Daniel Sánchez Arévalo: «La generación de mi padre, la del cambio del PSOE, nos hizo creer en una España utópica que no ha pasado, nos engañaron»

<p><strong>Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970)</strong> no es gallego, no sabe de música más de lo que exige Spotify y su formación original, pese a la larga carrera de cineasta, es como empresario. «Y con notable», precisa él mismo. <i>Rondallas</i>, por su parte, discurre en Galicia; es, en sentido estricto un drama musical, y, presume de ser también el último y más extraño, por desacomplejado y popular, trabajo de un director que vuelve al cine después de cinco años alejado de él. Se diría que uno y otra, cineasta y película, se hacen fuerte en cada una de las contradicciones que les habitan. El primero lleva años desde su debut <i>AzulOscuroCasiNegro</i> empeñado en una forma de narrar profunda y exageradamente trágica. Y cálida y delicada a la vez. Y la segunda aparece para llevar precisamente la contraria a todo lo anterior. De repente, y con un reparto en el que destacan Javier Gutiérrez, María Vázquez, Judith Fernández y Tamar Novas, el cine de Sánchez Arévalo se ofrece y se quiere luminoso, feliz y de todos. Sin excepción. La historia de un pueblo en Galicia que se reencuentra, se perdona y se rehace gracias a una agrupación musical es la excusa para hablar de la crispación, de la Transición, de las crisis generacionales y de la posibilidad de un cine que cura.</p>

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 El director regresa al cine con Rondallas, la crónica entusiasta de una revolución popular de gaitas, carrascas, panderetas y solidaridad sobrevenida  

Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970) no es gallego, no sabe de música más de lo que exige Spotify y su formación original, pese a la larga carrera de cineasta, es como empresario. «Y con notable», precisa él mismo. Rondallas, por su parte, discurre en Galicia; es, en sentido estricto un drama musical, y, presume de ser también el último y más extraño, por desacomplejado y popular, trabajo de un director que vuelve al cine después de cinco años alejado de él. Se diría que uno y otra, cineasta y película, se hacen fuerte en cada una de las contradicciones que les habitan. El primero lleva años desde su debut AzulOscuroCasiNegro empeñado en una forma de narrar profunda y exageradamente trágica. Y cálida y delicada a la vez. Y la segunda aparece para llevar precisamente la contraria a todo lo anterior. De repente, y con un reparto en el que destacan Javier Gutiérrez, María Vázquez, Judith Fernández y Tamar Novas, el cine de Sánchez Arévalo se ofrece y se quiere luminoso, feliz y de todos. Sin excepción. La historia de un pueblo en Galicia que se reencuentra, se perdona y se rehace gracias a una agrupación musical es la excusa para hablar de la crispación, de la Transición, de las crisis generacionales y de la posibilidad de un cine que cura.

De todas sus películas, quizá esta sea la más luminosa. ¿Hay alguna razón para tanto optimismo?
No, en verdad, no creo que sea tan diferente a mis películas anteriores. Mi empeño siempre fue mezclar drama y comedia. Lo que sí es esta película es mucho más ambiciosa desde el punto de vista, digamos, técnico. Hay escenas con más de cien personas en las que se mezclan actores profesionales con gente que no había estado delante de una cámara en su vida y que son rondalleros de verdad. Fue un trabajo muy meticuloso de dos meses de ensayos para que todo el mundo quedara integrado. Por otro lado, películas mías anteriores como Gordos, que sí es la más ambiciosa de todas, generaron mucho debate a favor y en contra porque eran muy extremas. En este caso, la idea fue huir del conflicto.
Quizá la referencia más cercana de la película sea Tocando el viento, la película de Mark Herman de 1996…
Sí y, en general, todo el cine de Ken Loach y alrededores. Me fascina la facilidad de Loach para convertir historias diminutas de sitios muy concretos con problemas muy particulares en algo universal. En general, éste es un rasgo muy de un cierto cine británico. Recuerdo que vi Tocando el viento en los antiguos cines Alphaville de Madrid (hoy Golem) y me entusiasmó el espíritu que genera y que te transporta como espectador. Te encuentras a gusto dentro de la película desde el primer fotograma. Es una forma de hacer cine que, por alguna razón, ya no se ve.
¿Cuánto tiene de provocador hoy este cine que describe en un ambiente permanentemente crispado como el de hoy?
Para nada me considero un provocador. Ojalá lo fuera. Pero sí que creo que se tiende a depreciar un tipo de cine cuyo rasgo primordial es llegar al público. Como si eso fuera fácil. Y para nada. Pienso en Santiago Segura. Recuerdo que cuando hizo su último Torrente me confesó que ya no iba a hacer más porque sentía que no había cumplido las expectativas. ¡Y había sido la película más vista del año! Luego se puso a hacer el cine familiar de Padre no hay más que uno… y mira el éxito. Es muy complicado y tiene muchísimo mérito hacer lo que él hace y no se le da la importancia que merece. Ahora mismo llevar gente al cine es casi un milagro. Basta mirar las cifras.

