La corrupción de los años 90 con sede en el PP toman Cinemajove de la mano de ‘Valenciana’

<p>Cuenta Rodrigo Terrasa en<i> La ciudad de la euforia</i> que hubo un tiempo en Valencia en el que era difícil hablar (y mucho menos discutir) de nada con la boca llena de canapés. También recuerda que en ese mismo periodo la Justicia, con la J bien alta, iba lenta mientras el partido en el gobierno (el PP) circulaba en Ferrari. Y para que el panorama quede completo, cómo no rescatar de la memoria aquel chiste célebre que amenizara tantas tardes de gin-tonic y azahar: la corrupción es como la paella, que se hace en todas partes, pero en ningún sitio tan sabrosa como en Valencia. De todo esto trata, además del libro citado, <i><strong>Valenciana</strong></i>, la película de <strong>Jordi Núñez </strong>recién presentada en Cinemajove y que, a su modo, recupera para el cine español lo que va camino de convertirse en género propio. Tras<i> El reino</i>, de Rodrigo Sorogoyen, y <i>B</i>, de David Ilundain, ahora es el turno para una nueva adaptación de una obra de Jordi Casanovas (la última, la basada en el juicio a Bárcenas, también lo era) a vueltas con la segunda letra del abecedario: cajas B, Bigotes, Bárcenas y, ahora, Benidorm.</p>

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 Benidorm se convierte en el centro de las dos producciones españolas que celebran el exceso como modo de estar en el mundo: ‘Valenciana’, de Jordi Núñez, y ‘Lo carga el diablo’, de Guillermo Polo  

Cuenta Rodrigo Terrasa en La ciudad de la euforia que hubo un tiempo en Valencia en el que era difícil hablar (y mucho menos discutir) de nada con la boca llena de canapés. También recuerda que en ese mismo periodo la Justicia, con la J bien alta, iba lenta mientras el partido en el gobierno (el PP) circulaba en Ferrari. Y para que el panorama quede completo, cómo no rescatar de la memoria aquel chiste célebre que amenizara tantas tardes de gin-tonic y azahar: la corrupción es como la paella, que se hace en todas partes, pero en ningún sitio tan sabrosa como en Valencia. De todo esto trata, además del libro citado, Valenciana, la película de Jordi Núñez recién presentada en Cinemajove y que, a su modo, recupera para el cine español lo que va camino de convertirse en género propio. Tras El reino, de Rodrigo Sorogoyen, y B, de David Ilundain, ahora es el turno para una nueva adaptación de una obra de Jordi Casanovas (la última, la basada en el juicio a Bárcenas, también lo era) a vueltas con la segunda letra del abecedario: cajas B, Bigotes, Bárcenas y, ahora, Benidorm.

En justicia, Valenciana no trata de la corrupción. O no solamente. En clave de fábula tragicómica, Núñez propone la historia de tres amigas localizada en unos años 90 tan pendientes del presente que descuidaron no solo el futuro sino todo lo demás. Àngela Cervantes, Tania Fortea y Conchi Espejo dan vida, por orden, al último baluarte y fan de una Ruta del Bakalao al borde de su propio abismo; a una periodista enfrentada al nacimiento de la telerrealidad tan cerca de la simple telebasura con el tratamiento del caso de las niñas de Alcàsser como referente, y a la jefa de prensa del político de la época más familiarizado con la paella de antes. «Me interesan las fábulas, no porque nos dicen que existen los dragones, sino porque nos cuentan que pueden ser vencidos», dice el director por aquello quizá de darse ánimos. Y añade: «En cualquier caso, los que aparecen en la película no son tanto personajes concretos como arquetipos».

Lo cierto es que alrededor de cada uno de los fracasos que encarnan las tres protagonistas con una precisión desusada, no es complicado reconocer con nombres y apellidos a las estrellas del momento, las estrellas de aquel momento de euforia, canapés y ferraris. No figuran los nombres, pero en cada gesto y declaración del personaje encarnado por el actor Fernando Guallar no cuesta reconocer, aunque solo sea como inspiración (y, de paso, escarnio), al que fuera alcalde de Benidorm primero para ser todo lo demás después. Hablamos de Eduardo Zaplana. De la misma manera que por allí aparecen sin nombre la todopoderosa directora de un periódico llamado Las Provincias o la presentadora que no cuesta asociar con Nieves Herrero, o surge casi perfecto y transfigurado en esperpento (aún más) el programa infantil A la Babalà o el propio Canal 9 acaba por ser rebautizado como Tele 9. «Por ley se puede citar, pero no usar la imagen», comenta el director para justificar los cambios que, en verdad, no lo son tanto.

Valenciana aspira a reconstruir aquel tiempo, pero no como lo haría ni un reportaje periodístico o, desde el lado contrario, una parodia desaforada. Aunque algo haya de las dos cosas. En verdad, y ahí su valor y acierto, lo que importa no es tanto el qué como el cómo; es decir, lo relevante es el retrato de las formas tan machistas como misóginas, tan burdas como exageradamente felices, tan zafias como reconocibles antes y ahora. Se diría que en tiempos de bonanza, nadie quiso saber nada de lo que había detrás de un dinero que parecía de nadie para, supuestamente, ganancia de todos. Hasta que todo, como siempre, saltó por los aires. Terra y tiempos míticos.

Pero no solo eso, a su modo Valenciana es también una película sobre el duelo, sobre la pérdida, sobre las esperanzas que se abandonan y, llegado el caso, sobre el reconocimiento de la soledad. Habla de la pérdida de la inocencia no solo de tres mujeres sino de todos nosotros, de un país entero. Y de cómo todas las grandes ilusiones de progreso huyeron por el desagüe. Y eso vale tanto para la política corrupta como para el periodismo convertido en espectáculo de sí mismo. «Tiene que ver», dice el director, «con el final de la primera juventud… Es algo universal, que encuentra una alegoría perfecta en ese momento histórico y ese espacio concretos». Y le creemos.

El resultado es una película para la controversia y, dado el caso, para la euforia, para la rabia y, por qué no, el perdón. Si de paso hay un poco (aunque solo sea un poco) de justicia, pues bienvenida sea.

A su lado, la sección oficial quiso presentar también Lo carga el diablo, de Guillermo Polo. Y cosas de las casualidades que en verdad no lo son, también en ésta aparece Benidorm. Eso sí, en la cinta de Núñez, la ciudad alicantina de hormigón y azoteas era el punto de partida y ahora es el de llegada. Se cuenta la historia de un escritor por fuerza frustrado (Pablo Molinero) condenado a llevar el cadáver de su hermano desde Asturias a, en efecto, Benidorm. La razón de tan extraño viaje es, como siempre, el dinero. De la mano de una puesta en escena tan exuberante como imaginativa y desaforada, Polo se las arregla para llevar el thriller al límite exacto de lo que bien podría llamarse costumbrismo radical. Desprejuiciada, ocurrente y debidamente procaz, no deja de ser reseñable ese extraño paralelismo desinhibido con sede en la Comunidad Valenciana. Cosas de la euforia, sin duda.

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