Carlos Toro, el compositor más prolífico del pop español graba su primer disco a los 77 años: «Me comparo con los maestros y salgo con la cabeza alta»

<p><strong>Carlos Toro</strong> lleva toda la vida por aquí pero sigue pareciendo un personaje insólito: es el escritor más prolífico de la música popular española y, probablemente, el más exitoso. Escribió la canción de los dibujos animados japoneses Campeones, escribió Desesperada, para Marta Sánchez, escribió Mamá quiero ser artista, para Concha Velasco, escribió Resistiré para el Dúo Dinámico… <strong>A su firma se le atribuyen 1.300 temas y 300 adaptaciones</strong>. Ha escrito en prensa durante casi 40 años y sigue en la tarea en las páginas de EL MUNDO desde su fundación, enfocado estos días en el seguimiento del Tour de Francia. También ahora, a los 77 años, le ha dado otro giro a su carrera. <i>Nunca es tarde </i>es <strong>el primer disco </strong>que Carlos Toro canta, graba y publica con su voz y su nombre.</p>

Seguir leyendo

 Autor de más de 1.300 canciones, debuta como cantante con ‘Nunca es tarde’, una colección de canciones hechas para desnudar su alma  

Carlos Toro lleva toda la vida por aquí pero sigue pareciendo un personaje insólito: es el escritor más prolífico de la música popular española y, probablemente, el más exitoso. Escribió la canción de los dibujos animados japoneses Campeones, escribió Desesperada, para Marta Sánchez, escribió Mamá quiero ser artista, para Concha Velasco, escribió Resistiré para el Dúo Dinámico… A su firma se le atribuyen 1.300 temas y 300 adaptaciones. Ha escrito en prensa durante casi 40 años y sigue en la tarea en las páginas de EL MUNDO desde su fundación, enfocado estos días en el seguimiento del Tour de Francia. También ahora, a los 77 años, le ha dado otro giro a su carrera. Nunca es tarde es el primer disco que Carlos Toro canta, graba y publica con su voz y su nombre.

«Este disco era una antigua aspiración mía por completar el círculo de mi carrera y, sobre todo, algo que alguna gente a mi alrededor pensaba que tenía que ocurrir», cuenta Toro. «Hay canciones de desamor y acusatorias, canciones en las que soy duro, canciones en las que me muestro herido… En una canción me dirijo a una mujer que pasó por una enfermedad grave y le digo que está tan guapa como siempre. Hay medios tiempos y hay baladas, creo que hay un sentido del equilibrio, entre todas las canciones. Son temas que he ido guardando como tiempo, que escribí para mí igual que escribo poesía pero no espero publicarla. Eran canciones en las que sentía que desnudaba mi alma un pcoo más… Con el tiempo, tuve curiosidad por vestir esas canciones, me preguntaba cómo sonarían con unos arreglos. Nada extravagante, algo clásico, guitarras eléctricas y acústicas, bajos, baterías… Creo que el conjunto tiene todo lo que se puede pedir a un disco. Hay melodías, hay buenos arreglos y buenas letras. Y hay un estribillo, el de Las calles de Gijón, que es como un tiro. Es una de esas canciones que entran».

Y entonces, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Hasta el punto de ser un autor clave en la historia de la música en español y, a la vez, un debutante? «Yo tuve un tío que cantaba flamenco y otro que cantaba ópera, de modo que en casa de mis padres estaban las dos músicas», cuenta Toro. «El flamenco que se escuchaba entonces era un poco distinto al que se ha escuchado después, era el flamenco de antes de Camarón, más puro. Valderrama, Marchena, Niño de la Huerta… En la calle estaba el mundo del bolero y de la copla. No lo desdeño, me gusta, me sé cualquier letra que me pregunte. Y luego estaba la influencia de mi padre, que vivió en Francia, fue bilingüe y me enseñó francés. Eso me llevó a los cantantes franceses de la generación de Édith Piaf. Después, empecé a escuchar mucho pop francés, mucha Françoise Hardy y mucho Johnny Hallyday, a la vez que descubría la música en inglés que empezaba a entrar en España. El fenómeno teenager, el country, Ricky Nelson, Elvis Presley… Era una esponja para la música, lo he sido siempre. Juan Pardo es de 1942; yo nací en 1946. El primer disco de Los Brincos, Flamenco, me pilló con 17 años, trabajando en una agencia de viajes. Me acuerdo que en ese momento yo ya sabía que quería dedicarme a esto».

«Dedicarme a esto» significaba cantar, subir a los escenarios, ser, quizá, una estrella. «Canté. Di conciertos y no llegué a ser famoso pero hubo un momento en el que empezaba a ser conocido. Firmé con RCA pero apostaron por Luis Eduardo Aute cuando podía ser mi momento y luego las cosas no salieron. Después, Aute fue un magnífico cantautor, por supuesto… Una compañía que iba a apostar por mí quebró. En otra, cambiaron de directivo y al sustituto le debí de transmitir dudas… También pasaron cosas que aún hoy no me explico muy bien y que en su momento me parecieron muy importantes pero que ahora puedo aceptar. Empezaron a encargarme que escribiese canciones. Al principio eran las versiones en español de éxitos originales en otros idiomas. Seguí y me convertí en un autor, en vez de en un cantautor como yo esperaba. Pero eso ha tenido sus ventajas. La vida del cantante está sujeta a modas, está demasiado sometida a los focos. Se está a la intemperie de los caprichos del público. Un día, se cansan de ti. Para los autores es más fácil tener una carrera larga».

¿Se sentía seguro de sí mismo en aquellos años de la conquista? ¿Le gustaba su voz? ¿Era guapo? «Creo que sí que era guapo. Bueno, no lo creo, lo tengo más o menos claro. No le gustaba a todo el mundo, tenía mis complejos como cualquiera, pero no puedo quejarme ni decir que mi presencia fuese en contra de mi carrera. Le va a hacer gracia pero yo me comparaba con los grandes. Sabía que no estaba a su altura pero también sabía que no era un zopenco, que tenía algunas aptitudes. Hacía buenos temas, no tenía mala voz, tenía buen aspecto… Lo sabía pero lo veía con distancia porque sabía que la vanidad es suicida Cuando subía al escenario con 20 años me sentía muy seguro de mí mismo. ¡Más seguro que ahora! Tenía una temeridad que hoy me asombra. Hoy me da terror pensar en que se me caiga la púa de la guitarra en medio de una canción. Se supone que la edad nos da seguridad en nosotros mismos. En la música ocurre todo lo contrario».

«Yo me veo, fundamentalmente, como un letrista», continúa Toro. «Como letrista para otros cantantes me siento muy seguro. De nuevo, pruebo a compararme con los maestros y pienso que los admiro mucho pero también sé que puedo salir con la cabeza alta de la comparación. Soy un buen letrista y un músico limitado. Tengo una voz grave, agradable, capaz de defender bien un tipo de canciones. En días de inspiración también puedo componer buenas melodías».

«Es difícil para mí decir en qué consiste mi talento, saber si hay un estilo reconocible», termina Toro. «Hay giros que sé que son míos y que también uso en el periodismo. Tiendo a la paradoja y amo la riqueza del lenguaje. Me obsesionan las palabras, siento como si viviera persiguiéndolas pero que siempre llevan ventaja». Nunca es tarde es una manera de atrapar esas palabras, de detener la persecución por un momento.

 Cultura

Recomendación