Sundance corona a la inquietante y perturbadora ‘Josephine’, la violación desde la mirada de una niña

<p>Probablemente, una de las mayores y más relevantes aspiraciones del cine no sea nada más que mirar desde la posición de otro; mirar en lugar de alguien completamente ajeno y, sin embargo, exactamente igual a nosotros; mirar de manera compartida. <strong>Este es el objetivo y el gran logro de </strong><i><strong>Josephine</strong></i><strong>, la segunda película de la directora Beth de Araújo que ya sorprendiera con su polémico y muy perturbador debut, </strong><i><strong>El club del odio</strong></i> (disponible, por cierto, en Filmin). La cinta, de momento, ya se ha coronado con dos de los premios del Festival de Sundance, el del Jurado en ficción estadounidense y el del público, que en el certamen de Park City, al contrario que en los europeos, es especialmente relevante. Y lo que queda. Dentro de poco competirá en la Berlinale y –Oscar y otros premios a un lado– ya se puede decir que, si el año cinematográfico esperaba su primer gran acontecimiento, ya lo tiene en la película protagonizada por la niña de ocho años Mason Reeves secundada por un desmedido e inédito Channing Tatum. </p>

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 El festival de cine independiente premia la confirmación de la cineasta Beth de Araújo y a Shame and Money (Vergüenza y dinero), del kosovar Visar Morina  

Probablemente, una de las mayores y más relevantes aspiraciones del cine no sea nada más que mirar desde la posición de otro; mirar en lugar de alguien completamente ajeno y, sin embargo, exactamente igual a nosotros; mirar de manera compartida. Este es el objetivo y el gran logro de Josephine, la segunda película de la directora Beth de Araújo que ya sorprendiera con su polémico y muy perturbador debut, El club del odio (disponible, por cierto, en Filmin). La cinta, de momento, ya se ha coronado con dos de los premios del Festival de Sundance, el del Jurado en ficción estadounidense y el del público, que en el certamen de Park City, al contrario que en los europeos, es especialmente relevante. Y lo que queda. Dentro de poco competirá en la Berlinale y –Oscar y otros premios a un lado– ya se puede decir que, si el año cinematográfico esperaba su primer gran acontecimiento, ya lo tiene en la película protagonizada por la niña de ocho años Mason Reeves secundada por un desmedido e inédito Channing Tatum.

Los primeros 15 minutos de la película dan la pauta. Pocos arranques tan descomunales, perturbadores y precisos. Siempre desde la mirada de la cría, pero sin dejarse seducir por el virtuosismo estéril del plano subjetivo a machamartillo, la película se empeña en capturar la sensación de pérdida, confusión y dolor que provoca en su protagonista el ser testigo de un acto violento. De una violación. Como cada domingo, padre e hija aprovechan las mañanas para correr por el parque. En un momento dado, ella se despista, se pierde y sus ojos abiertos de par en par son arrasados para siempre. Lo que ve no tiene ni explicación ni sentido ni siquiera palabras en su vocabulario aún por formar. Lo que ve apenas admite el privilegio, pues eso es, de la mirada. De repente, ella es testigo de cargo de un crimen que atraviesa el rigor del Código Penal para transformarse en simplemente un cataclismo que todo lo puede, que todo lo arrasa. Lo que sigue es la puntual crónica de un desastre que afecta a los cimientos mismos de un sociedad acosada por asuntos tales como la violencia, el machismo o la desprotección de las víctimas.

La película, ya se ha dicho, se sitúa del lado profundamente extrañado y ajeno de su protagonista y, desde ahí, ofrece al espectador el raro honor de mirar y sufrir desde la posición del otro, desde alguien que fuimos alguna vez y, sin embargo, por simplemente estar en el lugar equivocado a la hora incorrecta, tan diferente. Beth de Araújo, que, según lo declarado, sufrió algo parecido en su infancia, compone una película tan ajustada a razones y, si se quiere, coherente y hasta geométrica como profundamente emotiva y, sobre todo, inquietante. El estado de incomprensión de la niña, forzada a atravesar terapias, interrogatorios y gestos incomprensibles de los adultos, es descrito con una frialdad que directamente abrasa. A su lado y a la alturo de los ojos, la directora entrega un retrato veraz y claro del shock de los padres, entre el estupor y la condescendencia, en el espacio intermedio que deja la violencia exageradamente alerta del padre (Tatum) y la desesperación de la madre (Gemma Chan). Pese a alguna que otra nota desafinada (la secuencia fuera de registro de la familia asistiendo a un espectáculo de danza), Josephine se atreve a todo, incluso a un persistente delirio infantil entre la realidad y el sueño (cree ver al agresor en todos los lados), y siempre se mantiene tensa y en el lugar correcto: en el sitio de la herida.

Dos premios para Josephine y, desde ya, la película de Sundance. Y lo que vendrá.

Imagen de 'Shame and Money'.
Imagen de ‘Shame and Money’.

El otro premio del jurado en el apartado de ficción, el internacional, fue para Shame and Money (Vergüenza y dinero), del director Visar Morina. La propuesta del kosovar no es tan espectacular como la de Beth de Araújo, pero, por qué no, igual de eficaz y estremecedora. Resumiendo mucho y de manera algo frívola, se podría decir que estamos ante una nueva versión e infinitamente más cruda de la celebérrima Parásitos, de Bong Joon-ho. La cinta cuenta la historia de una familia que, tras la traición de uno de sus integrantes (el hermano menor vende la propiedad familiar sin la aprobación del resto), se ven obligados a huir del campo a la ciudad. Los que se van son el hermano mediano que se ocupaba de la explotación ganadera ahora inexistente, su mujer, la abuela y sus tres hijas menores. Allí, en la capital, les espera la caridad de otro familiar. Mientras encuentran trabajo en cualquier forma de explotación más o menos reglada, vivirán en la caseta del jardín de una lujosa mansión.

De aquí en adelante, Shame and Money cumple de forma puntual con lo que promete su título: una descripción en carne viva de la crueldad desvergonzada del capitalismo que nos hemos dado. Sin grandes manifiestos y sin los alardes de gran guiñol del director coreano, la película acierta a describir de manera tan afilada como cruda el deambular por la incertidumbre (y hasta la pobreza) de la familia y, apurando, de todos nosotros. El final doble muy cerca del género de terror no hace más que dejar claro la punzante propuesta de la película y, ya que estamos, el inmenso talento de un director que logra superar con mucha destreza de los códigos del cine realista más rutinario. Y todo ello, desde una mirada desde la posición del otro.

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