Operación Triunfo en Madrid: la quietud de un público que no ha querido perderse nada

<p>La noche de este jueves ha sabido a <strong>lunes de gala. </strong>El rapto de éxtasis cuando tu triunfito favorito bordaba la gala, después de una semana de entrenamiento imposible, volvió a mezclarse con la maldita dulzura de ver a otro de los tuyos nominado, pero salvado: sabías que seguía dentro aunque también eras consciente de que se lo jugaba todo. Entonces era un «ahora o nunca».<strong> Era el momento de lucirse. Igual que hoy. </strong>Y vaya si se han lucido los 16 concursantes esta noche de jueves en el Wizink Center de Madrid. </p>

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 Los triunfitos se han estrenado en Madrid con las mejores canciones de la edición, puentes entre generaciones que han exaltado al Wizink Center al completo  

La noche de este jueves ha sabido a lunes de gala. El rapto de éxtasis cuando tu triunfito favorito bordaba la gala, después de una semana de entrenamiento imposible, volvió a mezclarse con la maldita dulzura de ver a otro de los tuyos nominado, pero salvado: sabías que seguía dentro aunque también eras consciente de que se lo jugaba todo. Entonces era un «ahora o nunca». Era el momento de lucirse. Igual que hoy. Y vaya si se han lucido los 16 concursantes esta noche de jueves en el Wizink Center de Madrid.

El conocidísimo talent arrancó el 20 de noviembre de 2023 y, según las cifras que proporcionó Amazon Prime, el programa llegó a tener más de 3.5 millones de espectadores únicos en el cómputo total de esta edición, que se estrenaba en una plataforma de streaming por primera vez desde que se creó el formato en 2001. No sé si alguien de aquella primera edición se imaginaba que el formato perduraría en el tiempo, como tampoco sé si Chenoa vislumbraba la posibilidad de que las 15.000 personas que estaban en el Wizink, que no eran otros sino los hijos de los que entonces fueron sus propios fans, coreasen su nombre como auténticos grupies antes de que arrancase el show.

Como en cada gala, la entrega del público después de cada actuación ha sido total. Cualquiera hubiera dicho que estaban los más de 3 millones de espectadores dentro del recinto cuando los 16 han roto a cantar Libertad. Qué forma de volcarse con sus ídolos, qué manera de hacer temblar el suelo del Wizink cada vez que se dejaban la garganta cuando entraba el verso de su concursante favorito.

Por una noche, los triunfitos han hecho de Madrid el refugio de una generación entera. Ya despuntaba el fanatismo en redes sociales, pero es en vivo más que nunca cuando se percibe lo especial que es el fandom de OT: un equipo que empasta sus vítores como todo artista sueña que haga su público. Una pasarela queer que agita sin cesar sus banderas al aire. La cantera de los estadios que, sin superar la treintena, cantan sin fallar una sola coma la versión de Bea de River Deep, Mountain High, como si hubiesen escuchado al maestro Sabina y a la maravillosa Tina Turner desde el vientre.

De alguna forma, aquí es natural que las niñas de diez años canten como han hecho a Jose Luis Perales. De los más mayores se apoderaba cierta nostalgia, como si lo bueno de la vida permaneciese intacto y recubierto de una película dorada, conservado en canciones como se conservan las reliquias en hornacinas. Como si la música de entonces fuese capaz de construir puentes intergeneracionales.

Sorprende que, como en una cámara insonorizada, el silencio se ha apoderado del Wizink para escuchar a Suzette cantar A Song For You, como si aquella voz la hubiese fabricado algo divino, marciano e hipnotizante. La primera expulsada de esta edición ha dejado su marca en el recinto, que se ha envuelto en su voz como si de un manto aterciopelado se tratase. Sucedió lo mismo cuando Paul Thin, acompañado de Manu Guix al piano, pareció deshacer el tiempo en delicadísimas hebras cantando When The Party’s Over de Billie Eilish. Le temblaba el labio y también las manos -uno no canta en el Wizink todos los días-, pero no la voz.

A excepción de pequeños desafines propiciados por la emoción, las voces de los triunfitos han sido prácticamente perfectas, sin fallos. Aunque tampoco parece ser eso algo que haya importado a este público, porque a todos luces lo que han venido a ver es un espectáculo que les dejase boquiabiertos. Nada que quitase más el aliento a este fandom que Martin cantando Alors on Danse y bailando pole. Los gritos alcanzaron decibelios mayores que los de un parque de atracciones.

