Por qué Fernando Esteso es como tu padre (y es un villano de Star Wars)

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 ¿Dónde está la estrella de Fernando Esteso en el Paseo de la fama del cine de Madrid? No tiene. Yo le pondría una, pero no de cinco puntas. Sino con forma ci  

¿Dónde está la estrella de Fernando Esteso en el Paseo de la fama del cine de Madrid?

No tiene. Yo le pondría una, pero no de cinco puntas. Sino con forma circular, como la Estrella de la Muerte de Star Wars.

A Esteso hay que imaginárselo como un almirante al mando de una flota galáctica de 50 destructores. Todo porque para Hollywood fue como un Darth Vader capaz de cantar jotas. Acojonaba tanto su furor taquillero que George Lucas decidió retrasar en España el estreno de El Imperio contraataca para no competir con él.

¿Cómo no vamos a darle una estrella?.

A mí lo que más me gusta es el Esteso excesivo; el showman que antes del cine llenaba teatros y triunfaba en revistas, un superdotado capaz de cantar (tenía un gran oído), contar chistes e imitar voces; el hombre que luego ganaba tanto dinero como un futbolista y gastaba con la alegría de un ministro, operación aritmética que en sus últimos años le dejó como único patrimonio el cariño del público, que no cotiza pero tampoco desgrava; el sabio que cuando se acercaba a los 80 y las goteras del cuerpo ya no se disimulaban demostró que sabía tanto como Schopenhauer del arte de envejecer: «Por la mañana me tomo diez pastillas y estoy como nuevo».

Se ha marchado el falso español medio. Digo falso porque tenía ese extraño talento que hace creer al público que está ante un funcionario de Correos, el tío Arturo de mano larga con sus sobrinas en una reunión familiar o delante de un profesor gordo de gimnasia que habita cualquier instituto de la periferia.

Ser el españolito de a pie es un talento discreto al que muy pocos han llegado. Aquí sólo lo consiguieron dos titanes: Alfredo Landa y José Luis López Vázquez. Esteso era el siguiente en la lista de los que representan al sujeto de medio pelo y ambición dos cuartos. Gente que con un papel dramático eran la representación celtíbera del americano medio que fueron antes James Stewart y Henry Fonda. Y más recientemente Tom Hanks. Si a Esteso le hubieran dejado (Pajares lo logró en ¡Ay Carmela!) hubiera sido un fabuloso actor serio.

Pero lo que nos queda no es poco. Es el eslabón perdido de la España con ganas de marcha que enterraba el franquismo y trasnochaba con el felipismo, aquél que se había educado con la formación del espíritu nacional pero que soñaba con jugar al bingo, viajar en avión en turista y ver alguna teta. Esteso era los padres, los nuestros

Los bingueros fascina porque en ella se pueden estudiar todas las fases que tiene un clásico popular: un éxito de público, una maduración fundada por el desprecio de los intelectuales y una reivindicación que nace de una siguiente generación. Representó una popularidad carpetovetónica y cero elitista que quiso destruir la Ley Miró, iniciativa que buscaba apoyar un cine más de prestigio para pasear por festivales de clase A cebándose con el cine de género, que representaban las comedias ligeras y el cine de terror. Una industria potente e independiente que sí conectaba con la taquilla. Esa medida política fue lo que alejó durante décadas al público de las salas.

A Esteso le conocí en 2019. Quedamos en un bingo de Valencia para hacer un reportaje por el 30º aniversario de su película más famosa. En un momento de la entrevista se le acercó una chica y le pidió un autógrafo. No era para ella, sino para su abuela. El viejo seductor lo encajó con simpatía. Le recordé entonces que en la película se vistió de mujer en uno de los golpes más cómicos.

Me miró con su ojos de boxeador triste.

–Recuerdo que cuando me disfracé y me puse la peluca me miré en el espejo. ¿Sabes a quién vi?

–No.

–A mi madre.

Y soltó una gran carcajada que se oyó hasta en el planeta Endor.

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