«La extrema derecha no tendría el reconocimiento que tiene si no hubiera el desconocimiento extremo de la historia que hay ahora mismo»

¿Hay reconciliación posible entre el cine de prestigio y el popular?
Las dos películas que más veces he visto en mi vida son ¿Qué he hecho yo para merecer esto? y La semilla del diablo. Son de autor y son muy populares. Siempre me ha fascinado el hecho de que alguien que es manchego y tiene un universo tan particular como Pedro Almodóvar pueda llegar a tanta gente hasta convertirse en uno de los directores más importantes de la historia del cine. Es la misma sensación que experimento cuando me veo delante de las obras de Alejandro Amenábar y Fernando León de Aranoa.
¿Cuánto le preocupa el futuro de las salas de cine o, de forma más amplia, el futuro del cine como lo hemos conocido hasta ahora?
Muchísimo. De hecho, en gran parte, el origen de Rondallas tiene que ver con esta preocupación. El cine ha dejado de ser una costumbre para convertirse en algo esporádico, en un espectáculo extraordinario. Los adolescentes directamente se han borrado. No lo tienen entre sus rutinas. Me parece un cambio que no llego a entender y me preocupa claro. Yo he crecido en las salas de cine. Recuerdo que hacía pellas en el ICADE (Universidad Pontificia Comillas: Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales y Facultad de Derecho) para ir programas dobles que incluían Cyrano de Bergerac y Bailando con lobos. Eso eran más de seis horas dentro del cine. Me sentía feliz… Lo provocador quizá hoy es hacer una película que lleve a la gente a las salas.
No le veo muy optimista…
Es complicado y es difícil señalar a un responsable. Quizá no lo haya. El otro día asistí a una proyección para el público de Rondallas y me asusté de la mala calidad de la imagen y del sonido. Así es complicado convencer a nadie de la experiencia del cine. No culpo al cine. La gente no va y quizá no haya dinero para mantener la tecnología que requiere una buena proyección. Por otro lado, luego en otra proyección todo fue perfecto. No sé.
¿Cómo se pasa, por cierto, de empresariales al cine?
No lo sé muy bien. Era estudiante de notable. Quiero decir que no vivía mis estudios como una condena. No iba a clase. Me limitaba a estudiar tres días antes de los exámenes los apuntes de una compañera, Angela, a la que le debo todo. Los apuntes eran tan buenos que sacaba notable sin agobio.

«Es muy complicado hacer lo que hace Santiago Segura y no se le da la importancia que merece»

¿Por qué no siguió entonces con lo que empezó?
Me aburría mucho. Recuerdo que cuando terminé la carrera y estaba haciendo entrevistas en asesorías, consultorías, bancos y aseguradoras, por las tardes me dedicaba a escribir relatos. Un día mi hermano entró en mi cuarto y me preguntó qué hacía. Cuando se lo dije, me contestó que por qué no escribía algo que diera dinero como, por ejemplo, guiones. Poco después llegó a casa con un guion de trabajo que había robado de la serie Farmacia de Guardia firmado por Yolanda García Serrano y ahí me di cuenta cómo se hacía, por columnas separando los diálogos, las acotaciones, las secuencias… Una semana después me presenté ante mi hermano con un guion escrito por mí de Farmacia de Guardia, que era la única serie española que yo veía. Se llamaba No sufras capullo. Mi hermano se lo llevó a un auxiliar de producción y fue escalando hasta que llegó a Antonio Mercero. Tenía 23 años. Mercero me llamó y me pidió cinco sinopsis de capítulos… Ahí empezó todo y se perdió un empresario de notable.
Volviendo a lo de la crispación que preguntaba antes, me vienen a la cabeza los dibujos de su padre, José Ramón Sánchez, para la campaña del PSOE en los 80 donde se dibujaba una España idílica. Una pregunta idiota: ¿tiene algo que ver el espíritu de reconciliación de Rondallas con ese legado de su padre?
Muchas veces le he dicho a mi padre que nos jodió la vida a mí y a toda mi generación. Él fue el que dibujó las campañas del PSOE para las generales y de la alcaldía de Tierno Galván. En sus dibujos pintaba una España idílica y utópica donde todo el mundo parecía feliz. Siempre le he dicho que nos hizo creer que todo eso era posible. Y lo que sentimos es que nos engañaron, él y los de su generación. Nos prometieron algo que no ha sucedido. Ahora mismo todo resulta exageradamente tóxico, la realidad desmotiva completamente.
¿Cree que eso explica ese revival que vivimos de la Transición entre los cineastas de su generación?
Sí claro, es una promesa no cumplida y eso produce mucha amargura. Y lo preocupante es como cala la decepción en las generaciones más jóvenes que no saben lo que es el franquismo y lo que significa una dictadura. Y eso los lleva a abrazar ideas de lo más nocivo. La extrema derecha no tendría el reconocimiento que tiene si no hubiera el desconocimiento extremo de la historia que hay ahora mismo. Todo esto del auge de las ideas reaccionarias tiene que ver con la cultura. No se ha sabido transmitir ni contar de dónde venimos. La cultura está anulada en nuestra sociedad y eso trae consecuencias perversas. Tengo la impresión de que la narración de lo que somos se ha interrumpido.

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