Bunbury deslumbra pletórico en su primer concierto en España en seis años

<p>Puede que <a href=»https://www.elmundo.es/cultura/musica/2020/07/21/5f15cb8bfc6c832c418b45b9.html»><strong>Bunbury </strong></a><a href=»https://www.elmundo.es/cultura/musica/2024/04/22/66269540e9cf4ad24b8b4597.html»>no quiera seguir haciendo giras,</a> pero lo disimula muy bien. Lo que le hace continuar en la música no son las ganas de actuar (eso dice desde hace tiempo y lo cumple), pero esta noche se ha empleado con intensidad, <strong>ha gozado el personaje </strong>y ha desplegado su florido repertorio de contorsiones, poses y aspavientos para ofrecer el concierto que sus fans ansiaban disfrutar desde hace seis años, que ha sido el tiempo que ha tardado el cantante y compositor en volver a actuar en España.</p>

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 Esta noche, durante dos horas, el escenario volvió a ser su gran palacio barroco desde el que poder deslumbrar.  

Puede que Bunbury no quiera seguir haciendo giras, pero lo disimula muy bien. Lo que le hace continuar en la música no son las ganas de actuar (eso dice desde hace tiempo y lo cumple), pero esta noche se ha empleado con intensidad, ha gozado el personaje y ha desplegado su florido repertorio de contorsiones, poses y aspavientos para ofrecer el concierto que sus fans ansiaban disfrutar desde hace seis años, que ha sido el tiempo que ha tardado el cantante y compositor en volver a actuar en España.

El WiZink Center de Madrid, lleno con 17.000 personas (hombres con camiseta negra en proceso de ser señores), recibió las primeras canciones como si todo este tiempo hubiera sido un suspiro. Era el mismo Bunbury de siempre: el pañuelo rojo y las gafas de sol de aviador, la melena ondulada, la pelvis y las rodillas en tensión, las manos lanzadas una y otra vez al aire como si dispararan los versos y el traje entallado sobre su cuerpo en escorzo, con un colorido bordado a la espalda en el que se podía leer Bunbury y Rock-N-Roll entre la imagen de un gran león.

«Es un verdadero placer estar con todos ustedes después de seis años. Demasiado tiempo», dijo tras un arranque que iba saltando hacia atrás en el tiempo desde ‘Nuestros mundos no obedecen a tus mapas’, una de sus nuevas canciones, incluida en ‘Greta Garbo’, su último disco, publicado en 2023.

De ahí pasó a ‘Cuna de Caín’, ‘Despierta’, ‘Hombre de acción’ y ‘El rescate’. Eran cinco temas de cinco discos distintos que abarcan sus 20 últimos años de carrera: ese ha sido el arco temporal en el que se ha movido más de la mitad del concierto.

En lo musical y en lo estético, Bunbury es un nostálgico: le sigue gustando el rock & roll denso y varonil de los años 70, el enjambre creado por el diálogo interno de un grupo de guitarras y teclados y poner en valor la artesanía de la canción como se hace en la música popular, y todas esas son cuestiones que reivindica como arquetipos indiscutibles, aunque hayan dejado de ser el canon en la música actual. «Ahí fuera es la puta jungla, solo tienen que correr el dial», dijo al adaptar ‘Apuesta por el rock ‘n’ roll’.

Sin embargo, el veterano ídolo zaragozano de 56 años no quiere vivir de sus viejos himnos, así que en el repertorio solo ha incluido un par de versiones de Héroes del Silencio (el grupo tiene más oyentes mensuales en Spotify que el propio Bunbury, casi 30 años después de la separación). Más de la mitad de las canciones que ha interpretado fueron grabadas de 2008 en adelante, cuando formó Los Santos Inocentes, el grupo que le acompaña hasta hoy.

Enrique Bunbury durante su actuación de este sábado en el WiZink Center de Madrid.Alberto Di LolliMUNDO

¿Y la voz? Es una cuestión importante, después de que en 2022 anunciara que se retiraba de los escenarios tras cinco años arrastrando fuertes molestias en la garganta. Cuando descubrió que los dolores eran provocados por una alergia al glicol, un producto químico presente en el efecto de humo de los propios conciertos (para que luego digan que la épica no puede dañar seriamente la salud), Bunbury anunció que volvería a actuar. Pero poquito: 11 shows únicos (así se llama esta serie de conciertos que no es ni gira) y solo dos de ellos en España, el de esta noche en Madrid y el del próximo sábado 6 en el estadio de La Romareda de Zaragoza, donde volverá a despedirse de nuevo de los escenarios. «Yo pensaba que esto no iba a ocurrir nunca más», dijo en el escenario. «Lo disfruto como si cada concierto fuera el último. Estar aquí es algo muy especial, de verdad. Es un gran honor poder cantar para todos ustedes», añadió emocionado.

Bien, pero, ¿y la voz? Pues amigas y amigos, era el mismo barítono heróico que ha sonado en todos y cada uno de los bares de España en las últimas cuatro décadas, maxificado a menudo por un discreto efecto de eco. Bunbury solo puede ser Bunbury al 100% y cualquier otra cosa sería un simulacro, un engaño. Esta noche el cantante ha proyectado su vozarrón perfectamente modulado, entonaba la lírica de las letras con la épica de las palabras cinceladas sobre mármol, alargaba las vocales en casi todas las líneas con el sentido trascendente con que se mira desde un acantilado y a menudo las culminaba con un resuello, con un golpe de aliento como si acometiera un gran esfuerzo físico. En definitiva: era Bunbury en toda su bunburicencia.

En el repertorio de 24 canciones destacaron una bullanguera y muy coreada ‘El extranjero’, ‘Lady Blue’ con maneras de gran clásico y las baladas ‘Desaparecer’ y ‘De todo el mundo’, que cantó en el foso encaramado ante la primera fila del público y que encadenó con una gigantesca, estridente, ‘Entre dos tierras’ de Héroes. En el bis también recuperó una sinuosa y catártica ‘Maldito duende’ y finalizó como aterrizando con ‘La constante’, el medio tiempo que le dedicó a su pareja, y con la bohemia, inevitablemente trágica, ‘…Y al final’.

Las estupendas guitarras eléctricas de Álvaro Suite y Jordi Mena sonaban tajantes y nerviosas, mientras el piano iba repiqueteando como si las canciones fuesen un tren acelerado. La batería muy bien ecualizada, complementada por percusiones, y el órgano aportando profundidad y cuerpo han completado el sonido de un grupazo prieto como un bíceps femoral.

«Llegó un momento en que sentí hartazgo respecto a proyectarme encima de un escenario, cada vez me costaba más», explicaba el carismático artista en una entrevista reciente con EL MUNDO. Bunbury, que describe su vida en Los Ángeles como casera junto a su pareja y a su hija adolescente, ya trabaja en un nuevo álbum, que se publicará el próximo año. Es lo que ahora le interesa, dice: componer y grabar, además de escribir, pintar… Pero esta noche, durante dos horas, el escenario volvió a ser su gran palacio barroco desde el que poder deslumbrar.

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