Fernando García-Ruiz, el rey de la comedia del verano: «Hay que sufrir los chistes para que la gente se divierta»

<p>Mantenía Bergson que la risa necesita eco, vive del eco y en el eco hace eco. Y, por ello, la única forma de entender la comicidad es en sociedad. O, ya puestos, en compañía de gente en un cine. Con eco. O la risa es de todos o no es de nadie, sería el resumen. También decía el pensador francés que lo cómico, lejos del lugar irrelevante al que tradicionalmente se relega, se dirige únicamente a la inteligencia, pero no a la inteligencia en cualesquiera de sus formas, sino a la pura. Y eso es así porque la risa suspende la emotividad en <strong>«una anestesia momentánea del corazón»,</strong> decía. Y añadía para que quedase claro que en una improbable sociedad de mentes perfectas -y, por ello, puras- quizá no se llorase, pero sí se reiría.</p>

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 El director estrena ‘Mala persona’ y ‘Odio el verano’ con unas semanas de diferencia, dos forma de entender la comedia desde la crítica social en directa competencia con Santiago Segura  

Mantenía Bergson que la risa necesita eco, vive del eco y en el eco hace eco. Y, por ello, la única forma de entender la comicidad es en sociedad. O, ya puestos, en compañía de gente en un cine. Con eco. O la risa es de todos o no es de nadie, sería el resumen. También decía el pensador francés que lo cómico, lejos del lugar irrelevante al que tradicionalmente se relega, se dirige únicamente a la inteligencia, pero no a la inteligencia en cualesquiera de sus formas, sino a la pura. Y eso es así porque la risa suspende la emotividad en «una anestesia momentánea del corazón», decía. Y añadía para que quedase claro que en una improbable sociedad de mentes perfectas -y, por ello, puras- quizá no se llorase, pero sí se reiría.

No está claro que Fer (también conocido como Fernando) García-Ruiz pueda figurar como alumno del filósofo, pero algo hay. Digamos, primero, que su cine hace eco. Lo hace porque en nada asalta las salas -las de todos, las de las risas compartidas- y porque va por duplicado. Con apenas unas semanas de margen estrena Mala persona y Odio el verano. Eco eco. Y, además, por su compromiso. «Estoy convencido de que la comedia es el mejor modo de acercarse a los asuntos más graves y serios», afirma y, para no resultar pomposo quizá, suelta una carcajada. Por aquello de rebajar la tensión. Y sigue: «Ha sido un periodo muy intenso en todos los sentidos. Una película se ha solapado con la otra y se dio el caso que mientras rodaba la primera aprovechaba los fines de semana para escaparme a Canarias para buscar las localizaciones de la otra». La primera se rodó a finales del 2022 y la segunda, a principios de 20023. El montaje de la primera se dejó en suspenso a la espera de rodar la segunda. Y así. Prueba superada.

Para situarnos, y por ser justos, tan importante y hasta evidente es lo que une a las dos producciones (en las dos Malena Alterio luce imperial) como lo que las separa. Se diría que lo segundo acaba por imponerse a lo primero. Mala persona es lo que el director describe como «una comedia sucia». El punto de partida originalmente ideado por Diego San José, de hecho, duele. O mancha. Un hombre (Arturo Valls) al que se le diagnostica un tumor cerebral que le condena a solo unos pocos días más de vida decide sufrir, entregarse en sacrificio y convertirse en la peor de las personas como dice el título. Pero no lo hace para entregarse a un frenético y último carpe diem de placer y pecado, sino para que su familia no sufra. Puro misticismo. «En realidad, forma parte de la tradición de humor negro español y berlanguiano convertir la más cruda de las tragedias en materia de la que reírse… Hay que sufrir los chistes para que la gente se divierta. Pero, por otro lado, no hay que avergonzarse y admitir que todos nos hemos reído como locos con Pajares, Esteso y todas las españoladas. Me siento deudor de las dos tradiciones», explica el director para acto seguido añadir que, además de la enfermedad terminal, también hay hipotecas sin pagar, programas de metadona, un cura casi sacrílego y pobreza, mucha pobreza de extrarradio.

