Repaso a la cartelera

<p>Algunos titulares han querido reducir <strong>la coincidencia en salas de </strong><i><strong>Amarga Navidad</strong></i><strong> y </strong><i><strong>Torrente Presidente</strong></i> a una predecible baratija ideológica. Sería una pena desaprovechar esta proximidad entre sus autores, dos de las figuras más fascinantes que ha dado nuestra cinematografía.</p>

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 El gran triunfo de Altas capacidades es su exquisito tono de comedia, llamémosle esperpento hiperrealista. Algo muy delicado que se podría venir abajo con un chiste fuera de sitio  

Algunos titulares han querido reducir la coincidencia en salas de Amarga Navidad y Torrente Presidente a una predecible baratija ideológica. Sería una pena desaprovechar esta proximidad entre sus autores, dos de las figuras más fascinantes que ha dado nuestra cinematografía.

Pedro Almodóvar ha conquistado una facilidad para expresarse que ya querrían el resto de los pocos cineastas internacionales que son, a la vez, populares y prestigiosos. Mientras Spielberg y Tarantino sudan la gota gorda cada vez que tienen que repensarse entre película y película, Almodóvar encadena proyectos como el que rellena páginas de su diario con una completa confianza en su voz, sabiendo que su personalidad y autoría le permiten volar en cualquier dirección y aterrizar de pie.

El genio de Santiago Segura es otro, una capacidad para leer su tiempo y hacerlo su parque de atracciones que sólo encuentro comparable a la de James Cameron. No es broma. Cameron convirtió a su Terminator en un héroe de acción de los 90 sin traicionar su leyenda como monstruo de los 80. Y Torrente ha alcanzado otro imposible: convertirse en icono catártico de la misma ideología de la que lleva décadas burlándose. Almodóvar y él serán figuras opuestas, pero el tamaño de su libertad a la hora de ser ellos mismos es igualmente descomunal.

Esta semana se une a la cartelera otra película extraordinaria, Altas capacidades, dirigida por Víctor García León y coescrita con Borja Cobeaga, dos cineastas especializados en un tipo muy concreto de comedia, afilada e incómoda como un cuchillo en una pista de baile. Lo que han hecho juntos tiene una premisa relevante, el patetismo de unos padres tan obcecados en trasladar a su hijo a un colegio de ricos que no se dan cuenta de que están criando a un monstruo. Pero el gran triunfo de García León y Cobeaga, similar al que alcanzaron por separado en dos obras maestras llamadas Vete de mí (2006) y Negociador (2014), dos retratos de parejas disfuncionales obligadas a convivir, es su exquisito tono de comedia, llamémosle esperpento hiperrealista. Algo muy delicado que se podría venir abajo con una pausa de más o un chiste fuera de sitio.

Si antes celebraba a los autores que se han ganado el derecho de campar a sus anchas, el tono de Altas capacidades obliga a todos sus participantes a calcular cada paso al milímetro. El personaje que compone el asombroso Juan Diego Botto se mueve en unos márgenes estrechísimos, a un arqueo de ceja de volverse anodino y a una media sonrisa de caer en la caricatura obvia. Acompañado por el resto de equilibristas (Marian Álvarez e Israel Elejalde convierten la falta de química en comedia pura) consigue que todo sea grotesco y creíble en la medida exacta hasta el último segundo. Un trabajo de artesanía con el humor y la maldad que jamás tendrá una catedral hecha con palillos.

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