¿Puede una película decepcionar y fascinar al mismo tiempo? Y no nos referimos a las fascinantes decepciones (o, al revés, decepcionantes fascinaciones) de, por ejemplo, el último Coppola, sino a la posibilidad de que algo que aparentemente está bien, quizá impecable, a poco que uno lo analice se da cuenta de que no. Muy no.Fjord tiene todo lo que habitualmente ofrece el cine de Cristian Mungiu: escenas deslumbrantes –casi fantásticas– situadas estratégicamente, un calculado sentido del ritmo, una narración quirúrgica lejos de cualquier didactismo, una utilización sabia y meditada de las herramientas del cine de género y un acercamiento a los grandes dilemas morales respetando el corte de todas sus aristas. Pero hay trampa en todo esto de lo que tanto presume.
El director rumano con Concha de Oro se pregunta sobre la tolerancia de las democracias desarrolladas en un relato tan hipnótico como, admitámoslo, tramposo. A su lado, Arthur Harari sorprende con una fascinante fantasía sobre la identidad (****)
¿Puede una película decepcionar y fascinar al mismo tiempo? Y no nos referimos a las fascinantes decepciones (o, al revés, decepcionantes fascinaciones) de, por ejemplo, el último Coppola, sino a la posibilidad de que algo que aparentemente está bien, quizá impecable, a poco que uno lo analice se da cuenta de que no. Muy no.Fjord tiene todo lo que habitualmente ofrece el cine de Cristian Mungiu: escenas deslumbrantes –casi fantásticas– situadas estratégicamente, un calculado sentido del ritmo, una narración quirúrgica lejos de cualquier didactismo, una utilización sabia y meditada de las herramientas del cine de género y un acercamiento a los grandes dilemas morales respetando el corte de todas sus aristas. Pero hay trampa en todo esto de lo que tanto presume.
De este modo, Fjord (fiordo), que puede pasar por la primera gran producción internacional del director de 4 meses, 3 semanas, 2 días, cuenta la historia de una familia profundamente religiosa compuesta por la pareja y cinco hijos en mitad de la Europa civilizadamente rica y perfecta de la muy laica Noruega. Ella es, en efecto, de ahí mismo (Renate Reinsve) y él es rumano (al que da vida el rumano-estadounidense Sebastian Stan). Acaban de llegar a la tierra de promisión desde Rumanía y, por ello, son emigrantes. Emigrantes pobres, para más señas. Pronto son recibidos con todos los protocolos que facilita una sociedad con dinero suficiente para protocolizarlo todo, hasta el detalle más nimio. De repente, la hija adolescente llega al colegio con las marcas de unos golpes. Y, en efecto, se aplica el protocolo de rigor por si hubiera maltrato doméstico.
Lo que sigue es una especie de pesadilla con tintes de laberinto kafkiano donde el rigor a la hora de aplicar la tolerancia a machamartillo se descubre de repente como el más intolerante de los ejercicios. Mungiu ordena, tal y como nos tiene acostumbrados, los elementos de la trama de manera tan calculada y fría como hipnótica. Y todo ello para poner en evidencia a una civilización ahogada en su propio progresismo, desarrollo y perfección. Poco a poco, la película filtra la idea de que el sistema que Europa vive como aspiración y utopía –y que en los países nórdicos puede pasar por realidad incluso–, en verdad esta viciado de origen. Cuando la comunidad (toda ella, desde la policía a los maestros pasando por la judicatura) intente aclarar que le pasó a la adolescente, su creo racional adquirirá la forma de simples prejuicios contra la educación tradicional que quiere para sus hijos la devota familia. La moraleja (puesto que la hay) que se destila de la propuesta de Mungiu es preocupante, además de falsa: el modelo progresista de ver el mundo acaba por antojarse como mínimo tan intransigente como la propia intransigencia denunciada.
