Torrente, presidente no importa… o no debería

<p>Sucede con <strong>Torrente </strong>algo que no vivía desde el procés, cuando si considerabas que lo de unos era un esperpento; lo de los otros, una sobreactuación y que los nacionalismos (todos) son una gañanada, eras un equidistante y te miraban mal todos. En estos tiempos absurdos hay que tomar partido por supervivencia. Lo arriesgado no es posicionarte, es que algo te dé exactamente igual. Bueno, pues me da igual <strong>Torrente</strong>.</p>

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 No existe batalla cultural alguna fuera de la cabeza de cuatro gatos obsesionados con que todo va de lo mismo. Y Santiago Segura lo sabe mientras cuenta billetes  

Sucede con Torrente algo que no vivía desde el procés, cuando si considerabas que lo de unos era un esperpento; lo de los otros, una sobreactuación y que los nacionalismos (todos) son una gañanada, eras un equidistante y te miraban mal todos. En estos tiempos absurdos hay que tomar partido por supervivencia. Lo arriesgado no es posicionarte, es que algo te dé exactamente igual. Bueno, pues me da igual Torrente.

No hablo tanto de la película, con la que me río sin vergüenza ni exageración, como del aparatoso combate de apropiación y rechazo que se ha generado a su alrededor. Apasionadas columnas sobre chistes de gordos, sesudos análisis de lo que una parodia nos dice de la España actual, firmes posicionamientos en defensa de un tipo patético como símbolo de libertad y vehementes juramentos a lo Escarlata O’Hara: «¡A Dios pongo por testigo de que no veré esa ordinariez!». Abusando de ‘Lo que el viento se llevó’, francamente, queridos, me importa un bledo.

No, comprar una entrada para Torrente, presidente no es ir contra el Gobierno, la corrección política, la cultura woke y los actores de la ceja. Es ir a ver la misma comedia que tu abuela, tu panadero y media España, incluido tu cuñado el rojo. No eres distinto, no eres rebelde, la derecha no es el nuevo punk, no te vengas arriba por chuminadas. Siento resaltar lo evidente, pero Torrente no es una película de derechas.

Y, no, poner a parir una película que no has visto o cuyos chistes te resultan desagradables no es frenar a la ultraderecha y al patriarcado ni defender la dignidad de las minorías. Es apretar muy fuerte los puñitos y perder el tiempo en polémicas estúpidas que no existen en el mundo real. A tu cuñado el facha no le da argumentos un cameo de Vito Quiles, se los da el precio de la vivienda. Siento volver a resaltar lo evidente, pero Torrente no es un caballo de Troya del fascismo.

No existe batalla cultural alguna fuera de la cabeza de cuatro gatos obsesionados con que todo va de lo mismo. Recurriendo a mi comedia preferida, como El Nota grita a Walter en ‘El gran Lebowski’: «¡Qué cojones tiene que ver este asunto con Vietnam! ¡De qué cojones estamos hablando!». La gente va a Torrente por las risas, no a cambiar España.

¿Saben a quién más le da igual todo esto? A Santiago Segura, que siempre ha sido el más listo. No ha tenido reparo en recordar que él es sistema, con tres Goya y subvenciones públicas, ni en señalar el clasismo intelectual de cierta izquierda, ha hecho la peli que quería hacer sin más objetivo que reírse y forrarse y, mientras el resto se pelea por algo que a él se la bufa, cuenta billetes. Es el único sensato en este vodevil.

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