<p>Observo con curiosidad la polémica en torno al <strong>premio Aena de narrativa</strong>. La estrategia de soltar un millón de euros desde una empresa con un 51% de capital estatal para que se hable de Transportes sin citar retrasos y porque no gustan los ganadores del <strong>Planeta </strong>y hay que quitarle foco, no puede ser más burda… ni más efectiva. Veremos si el impacto perdura, pero esta primera edición ha cumplido los objetivos de sus ideólogos. Al fin y al cabo, nada interesa más en este país que el dinero, especialmente el ajeno. No nos quitamos la envidia y la posguerra ni con 50 años de democracia. Hasta aquí, todo según lo previsto.</p>
Sorprende la reacción de muchos escritores contra el premio Aena. Una dignidad loable, pero difícil de entender… al menos desde la perspectiva del periodista
Observo con curiosidad la polémica en torno al premio Aena de narrativa. La estrategia de soltar un millón de euros desde una empresa con un 51% de capital estatal para que se hable de Transportes sin citar retrasos y porque no gustan los ganadores del Planeta y hay que quitarle foco, no puede ser más burda… ni más efectiva. Veremos si el impacto perdura, pero esta primera edición ha cumplido los objetivos de sus ideólogos. Al fin y al cabo, nada interesa más en este país que el dinero, especialmente el ajeno. No nos quitamos la envidia y la posguerra ni con 50 años de democracia. Hasta aquí, todo según lo previsto.
Más me ha sorprendido la recepción de los escritores, a los que les ha brotado mayoritariamente una dignidad loable, pero difícil de entender teniendo en cuenta que no sobra dinero en el mundo editorial. Que si todo es una estrategia publicitaria, que si se quiere ayudar a la literatura habría que dar menos a más, que si el prestigio se gana poco a poco, que si la literatura no es una competición… Tienen razón en todo, pero si alguien llega a tu negocio a soltar un pastizal sin exigirte nada turbio, únicamente que sigas escribiendo las mismas novelas que ya ibas a escribir, lo natural es alegrarse aunque sólo sea porque, quizás, tal vez, quién sabe, algún día te caiga algo.
Supongo que lo veo desde la visión del periodista, donde perdimos hace tiempo la vergüenza con los premios y se han convertido casi en un complemento salarial. La superioridad moral la mató la precariedad. Esto ha conducido a la normalización de un fenómeno discutible: periodistas recibiendo premios económicos de empresas u organismos sobre los que informan. Feo, cuando menos. Hace unos meses, uno de mis mejores amigos en el periódico ganó uno de una patronal y le increpé tanto que se enfadó: «¿Puedes, por una vez, alegrarte por alguien que no seas tú?». Me dolió por injusto. Me alegró sinceramente el gol de Julián Álvarez al Barça.
Luego están los otros, los serios, los del prestigio para periodistas sin hambre (fisiológica), que se persiguen para llenar más tu ego que tu bolsillo. A los anteriores no me presento por principios, a estos por vergüenza. Siempre me he preguntado en qué momento escribes una columna y piensas: «Buah, lo has clavado, monstruo, titán, mastodonte. Me merezco un premio». Mandarla es como rogar a alguien que te quiera. No tiene nada de malo, pero vaya corte si te hace una cobra. No lo veo, aunque igual presento esta al Gistau, el premio de esta casa, sólo por las risas. Para que mis varios amigos en el jurado puedan decir una vez más: «Es profundamente gilipollas, menos mal que es guapo».
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