Fjord se esfuerza en mantener el filo de la balanza justo en el centro. Y para ello hace un enorme esfuerzo de empatía con la familia que considera que las relaciones homosexuales son pecado, que la familia tradicional es la que es (manzanas y peras, que diría aquélla) y que el castigo es la forma de enderezar los caminos que se desvían. El problema (y aquí una trampa indigna de la filmografía del director) es que para evitar eso que el tiempo ha dado en llamar maniqueísmo todo lo que aparece del otro lado es dibujado con trazos tan gruesos como oscuros. Y así, vemos cómo los policías se aprovechan de la impericia del padre en el idioma para hacer pasar por maltrato una bofetada; vemos que el fiscal es un tipo perverso en un racionalismo desaforado que para sí quisiera Descartes, y vemos que la asociación que protege a los niños de las lesiones que puedan recibir de sus padre son poco menos que traficantes de infantes. Es decir, se nos quiere hacer ver de manera tan ambigua como impostada que el sistema es demasiado bueno, demasiado laico, demasiado progre y demasiado woke. Amén.
Más allá de la impostura inédita del director en el dibujo de los personajes, es cierto que el resto de las cualidades de su cine se mantienen intactas. Especial y maravillada relevancia cobran esas fugas fantásticas que, directamente, sobrecogen. Y fascinan. Pese a ello, pese a lo que tanto admiramos de Mungiu, no queda otra que confesar la mucha perplejidad que provoca Fjord. Dcepcionante. Fascinantemente decepcionante. O al revés.
A su lado, la sección oficial sorprendió con el nuevo trabajo de un cineasta con una afición desusada a pisar todos los charcos. A Arthur Harari le hemos visto firmar guiones tan perfectos como Anatomía de una caída, de Justine Trier, y como actor con nervio en cintas como El león duerme esta noche, de Nobuhiro Suwa, o El caso Goldman, de Cédric Kahn. También le podemos seguir la pista como creador del cómic junto a Lucas Harari del cómic, El caso David Zimmerman (Astiberri), en el que está basada la película. Y todo ello sin renunciar a dirigir películas tan extravagantes e intensas como Onoda, 10.000 noches en la jungla (2021). Su nueva película es el mayor y más profundo de los charcos en los que se ha zambullido hasta la fecha; de hecho, y por seguir con el juego de intercambios de identidades de la cinta, el charco es él mismo.
L’inconnue o The Unknown (es decir, el desconocido) cuenta la historia de un fotógrafo (Niels Schneider) que un buen día se cruza con una mujer (Léa Seydoux) por la que siente de golpe una pasión fuera de norma. Hacen el amor (o se poseen uno al otro) y, de repente, él se despierta en el cuerpo de ella y vicenversa. De otro modo, ella es él y él es ella. En la tradición critiana-platónica-cartesiana, podríamos decir que intercambian las almas. Sin embargo, en la más moderna y carnal de un Sartre convencido de no poseemos un cuerpo sino que somos un cuerpo, la cosa se complica. Lo que se va de un lado a otro es el ser en su más absoluta radicalidad. En verdad, es una especie de ser sin nombre el que viaja entre las personas. El cambio de identidad es solo una consecuencia de esa extraña transmutación sexual.
Con este punto de partida, Harari confecciona una fábula tan alucinada como permanente perpleja donde el propio cine es convocado como el espejo donde las realidades, que no solo identidades, dan el cambiazo.L’inconnue es por su premisa ciencia-ficción, pero lo es sin renunciar a ser también drama de una existencia dividida, thriller sobre la búsqueda de un cuerpo perdido, laberinto, reflexión sobre lo somos por separado y exigencia de lo buenos que podríamos ser juntos. La referencia a Bob Dylan que antes fue Robert Alan Zimmerman como el propio fotógrafo o la colección de imágenes que realiza el fotógrafo sobre imágenes antiguas siempre detrás de la identidad de los lugares son solo dos de las innumerables pistas que va dejando una película que también es acertijo, sueño y revelación. Arthur Harari, decíamos, en su más sorprendente charco. El charco ahora es él.
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