Casa en llamas: triste y desenfocada pornografía del privilegio (**)

<p>De un tiempo a esta parte, todo son retratos despiadados del privilegio. Algo de eso hay en la magistral y muy cruel <i>’El triángulo de la tristeza’,</i> por ejemplo, o, de forma mucho más acusada y se diría que sin red de seguridad, en la serie admirada por todos ‘<i>Succession</i>’. La última novela del italiano Nicola Lagioia, <i>’La ferocidad'</i>, es básicamente eso, pero ya sin pudor alguno. Es solamente eso. Lo hemos visto en ‘<i>The White Lotus</i>’ y, a su manera, buena parte del cine de <strong>Xavier Dolan </strong>se funda en una de las características esenciales de esta subespecie audiovisual y hasta literaria: que todos los que aparezcan sean, sin matices, maltratados y despreciables; que no haya forma de acercarse ya no solo a la redención en su acepción más básica sino al más elemental amago de comprensión o simple empatía.</p>

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 Dani de la Orden compone un retrato entre la comedia y la tragedia de la burguesía catalana tan exagerado como fallido  

De un tiempo a esta parte, todo son retratos despiadados del privilegio. Algo de eso hay en la magistral y muy cruel ‘El triángulo de la tristeza’, por ejemplo, o, de forma mucho más acusada y se diría que sin red de seguridad, en la serie admirada por todos ‘Succession’. La última novela del italiano Nicola Lagioia, ‘La ferocidad’, es básicamente eso, pero ya sin pudor alguno. Es solamente eso. Lo hemos visto en ‘The White Lotus’ y, a su manera, buena parte del cine de Xavier Dolan se funda en una de las características esenciales de esta subespecie audiovisual y hasta literaria: que todos los que aparezcan sean, sin matices, maltratados y despreciables; que no haya forma de acercarse ya no solo a la redención en su acepción más básica sino al más elemental amago de comprensión o simple empatía.

‘Casa en llamas’, firmada por Dani de la Orden y sobre un texto de Eduard Sola, es con mando en plaza el último ejemplo de este género que bien podríamos llamar pornografía del privilegio. Y en la definición, por así decirlo, va el juicio. Libre de matices y con una mirada tanto sobre la historia como los personajes tan condescendiente como pomposa, la historia quiere retratar la decadencia de una familia que a la vez es símbolo. Estamos ante lo que podríamos llamar sin meternos en muchas precisiones la burguesía catalana de apartamento en el los barrios altos de la ciudad (la condal) y casa blanca de veraneo y de diseño en Cadaqués. Es decir, estamos ante una víctima muy fácil de despreciar. Y ése precisamente es el problema. Que todo resulte tan fácil de detestar y que cada elemento, juicio o proposición de la película apele de manera tan descarada y poco recatada al odio más evidente.

La primera en entrar en escena es la matriarca de la familia que es dibujada como un ser egoísta y cruel que no duda en dejar abandonado el cadáver de su madre (la abuela). Todo sea por no arruinarse las vacaciones. De aquí en adelante, la sintonía no cambia. El patriarca (del que la primera se divorció tiempo atrás) es un embustero, estafador y ladrón del tanto por ciento que esconde sus peores instintos en un discurso pro-familia que haría enrojecer a Hazte Oír. Y luego vienen los hijos, él y ella. Él es un egocéntrico con veleidades de artista con menos talento que una almeja cocida. Y ella una madre insatisfecha (insatisfecha de sexo, básicamente) que se revuelca con un italiano guapo. Es decir, el sueño de todas las madres insatisfechas según el manual más torpe del lugar común torpe.

Se podría argumentar que todo lo anterior son licencias de la comedia con una tendencia a la astracanada. Es decir, si uno hace el esfuerzo de colocarse a favor de la propuesta de De la Orden y Sola, la defensa es que la película trata de jugar con arquetipos y como tales tienen que ser entendidos. El problema es que la propia mecánica trágica y desaforada de la cinta arruina esta interpretación. La convencional, antes que elegante, puesta en escena, las interpretaciones en permanente tensión y, sobre todo, la moraleja final apocalíptica desnudan cualquier voluntad comprensiva. Es cierto que los actores hacen lo que pueden y lo hacen bien. Emma Vilarasau, Alberto San Juan, Enric Auquer y Maria Rodríguez Soto demuestran que un mal texto puede ser un buen pretexto para modular una interpretación entre la comedia y el drama sin quiebras. Y en esto último, sí hay defensa.

Y luego está lo otro. Y lo otro es, por decirlo de alguna manera, la funesta interpretación política y social a la que obliga la película. Si lo que se quiere hacer ver es que los ricos también lloran, ‘Casa en llamas’ se antoja excesiva. Llega tarde. Si, en cambio, la idea es hacer ver que la riqueza es consustancial con la miseria, la verdad, es que resulta ligeramente ofensivo. Y la ofensa llega con ese giro último (tampoco daremos más pistas) en el que la posibilidad de la felicidad se hace coincidir con la renuncia a todo bien material. Por dios, que diría el poeta.

Dirección: Dani de la Orden. Intérpretes: Emma Vilarasau, Enric Auquer, Maria Rodríguez Soto, Alberto San Juan, Clara Segura. Duración: 105 minutos. Nacionalidad: España

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