Las increíbles aventuras de Alfonso Aijón, el mayor promotor de música clásica en España: escalador del Everest, minero en Alemania y pastor de bueyes en Hong Kong

<p class=»ue-c-article__paragraph»>Al Alfonso Aijón. 93 años. Anda con una ligera inclinación de nave. Camina 10 kilómetros al día. Vive en Cantabria, pero nació en Madrid. Estudió en el Instituto Ramiro de Maeztu. Hasta los 89 años viajó con frecuencia casi anual al Himalaya. A los 69 lo trepó sin oxígeno. Entre medias acumuló oficios desiguales: enterrador, minero en la región de Ruhr, cuidador de búfalos en Hong Kong, periodista, profesor de español, currela en el Banco Exterior de España en la oficina de Hamburgo… Ahora está sentado en la sala de cinefórum del club Matador de Madrid. <strong>Habla casi negando la edad, como si acumulase prisa por vivir más aún</strong>. Mantiene una memoria deslumbrante. Lo recuerda casi todo al toque. De un lado a otro de la entrevista saltan nombres, fechas, países, ciudades, pueblos que uno no sabe bien escribir. Qué más da. Alfonso Aijón es un desmitificador tremendo de cualquier superchería sobre la vejez. Y si le insistes en el por qué de tanta abundancia (salud, resistencia, cauta alegría incluso) él lo resume en una fórmula limpia: «He tenido mucha suerte en la vida». <strong>Este martes recibe en el Círculo de Bellas Artes el I Premio Alberto Anaut. Impulso a la Cultura</strong>, fundado por La Fábrica, la empresa de gestión cultural que crearon Alberto Anaut y Alberto Fesser a principios de los años 90. «Alberto [murió en julio de 2023] fue un gran dinamizador cultural. Inteligente y muy activo. Mantuvimos amistad durante años, aunque no nos viéramos con frecuencia. Rehuía el elogio, pero Alberto hizo muchas cosas formidables sin que nadie supiese que estaba detrás», explica.</p>

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 El promotor musical y fundador de Ibermúsica, de 93 años, acumula una biografía fascinante de viajero desde los años 50. A la vez creó una de las plataformas más importantes de Europa en la promoción de la música sinfónica. Como reconocimiento a su labor recibe el primer Premio Alberto Anaut. Impulso a la Cultura  

Alfonso Aijón. 93 años. Anda con una ligera inclinación de nave. Camina 10 kilómetros al día. Vive en Cantabria, pero nació en Madrid. Estudió en el Instituto Ramiro de Maeztu. Hasta los 89 años viajó con frecuencia casi anual al Himalaya. A los 69 lo trepó sin oxígeno. Entre medias acumuló oficios desiguales: enterrador, minero en la región de Ruhr, cuidador de búfalos en Hong Kong, periodista, profesor de español, currela en el Banco Exterior de España en la oficina de Hamburgo… Ahora está sentado en la sala de cinefórum del club Matador de Madrid. Habla casi negando la edad, como si acumulase prisa por vivir más aún. Mantiene una memoria deslumbrante. Lo recuerda casi todo al toque. De un lado a otro de la entrevista saltan nombres, fechas, países, ciudades, pueblos que uno no sabe bien escribir. Qué más da. Alfonso Aijón es un desmitificador tremendo de cualquier superchería sobre la vejez. Y si le insistes en el por qué de tanta abundancia (salud, resistencia, cauta alegría incluso) él lo resume en una fórmula limpia: «He tenido mucha suerte en la vida». Este martes recibe en el Círculo de Bellas Artes el I Premio Alberto Anaut. Impulso a la Cultura, fundado por La Fábrica, la empresa de gestión cultural que crearon Alberto Anaut y Alberto Fesser a principios de los años 90. «Alberto [murió en julio de 2023] fue un gran dinamizador cultural. Inteligente y muy activo. Mantuvimos amistad durante años, aunque no nos viéramos con frecuencia. Rehuía el elogio, pero Alberto hizo muchas cosas formidables sin que nadie supiese que estaba detrás», explica.

Hijo de un pastelero de origen gallego y de una mujer andaluza se crió en la calle Serrano de Madrid. Nació en 1931. Su padre era propietario de una confitería mítica de la ciudad: La Vienesa. El local lo explota ahora la galería de arte Opera Gallery. En ese perímetro comenzó la suerte de Alfonso Aijón. Cerca de allí estaba uno de los centros de seguridad de la II República, flanqueado por dos ametralladoras fijas de trípode. En la misma acera funcionaba una tahona. Sucedió un día que el niño Aijón andaba de saltimbanqui en la calle, el camión que surtía de harina al horno echó marcha atrás, golpeó uno de los puestos de tiro, accionó la metralleta tremenda y aquella comenzó a disparar. Las balas le pasaron al párvulo rozando la coronilla. Salvó la vida de milagro. «Fue la primera vez en que la suerte se puso de mi parte», dice.

