Menchu Gal decidió «ser pintora, no artista, porque no es lo mismo». La frase es de Miguel Zugaza, el director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, y aparece en Vivir pintando, pintar viviendo, el primer tomo de tres libros dedicados a Gal (Irún, 1919-Madrid, 2009) y a su obra editados por la fundación que lleva su nombre. En esta primavera de 2026, 50 lienzos de la pintora vasca llenan el Centro Cultural Serrería Belga de Madrid con el título de Imágenes de una vida. Paisajes urbanos, campos de Castilla metafísicos, marinas del norte, verdes valles y colinas rojas, como en las novelas de Ramiro Pinilla.De eso está hecho Imágenes de una vida.
La muestra ‘Imágenes de una vida’ trae a Madrid la larga carrera de la pintora vasca, autora de cientos de paisajes y retratos que conectaron el cubismo y el expresionsimo con la pintura de postguerra
Menchu Gal decidió «ser pintora, no artista, porque no es lo mismo». La frase es de Miguel Zugaza, el director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, y aparece en Vivir pintando, pintar viviendo, el primer tomo de tres libros dedicados a Gal (Irún, 1919-Madrid, 2009) y a su obra editados por la fundación que lleva su nombre. En esta primavera de 2026, 50 lienzos de la pintora vasca llenan el Centro Cultural Serrería Belga de Madrid con el título de Imágenes de una vida. Paisajes urbanos, campos de Castilla metafísicos, marinas del norte, verdes valles y colinas rojas, como en las novelas de Ramiro Pinilla.De eso está hecho Imágenes de una vida.
¿Qué significa «ser pintora, no artista»? Zugaza desmiente en su texto para Vivir pintando, pintar viviendo la tentación de pensar que Gal era pintora porque desintelectualizaba el hecho de sentarse ante un lienzo. Su equipaje incluyó «la fuerza del color fauvista, la estructura compositiva del cubismo y ¿por qué no? el gusto por el matiz naturalista de estirpe velazqueña», escribe Zugaza. Junto a esa definición, aparece una fotografía de Gal, sentada en el suelo, pincel en mano, rodeada de niños, en lo alto de una loma y con un pueblo al fondo. «Pintando en Cuenca, 1955», se lee bajo el retrato, que podría parecer cosa de 1880, de 1920 o de 1939.
Edorta Kortadi, historiador del arte, profesor en Deusto y comisario de exposiciones de la Fundación Menchu Gal (responsable de Imágenes de una vida junto a la Galería Lorenart), añade dos palabras más para explicar a la pintora: «Azul y verde». El azul del mar y el verde del monte, los dos colores del Cantábrico y su costa, desde Hendaya, en Francia, hasta Navia, en Asturias, las playas en las que pintó. «Cuando volvió de París y entró en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, la gama de colores en la que trabajaban sus maestros era blanco, gris y negro. Menchu se rebeló».
El relato biográfico es la estructura que Elordi toma para explicar la obra de Gal, pintora precoz y perseverante. Con nueve años, ya estaba decidida a vivir de/en la pintura y tuvo un primer maestro, el paisajista Gaspar Montes Iturrioz. Con 13, en 1932, se marchó a París para seguir formándose junto a Amédée Ozenfant. «Ozenfant había trabajado con Le Corbusier. Era, básicamente, un cubista», explica Edorta Kortadi. Con 16, regresó a España, marchó a Madrid y se puso bajo la tutela de AurelioArteta. La obra de los pintores vascos de casi vanguardia, más o menos post impresionistas y modernistas como Arteta y los paisajistas de la Escuela del Bidasoa, fue un buen punto de partida para Gal. Oteiza Chillida y Lekuona, sus compañeros de generación, se criaron en el mismo caldo de cultivo.
Después, llegaron la Guerra Civil, un nuevo viaje a Francia, destinado a huir de la violencia del periodo 1936-1939, y una década que a menudo se da por perdida en la historia del arte en España: los 40, los años de la autarquía y el aislamiento.
Edorta Elordi tiene la teoría de que los 40 no fueron tiempo perdido para MenchuGal. Después de pasar por San Sebastián, la pintora volvió a Madrid y entró en contacto con Benjamín Palencia y con el maestro José Gutiérrez Solana en sus últimos años de vida. «O sea, que después de la educación cubista que recibió en Francia, Gal buscó a pintores de lenguaje más expresionista. Entre esas dos formas de pintar estuvo siempre, aunque la tentación del expresionsismo siempre le pesó más», explica Elordi.
«Pintaba en directo. No dibujaba. Ponía algunos puntos sobre el lienzo y esa era toda la referencia que empleaba», continúa el comisario. «Su pintura era vitalista, de pincelada muy densa, de color, y fuerza, casi hecha para el tacto». Hay 900 cuadros de Gal catalogados por la fundación que lleva su nombre: 650 de ellos son paisajes. Lo demás, son bodegones, algunos interiores y un puñado de retratos potentes: el desnudo de la modelo Piluca Martínez, las imágenes de sus colegas José Vela Zanetti y José María Ucelay, la de los escritores Julio Caro Baroja y Pío Baroja…
Menchu Gal también eligió la figuración donde sus compañeros de generación se deslizaron hacia la abstracción. «Hay algunos cuadros abstractos de Menchu. No son tan interesantes como sus cuadros figurativos. Ella se dio cuenta y no continuó por ese camino», dice Elordi.
En el gran catálogo biografía de su obra, la pintora vasca aparece retratada y hermanda en varias fotos junto a esos pintores que sí se convirtieron en artistas: Tàpies, Miró, Chillida, Oteiza… Hay más fotografías: imágenes íntimas y familiares y, sobre todo, instantáneas de Gal tomadas en el monte y en la playa. En eso consistió la esencia de su carrera.
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