El caso de Odio el verano es más tradicional. Más blanco. Más común. Más «comedia limpia española» de la que no hay tener vergüenza, que decía antes. Esta vez de lo que se trata es de convencer a todos sin excepción y, de nuevo, amplificar el efecto eco. Tres familias alquilan la misma casa para pasar las vacaciones. No lo hacen porque se lleven bien o por compartir el disparatado precio de los apartamentos canarios sino por error. Como es de prever, cada grupo familiar ocupa un peldaño en la escala social y, en la disparidad, la gracia. Al fin y la cabo, uno de los mecanismos más evidentes para la carcajada es el contraste, la contradicción incluso entre lo evidente o lo dado y lo deseable. «No es una película realista, pero la realidad, a su modo, se cuela por donde menos lo esperas. La realidad siempre está ahí», razona. Y añade: «También aquí el motor de la película es una enfermedad. Está todo tratado en un tono más melodramático, pero el empeño siempre es construir la comedia desde lo trágico, desde lo más serio».

Mantiene García-Ruiz que lo fundamental en una comedia es que el espectador no sienta el deseo de irse. «Puede parecer raro, pero lo importante es la tensión, el ritmo, que nadie desconecte en ningún momento. Como en un thriller. La relajación, que es lo que se supone que se busca en una comedia, no tiene que darse», comenta a la vez que recuerda su largo pasado en el mundo de la publicidad que básicamente se alimenta de eso, del frenesí adictivo. «Mi primer trabajo como realizador de un anuncio fue con Luis Ciges en el papel de detective privado en un spot para Halcón Viajes. Ya era una comedia en formato mínimo. La publicidad es un perfecto observatorio de la sociedad, te permite trabajar para diferentes públicos y siempre con la presión de un cliente que es la agencia, al menos tan caprichosa y exigente como el mismo público», comenta por aquello de aclarar la procedencia.

Para el director, la comedia es siempre la misma pese a los cambios de sensibilidad registrados en un tiempo de redes sociales. Ante la pregunta ya típica y ya exageradamente cansina sobre los límites del humor, García-Ruiz ofrece Mala persona, toda ella, como respuesta. En efecto, no los hay. «Lógicamente, ahora hay más gente opinando de lo que haces por la sencilla razón de que todo el mundo dispone de una tribuna desde la que hacerlo. Y eso, es cierto, te coarta un poco. Pero es bueno que haya opiniones diferentes. Probablemente, una película como Airbag no sería producida por una gran productora hoy, tendría por fuerza que ser independiente. No soy original si digo que la clave es hacer las cosas desde el respeto, desde la inteligencia… Pero sin cortarte, sin limitarte por aquello de qué van a decir de ti las redes. Si haces las cosas con el freno de mano echado, eso acaba por no funcionar», dice y saca a colación uno de los chistes más desenfrenados de su película en el que un nazi (genial el actor Jordi Aguilar) rapado, violento y, pese a todo, convencido en su interior de la fuerza del amor echa en cara a la humanidad entera que le acuse de negar el Holocausto cuando es ella la que niega el amor. «Dudamos y llegamos a pensar que se nos iban a echar encima, pero ahí está…», dice y ahí lo deja.

Otro de los argumentos tanto de una como de otra, tanto de Mala persona como de Odio el verano es nuestra condición de españoles en cualesquiera de las circunstancias. Llámalo costumbrismo o fuerza de la costumbre. «Es triste, pero en la tradición de nuestro humor, pensemos en la picaresca, está el reírse de la buena persona. El listo es el que se salta la cola y se aprovecha del bueno. Me molesta que el término buenísimo se use como un insulto. Pero qué le vamos a hacer. Es así. De algún modo, Mala persona intenta dar la vuelta a esa manera cruel de hacer comedia», concluye García-Ruiz, el director de dos apellidos, dos películas, dos modos de ver la comedia… el director con eco.

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