de lo íntimo. Por el espejo sabemos que asuntos como la juventud, la belleza y hasta el optimismo duran lo que duran, que es más bien poco, apenas el instante de un reflejo. Y las lágrimas, por su parte, nos avisan de lo vulnerable que resulta el cuerpo y, apurando, todo lo demás. Los/las dos nos hablan del tiempo, del tiempo que pasa y del tiempo detenido en un momento de emoción profunda e incontrolable. Y las/los dos son las herramientas básicas (como las pistolas y las chicas que decía el gran visionario misógino) de un género como el melodrama en particular y del cine sin más especificaciones en general. </p>

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 El director manchego completa su película más honda, más descarnada, más compleja y hasta más imperfecta en un cruel estudio de los motivos de la creación  

Un hilo no tan sutil une los espejos y las lágrimas. Los dos, si hacemos caso a la obsesión barroca tanto por los unos como por las otras, hablan de la fragilidad, de lo efímero del mundo y de lo íntimo. Por el espejo sabemos que asuntos como la juventud, la belleza y hasta el optimismo duran lo que duran, que es más bien poco, apenas el instante de un reflejo. Y las lágrimas, por su parte, nos avisan de lo vulnerable que resulta el cuerpo y, apurando, todo lo demás. Los/las dos nos hablan del tiempo, del tiempo que pasa y del tiempo detenido en un momento de emoción profunda e incontrolable. Y las/los dos son las herramientas básicas (como las pistolas y las chicas que decía el gran visionario misógino) de un género como el melodrama en particular y del cine sin más especificaciones en general.

En Amarga Navidad hay espejos, muchos, muy hondos y muy negros, pero, y sobre todo, hay lágrimas. Y entre unos y otras, Almodóvar confecciona su película más difícil, más rota, más imperfecta incluso (si es que la perfección todavía le importa a alguien), más descarnada, más ridícula cuando se mete a cosas de bomberos, más compleja y, hemos llegado, más mejor. Si definimos obra maestra por la brillante exposición y asunción de un canon, Amarga Navidad es exactamente lo contrario; es decir, es una antiobra maestra o una obra desmaestrada. Pero si aceptamos obra maestra como sinónimo de riesgo, libertad y como otra manera de llamar a lo nuevo, entonces Amarga Navidadlo es, lo es por incómoda, lo es por rota, lo es por excesiva y lo es por Bárbara Lennie y Aitana Sánchez-Gijón (o al revés), dos actrices descomunales, descomunales cuando lloran y descomunales cuando se cabrean, descomunales cuando una se mira en la otra. Descomunales ante los espejos y detrás de las lágrimas.

Se diría que la película número 24 de Pedro Almodóvar es toda ella un espejo. Al fin y al cabo, su argumento no es otro que el de un director de cine (Leonardo Sbaraglia) que crea una historia en la que una directora de cine (Bárbara Lennie) no consigue crear apenas nada más que apuntes de su propio fracaso creativo. Si la frase anterior se lee de nuevo, no hay garantías de que se entienda mejor, pero se verá que la voz creación aparece de distintas formas como sustantivo, como adjetivo y como verbo transitivo. Crear, en efecto, es la manera como los espejos hablan o, como diría aquel, copulan. Y en verdad, de eso se trata, de copular ficciones, por extraño y rijoso que suene, de vivir en la mirada de los otros, de vivir copulando. No es la primera vez que Almodóvar coloca directores al frente de sus películas en ese acto de narcisismo (Narciso es el hombre que murió por su reflejo, recordemos) que es hablar no tanto de uno mismo como del mismo uno, del cine como creador de sombra, sueño, identidad y miedo. Así ocurría en la temprana La ley del deseo, en Átame aparecía también un director (éste de serie B), en Kika en su modo televisivo, en La flor de mi secreto transfigurado en escritora, en La mala educación, en Los abrazos rotos (qué reivindicable que se antoja ahora mismo esta película), en Dolor y gloria... Apurando que te apura, de un modo u otro, en todas sin excepción.

Ahora, dos pasos más allá, aparecen dos y, si tenemos en cuenta la cercanía con el autor de lo narrado, se diría que hasta tres son los directores de cine contando al propio Almodóvar, al real, al que sale en las entrevistas hablando de política para entusiasmo de unos y desesperación de otros. La película avanza entre la ficción que imagina el personaje de Sbaraglia y la que sufre, como personaje imaginado que es, el de Lennie. Entre un nivel y otro, en un juego de, otra vez, lágrimas y espejos, dramas enormes y bomberos strippers (Patrick Criado), Amarga Navidad se va enroscando sobre sí misma a la vez que se enreda ella y nos enredamos los propios espectadores en dilemas de los desproporcionados: ¿qué derechos tenemos sobre la vida de los demás? ¿A qué estamos dispuestos a renunciar, si es que estamos dispuestos a renunciar a algo, por cumplir nuestros deseos? ¿Qué somos sin la mirada de los demás convertidas, en efecto, en espejo? ¿Podemos usar la vida de los otros para salvarnos? Y así.

Aitana Sánchez-Gijón y Leonardo Sbaraglia en Amarga Navidad.

Con un mecanismo que recuerda a Arrebato de Iván Zulueta (otra obra magna de directores atrapados en su propio espejo) con su pulsor parpadeante a modo de fotograma rojo, la película se crea y descrea delante de los ojos del espectador con una rara claridad algo enajenada y divertidamente confusa. Cuando el director decide borrar todo lo creado hasta un momento dado y empezar de nuevo, ¿en qué lugar queda lo visto hasta ese mismo instante? Al fin y al cabo, con ese gesto de destrucción buena parte de la película queda definitivamente refutada. Como Vértigo, de Hitchcock, de repente y justo al final, Amarga Navidad empieza de nuevo. Como las últimas y más sangrantes obras de Bergman, llega un instante en el que se antoja imposible separar ficción y realidad, fabulación y la misma vida. Una se refleja en el espejo de la otra y las dos, muy cerca de lo sublime, lloran su desvalimiento, su tristeza, cada uno de sus errores por fuerza irreparables.

En un momento dado, el personaje de Lennie y su amiga a la que da vida Victoria Luengo escuchan La llorona de la omnipresente y ya sin voz Chavela Vargas. Y lloran. Lo hacen mientras las dos miran la televisión y se miran una a otra. El primer plano hace suyo de repente el tacto del mito. Nunca antes en la filmografía de Almodóvar y solo antes en la del citado Bergman, el rostro se había convertido de manera tan plena y transparente en paisaje de una vida entera. La película avanza libre entre digresiones, apuntes de un guion que no acaba de cobrar cuerpo, discusiones quizá pueriles y también tragedias inabarcables. Y así hasta que en un último acto rompe, se rompe, nos rompe incluso. De la mano de una Aitana Sánchez-Gijón malquerida y furiosa, de golpe, Amarga Navidad adquiere la dureza de los espejos en el peso liviano de las más hondas lágrimas. Tan frágil. Tan eterno. Tan tan.

Director: Pedro Almodóvar. Intérpretes: Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo, Milena Smit. Duración: 111 minutos. Nacionalidad: España.

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