Estudió en el Ramiro de Maeztu. Y sigue desplegando gratitud por aquella educación en pleno franquismo y tan al margen del franquismo: «Todo lo aprendí allí. Íbamos al Museo del Prado cada semana. Teníamos talleres. Aprendíamos música. Salíamos de excursión… También llevé, en la adolescencia, la radio del instituto. Ponía los discos que usaba Lorca en las Misiones Pedagógicas. Y en invierno esquiábamos en la calle López de Hoyos. Y las vacaciones las pasaba siempre en el campo», recuerda. «Cuando mis amigos se iban de ejercicios espirituales yo agarraba la mochila y me perdía varios días por la sierra de Gredos. Nunca fui creyente».

Así espigó el joven Aijón, mientras la música le iba contagiando más entusiasmo. En 1957 salió de España: «Pertenecía a los grupos de oposición al franquismo. Este país era irrespirable. Estaban prohibidas cosas rarísimas, como el oratorio Israel en Egipto de Händel. Yo era un opositor político activo, aunque no aguerrido. Cuando detuvieron a mi amigo Manuel Laguna y lo metieron en la cárcel decidí salir. Marché primero a Francia y me instalé en Grenoble de ayudante de un campesino. También ejercí de secretario del dueño de un autocine que recorría los Alpes en un motocarro. De allí pasé a Alemania, donde ejercí como enterrador y minero en la cuenca del Rurh… Más tarde recorrí Rumanía y de allí salí en barco a Hong Kong, donde cuidé bueyes que estaba en un barco procedente de Filipinas». La suerte, decíamos, le mira de cara. Se ha salvado de dos accidentes aéreos. El primero fue gracias a unas serpientes venenosas que debía transportar de Nepal al zoológico de Zurich. En Nepal me obligaron a hacer demasiado papeleo, perdí el vuelo y aquel avión de Swissair se estrelló. Murieron 80 personas.

¿Y la música? Porque Alfonso Aijón divide su vida en dos partes: los primeros 40 años de aventura extravagante; el resto, hasta ahora, dedicado a dinamizar el paisaje sinfónico de España. En 1970 fundó la exquisita Ibermúsica. Y puso este país en el mapa de las grandes orquestas: la Filarmónica de Berlín y de Viena, la Sinfónica de Londres… Entre sus amigos están los directores Claudio Abbado, Zubin Mehta, Daniel Baremboim, Simon Rattle. A todos apoyó cuando eran jóvenes. «Los inicios fueron duros. No había en Madrid dónde ubicar orquestas sinfónicas, pero lo conseguimos», explica. «En 1978, gracias a Jesús Aguirre, que fue duque de Alba consorte, logré poder programar Ibermúsica contando con el Teatro Real, que entonces era prácticamente una sala de prensa del Ministerio de Cultura. Y desde ahí, 50 años al frente de esta aventura».

La hazaña sinfónica de Alfonso Aijón en España es insólita. Se anticipó a Francia, a Italia y a otros países. Se arruinó en dos ocasiones. Hipotecó su casa para salvar un ciclo de conciertos. Lo perdió todo en favor de su Ibermúsica. Logró remontar. Continuó viajando: Pakistán, Afganistán, el Himalaya. Lo ha escalado varias veces. Es un tipo sociable dispuesto a recorrer solo el mundo entero. «La pandemia me obligó a parar, pero continuaría. Por mí, continuaría».

– ¿Qué tiene de bueno su edad?

Lo maravilloso de mis 93 años es que me dan opción a haber conocido mundos que ya no existen. Por un lado me considero afortunado. Por el otro, me entristece ver cómo está el mundo.

– ¿Cómo está?

– Peligroso. Además, todo es ya igual. Da lo mismo a dónde viajes. El turismo de masas ha acabado con los contrastes. La montaña que siempre ha sido mi señuelo ha perdido la gracia. El turismo, insisto, ha destruido buena parte de la riqueza del mundo. Y ha generado una nueva forma perezosa de viajar. Lo que hiere es la vulgaridad.

– ¿Cómo se lleva con este tiempo?

– No lo entiendo bien. Todo va demasiado rápido. No hay espacio para la reflexión. Hay que tener respuestas inmediatas. Soluciones inmediatas. Ya no va conmigo.

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