Damiano Michieletto: «Desengáñense: ‘Madama Butterfly’ no es una historia de amor, sino de sacrificio y sumisión»

<p>En el libreto original de <i>Madama Butterfly</i> se describe el interior de una casa tradicional japonesa a los pies de <strong>una colina sobre Nagasaki</strong>. Nada que ver con la adaptación escénica que ha concebido el <i>regista</i> Damiano Michieletto (Venecia, 1975) y que se estrenó el domingo en el Teatro Real de Madrid. Lo que acontece al otro lado del telón dista mucho de los <strong>claroscuros minimalistas y el orientalismo amable</strong> con que se suele representar la ópera de Puccini. Aquí una mujer deambula por una calle actual bajo la luz de los neones. «Cuando se estrenó este montaje en Turín muchos dieron por hecho que la acción transcurría en Shanghái», cuenta Michieletto a EL MUNDO. «En realidad, no hay ninguna referencia específica, aunque todo apunta a <strong>un inhóspito y pobre suburbio de alguna ciudad oriental</strong>».</p>

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 El director de escena italiano firma un rompedor montaje de la ópera de Puccini con la que el Teatro Real despide la temporada con 19 funciones protagonizadas por la soprano Saioa Hernández y el tenor Matthew Polenzani  

En el libreto original de Madama Butterfly se describe el interior de una casa tradicional japonesa a los pies de una colina sobre Nagasaki. Nada que ver con la adaptación escénica que ha concebido el regista Damiano Michieletto (Venecia, 1975) y que se estrenó el domingo en el Teatro Real de Madrid. Lo que acontece al otro lado del telón dista mucho de los claroscuros minimalistas y el orientalismo amable con que se suele representar la ópera de Puccini. Aquí una mujer deambula por una calle actual bajo la luz de los neones. «Cuando se estrenó este montaje en Turín muchos dieron por hecho que la acción transcurría en Shanghái», cuenta Michieletto a EL MUNDO. «En realidad, no hay ninguna referencia específica, aunque todo apunta a un inhóspito y pobre suburbio de alguna ciudad oriental».

El ambiente sórdido y de extrema miseria en que se mueve la protagonista es, por supuesto, intencionado, pues es allí donde la geisha Cio-Cio-San se verá obligada a vender su cuerpo al oficial naval estadounidense B.F. Pinkerton. «Desengáñense: esta no es una historia de amor, como a veces se nos ha presentado, sino de sacrificio y sumisión», prosigue el dramaturgo. «Ella renuncia a todo, empezando por su familia y siguiendo por su religión, para casarse con un extranjero, pero no es una elección libre sino una decisión condicionada por la extrema necesidad», prosigue Michieletto, que ha querido subrayar el «carácter de transacción comercial» de la boda. «El turismo sexual requiere de un contraste entre realidades: un hombre poderoso y una mujer en situación de vulnerabilidad, un militar experimentado y una quinceañera inocente…».

En 2015, el director italiano incluyó una escena explícita de violación en su versión de Guillermo Tell de Rossini. «No me reconozco en la etiqueta de enfant terrible, pues no busco la provocación ni el conflicto con el público». Aunque no descarta, por supuesto, que su propuesta, que coincide con el centenario del fallecimiento de Puccini, pueda generar cierto debate. «Creo que ese diálogo es muy necesario, pues en esta historia hay dos caras bien definidas: una preciosista y otra más cruel, que es en la que yo pongo el foco». No le preocupa la reacción de los puristas del género. «Los melómanos más experimentados valoran la calidad por encima de cualquier otra consideración. Este montaje te puede gustar más o menos, pero creo que nadie podrá decir que no presta atención a los detalles: desde la forma de cantar hasta el más mínimo gesto».

Acostumbra Michieletto a trazar puentes argumentales que avanzan en paralelo a la trama principal del libreto. Lo hizo en su última Flauta mágica para el Teatro de la Ópera de Roma, que transcurre entre el aula de un colegio y la vívida imaginación de un alumno aburrido de las clases. «En Madama Butterfly he aplicado ese mismo recurso para terminar de perfilar a algunos personajes secundarios, como el cónsul Sharpless, el casamentero Goro y también en el caso de Dolore, el hijo de Cio-Cio-San y Pinkerton». Ocurre en una escena del segundo acto, cuando esperan la llegada del barco. «Hay una violencia implícita en la forma en que se suceden los acontecimientos que acabará truncando la inocencia de un niño cuyos rasgos, en vez de establecer un vínculo de procedencia, lo alejan de todo, pues no pertenece a ninguna parte».

Un momento del montaje de ‘Madama Butterfly’ durante su estreno en Turín en 2014.Ramella&Giannese

El maestro Nicola Luisotti gobernará el foso de la Sinfónica de Madrid en 16 de las 19 funcionas previstas hasta el 22 de julio con tres repartos de voces liderados por la soprano Saioa Hernández (en el rol protagonista) y el tenor Matthew Polenzani (como Pinkerton). «He disfrutado mucho durante los ensayos con los cantantes y los músicos, y me hace mucha ilusión clausurar la temporada del Teatro Real con uno de los grandes títulos del repertorio». Como buen italiano, Michieletto está perfectamente familiarizado con las exigencias y particularidades de Puccini, que medió en su debut en el Festival de Salzburgo con una Bohème estelar protagonizada por Anna Netrebko y Piotr Beczala. «Su música convivió con los inicios del cine, por lo que cada nota de sus melodías se adapta perfectamente a la acción y a la psicología de los personajes».

Y resalta el hecho de que sus mejores óperas (Manon, Tosca, Butterfly, Turandot…) estén protagonizadas por mujeres. «Su música llega allí donde no alcanza las palabras», medita. «Por eso considero que sus óperas no necesitan ser actualizadas de ningún modo, pues nos hablan en el lenguaje universal de las emociones». De ahí que las luces de neón que encendió hace diez años en el Teatro Regio de Turín sigan brillando para iluminar los rasgos menos favorecedores de la condición humana. «Quien vaya a ver Madama Butterfly sólo para entretenerse no habrá comprendido nada. Esta no es una comedia, sino un drama incómodo que te revuelve por dentro y te hace plantearte algunas cosas», asegura Michieletto, para quien los teatros de ópera no pueden ser «espacios de confort» sino «lugares para la reflexión».

De ahí que, frente a la pujanza de las plataformas digitales, la afición a la ópera no haya dejado de ganar adeptos, también entre el público más joven. «No me sorprende nada y es natural que siga siendo así, pues lo que pasa por el escenario no es imitación de la vida, sino la vida misma». Dice esto y cavila luego un rato en silencio antes de añadir: «Salvo esa última e infranqueable frontera que representa la muerte, la ópera es una disciplina en permanente contacto con nuestros sentidos. Aquí no hay pantalla, ni realidad virtual, tampoco inteligencias artificiales». Sólo así, dice, se puede llegar a entender que una joven como Cio-Cio-San pueda llegar a enamorarse de un ser egoísta y despreciable como Pinkerton. «No es tanto amor como la necesidad de salvarse a cualquier precio», concluye el director italiano.

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