El logro de La Asistenta

<p>»Logro cinematográfico y de taquilla»: así llaman los Globos de Oro a un <strong>premio ridículo </strong>que empezaron a conceder en 2024. Evidentemente, las nominaciones de ese Globo son un despropósito y juntan churras con merinas y ruinas con obviedades. Así, este año, <i>Weapons</i>, que con un coste discreto (discreto para los estándares deHollywood: casi 40 millones de dólares) ha ingresado un dineral (270 millones), compartía categoría con la última entrega de <i>Misión imposible</i>, una película 10 veces más cara y nada rentable. Así que de logro, nada. </p>

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 A la película de Sidney Sweeney le ha ido bien porque no sé avergüenza de la película que es: obvia, calentona, vulgar, excesiva y disfrutona. Buena mierda, ordinaria y deseable  

«Logro cinematográfico y de taquilla»: así llaman los Globos de Oro a un premio ridículo que empezaron a conceder en 2024. Evidentemente, las nominaciones de ese Globo son un despropósito y juntan churras con merinas y ruinas con obviedades. Así, este año, Weapons, que con un coste discreto (discreto para los estándares deHollywood: casi 40 millones de dólares) ha ingresado un dineral (270 millones), compartía categoría con la última entrega de Misión imposible, una película 10 veces más cara y nada rentable. Así que de logro, nada.

También andaba por ahí la tercera parte de la saga Avatar, nominada cuando ni siquiera se había estrenado. Estaba cantado que Avatar: fuego y ceniza rebasaría los 1.000 millones en taquilla, pero anticiparlo con tanta desvergüenza es penoso. El premio fue finalmente para Los pecadores, por cierto.

La asistenta sí que es un logro. Cuando escribo esto, ya ha recaudado más de cinco veces su coste. Es, además, una de esas películas que surgen cada bastantes años: una obra maestra de la charca. Es tan mala que es buena. Y es imposible que no sea así aposta. Su impacto en la cultura pop está siendo infinitamente mayor que el de Avatar 3 o la nueva misión (no tan) imposible de Tom Cruise. La asistenta es, y no necesariamente por este orden, una reivindicación de la literatura basura, una reivindicación del cine basura y un gran paso en la carrera de Sydney Sweeney, esa actriz que, por méritos propios y por pura chiripa, se ha convertido en un símbolo incómodo.

Popular gracias a las nada conservadoras Euphoria y The White Lotus, Sweeney pasó de ser sospechosa de pertenecer al movimiento MAGA de Donald Trump (y, por tanto, considerada, ejem, basura blanca) a hacer exactamentelo mismo que esa corriente sociopolítica en los últimos años: darle la vuelta al discurso, apropiárselo orgullosamente y salir triunfante. En el caso de Sweeney, el discurso era también el de la cosificación de la mujer, concepto que la actriz capitalizó sin problemas (y con bastante gracia), cediendo su nombre y su imagen a un jabón que, en principio, contenía agua de su propia bañera o protagonizando una campaña de tejanos en la que se jugueteaba con la aberrante idea de pureza genética estadounidense. Al tiempo, su carrera cinematográfica patinaba: al bochorno (y la ruina económica) de Madame Web se sumó su descarado intento de acceder a los premios cinematográficos con Christy, película en la que estratégicamente renunciaba a su imagen de muñeca sexy a cambio de una validación que nunca llegó. Christy costó 15 millones de dólares y recaudó dos. La asistenta anda por los 150.

Quiza le va tan bien porque no sé avergüenza de la película que es: obvia, calentona, vulgar, excesiva y disfrutona. Buena mierda. Se sabe ordinaria y deseable. Como Sydney Sweeney, no quiere ser velouté, sino ketchup. Y a quién no le gusta el ketchup. A paloseco, incluso.

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