A David de Miranda lo balanceaban por la Puerta del Príncipe, otra vez, como en 2025, cuando el sol ya había caído a la espalda del Guadalquivir. Miranda reeditó su idilio con Sevilla, aunque el eco de Huelva sonase en aquellas palmas por bulerías. Miranda viene enrachado, arreando, más o menos pulido, pero dispuesto a arrimarse como un jabato. Suyo fue el gran toro de la apretada corrida de El Parralejo, también muy empujada por el aliento del público. Cortó tres orejas que pudieron ser cuatro con la gente exageradamente desbocada. Y pasadas las 21.00 horas veía Triana en volandas de nuevo.
A David de Miranda lo balanceaban por la Puerta del Príncipe, otra vez, como en 2025, cuando el sol ya había caído a la espalda del Guadalquivir. Miranda reeditó su idilio con S
A David de Miranda lo balanceaban por la Puerta del Príncipe, otra vez, como en 2025, cuando el sol ya había caído a la espalda del Guadalquivir. Miranda reeditó su idilio con Sevilla, aunque el eco de Huelva sonase en aquellas palmas por bulerías. Miranda viene enrachado, arreando, más o menos pulido, pero dispuesto a arrimarse como un jabato. Suyo fue el gran toro de la apretada corrida de El Parralejo, también muy empujada por el aliento del público. Cortó tres orejas que pudieron ser cuatro con la gente exageradamente desbocada. Y pasadas las 21.00 horas veía Triana en volandas de nuevo.
A las 19.46, David de Miranda enterraba una estocada bíblica, según había salido el toro de su izquierda, allí mismo, fuera de las rayas. Fue el colofón perfecto ese cierre por naturales a pies juntos para la faena; la lenta muerte de Secretario, sobre la boca de riego, fue la guinda exacta para su bravura. El palco o la presidenta Macarena Pablo Romero, mejor dicho, sacó con anticipación los dos pañuelos blancos y el azul a la vez, en medio del clamor, lo que propició que la gente siguiera pidiendo no sé qué. No creo que fuera el rabo. El toro, muy preparado como toda la corrida, apretado de carnes, musculado, desarrolló su brava condición en todos los tercios, bien por el pitón derecho -a falta de un paso- y mucho mejor por el izquierdo -por donde sí se soltaba-. Miranda metió al público y al toro en la muleta con unos doblones poderosos, genuflexo, con el sello de su apoderado, un tal Ponce. El toreo por la derecha contó con verticalidad y la ligazón, o la hilazón, de no soltar o vaciar el muletazo, y a izquierdas subió muchos enteros. Al sexto le puso todo de su parte, un toro berrendo en negro, más alto y suelto de carnes, hasta que volvió la plaza del revés con unas manoletinas inverosímiles, como agitación última para izarse por la Puerta del Príncipe que lo esperaba entre palmas por bulerías.
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