Lo cierto es que el público ha sido un fenómeno en sí mismo. A juzgar por la manera en la que nadie se ha despegado de su pantalla para grabar lo que pasaba sobre el escenario, lo que no se graba no ha pasado. La Gen Z ha impuesto sus hábitos en una noche en la que los triunfitos se dejaban el alma mientras ellos se dejaban la batería. Y la voz.

Naiara, Paul Thin, Lucas, Chiara, Violeta, Martin, Juanjo, Salma, Violeta, Cris, Denna, Álvaro Mayo, Ruslana, Alex Márquez, Omar y Suzette han hecho suyo el escenario. Las canciones cantadas a coro entre los 16 han logrado distraer al público de su fijación con los teléfonos y levantado los ánimos. Temazos como Dime o Quédate han puesto al público a bailar.

«Me encantan los bailarines, ¡por favor!», gritaban por la pista al borde del desmayo. Se oían desde la grada los vítores que recibían los responsables de aderezar las actuaciones de Salvaje o Ptazeta: Music Sessions, Vol. 45. Y el Ruslanazo: Slo Mo. Dudo que nunca antes se haya visto un público tan anonadado ante lo que estaba viendo. Para bailes, el voguin que se ha marcado Álvaro Mayo bailando su Please Don’t Go. Todo el Wizink lo imitaba, botaba cuando él lo decía y coreaba la letra. Aquello era una fiesta, un garito ochentero de dimensiones descomunales. La noche de este jueves Madrid ha sido alvaromayista. Aunque también ha logrado la Bizarrap Session de Milo J. interpretada por Paul Thin que el público saltase deleitado. Aplauso que rozó la eternidad para el triunfito que se alzó con el segundo premio.

No hay nada como ese sentimiento capaz de paralizar, aturdir y desubicar. Nada como el amor por un ídolo. Bueno sí: el amor entre dos de ellos. El dueto de God Only Knows, de Martín y Juanjo, ha enamorado un poco más, si cabe, a sus fans. Nadie ha querido dejar de grabar para tener en su teléfono para siempre una muestra de ese cariño y afecto tan genuino. Algo similar ha sucedido con el dueto de Lunai, Lucas y Naiara, que han cantado apoyándose en una audiencia que les acompañaba en suspiros que se tornaban en griterío huracanado cada vez que se acercaban el uno al otro, casi rozándose. ¿Qué tendrá este tipo de actuaciones que caldean el ambiente y lo transforman en un aula gigantesca de instituto y hormona revolucionada? La muestra explícita de atracción entre Chiara y Violeta en I Kissed a Girl hizo que las madres, siempre pacientes, se abanicasen.

Acunados por la voz de Salma, quebrada pero rendida a la letra de Cuando zarpa el amor; la de Juanjo que se abría a su público una vez más con El Patio o el Escriurem en el que Chiara y Martin lograron que los 15.000 cantasen en vasco y catalán, el público hasta ese abrazo que recoge y reconforta. Hasta el recuerdo de los amores perdidos, de esos que se marchan para no volver.

Los triunfitos recibieron flores a los pies del escenario, algunas desconcertaron a Ruslana: «esto qué es». Las chicas malas de ‘Rusli’, uniformadas como una peña con sus pañoletas naranjas al cuello, han chillado con cada actuación de la rockera, brindándole ovaciones sensacionales. Al mismo nivel ha estado el clamor del público después de La vida moderna. Las manos al aire, las «piernas en movimiento». Bailaban de nuevo al aire las banderas multicolor.

Cada vez que los triunfitos pedían algo, el público acataba de forma obediente. Han brincado como muelles coreando: «Profesores, oe», mirando a la grada VIP desde donde ha saludado Abril o Manu Guix, al que han brindado una histórica (e histérica) ovación.

El momento cumbre de la noche ha sido el Tómame o Déjame de la chonija de España. Naiara ha recuperado a Mocedades una vez más, encorsetada en un vestido blanco para una actuación que ha sido como un espejismo. Su voz era la pureza, de sus ojos se desprendía la ilusión. La gente se daba las manos como acólitos que forman parte de un ritual. Los chillidos se fundían en el vacío cuando el aire abandonaba sus pulmones.

Aunque estuviesen parados como estatuas para poder grabar, la quietud del público también les ha permitido registrar cada segundo acontecido y cada emoción que les ha atravesado en su memoria. Porque, realmente, ya han visto el espectáculo en la televisión y ya han visto millones de TikToks que lo reproducían. Pero ¿qué más da? No han venido a un concierto de OT a sorprenderse; venían a revivir la unión, el recogimiento, ese abrazo que envuelve como agua de mar. Y, ahora, se van a casa con lo que querían: Historias por contar.

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