Un Luis Miguel eléctrico conquista el Bernabéu con suspiros, mariachis y pelvis

<p>Como un Bob Dylan con dientes de litio, <strong>Luis Miguel</strong> llegó, cantó y se marchó. Con casi media hora de retraso y<strong> sin un saludo de bienvenida ni mención al público </strong>de Madrid que llenaba el Santiago Bernabéu, el cantante protagonizó un concierto eléctrico, con un ‘show’ de gran artista que navega por diferentes registros sin marearse. <strong>De ritmo frenético, energía y mucha pelvis.</strong></p>

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 El Sol de Mexico triunfa en un estadio lleno en un concierto corto pero muy intenso.  

Como un Bob Dylan con dientes de litio, Luis Miguel llegó, cantó y se marchó. Con casi media hora de retraso y sin un saludo de bienvenida ni mención al público de Madrid que llenaba el Santiago Bernabéu, el cantante protagonizó un concierto eléctrico, con un ‘show’ de gran artista que navega por diferentes registros sin marearse. De ritmo frenético, energía y mucha pelvis.

Luis Miguel, que no parece un tipo simpático aunque tenga sonrisa mefistofélica y haga gestos de complicidad muy ensayados (selfi con dron incluido) demostró esta noche su extraordinaria capacidad vocal, esa que, a pesar de los sustos del pasado, le permiten pasar con gran solvencia del pop al bolero, de crooner fino a cazador de rancheras que mira a los ojos a Vicente Fernández. Y eso es mucho.

Encima sabe moverse y sostener una banda de primerísima división, una orquesta clásica para el bolero y unas coristas que eran como burbujas de Freixenet de piernas infinitas. Bailó, sudó y, cuando el tema se lo permitía, se puso a culebrear con el micrófono como quien fornica en voz baja para que no le escuche el vecino. Con el estilo del autosuficiente.

Uno cree que gusta tanto este mexicano de sangre gaditana porque se cree lo que canta y eso le permitió este sábado conectar con un público de diferentes generaciones que coreaba sus canciones como el que va a hacer la primera comunión y se memoriza los salmos. Para alimentar el show cada espectador recibía a la entrada una pulsera brillibrilli que cambiaba de tono y se iluminaba a control remoto para crear un ambiente festivo y colorista. Un poco norcoreano.

La aparición de LM en el Bernabéu -que tome nota Florentino para la presentación de Mbappé– fue de malvado de James Bond que viene con un plan para conquistar el mundo. Una plataforma lo elevó desde las entrañas al escenario para entrar como un cónsul honorario que estrena traje de Savile Row. Enganchó rápido a la audiencia madrileña y al mucho famoseo que se juntó al empezar el repertorio con ‘Será que no me amas’.

Pero Madrid le ama.

Y se nota que él lo sabe.

Luis Miguel, esta noche en Madrid.Ángel NavarreteMUNDO

El Luis Miguel de gira no se olvidó de ‘Romance’ (siete millones de copias vendidas), el disco que lo hizo pasar de un ídolo pop de adolescentes hormonados a la mayor estrella de la música en español de los 90. Temas de esa colaboración tan nutritiva como espinosa (acabó como el rosario de la Aurora) con el gran Armando Manzanero no podían faltar. De lo mejor de este bloque su ‘No sé tú’ y la siempre muy aplaudida -fascinaba hasta al mismo Elvis, que la interpretó- ‘Somos novios’.

Quedó claro desde el primer momento que Luis Miguel se muestra orgulloso de su legado musical. En su presentación salían imágenes del Micky infantil prodigioso que su padre se dedicaba a pasear por la televisión, su adolescencia pop de pelo MacGyver y su consagración clasicista. Luis Miguel es todo lo que ha sido, lo que es respetable.

El concierto tuvo su momento de ‘dúos virtuales’. Mientras ‘El Sol de México’ cantaba ‘Sonríe’, tema compuesto por Charles Chaplin, apareció en imagen Michael Jackson replicándole con ‘Smile’. Sucedió lo mismo con ‘Come Fly With Me’ y en esta ocasión fue Frank Sinatra, con el que llegó a grabar Luis Miguel, el paranormal para cantar juntos en inglés. Un homenaje bien conjuntado, que de no funcionar habría podido parecer ridículo. Y funcionó.

El Luis Miguel del tercio final fue el mejor. Una fantástica banda de mariachis mexicanizó el repertorio, más folclore puro y menos balada de telenovela y dio un asueto al cantante, que apareció unos minutos después, completamente de negro y revitalizado para rendir culto a la ranchera mexicana.

En este repertorio destacó la muy coreada ‘La bikina’, de Rubén Fuentes, y ‘La media vuelta ‘, de José Alfredo Jiménez.

La noche acabó con mucho pop y grandes éxitos bailongos (‘Ahora te puedes marchar,’ ‘Isabel). Y dadas las altas temperaturas, atmosféricas y corporales, el cierre no podía ser más que ‘Cuando calienta el sol’, mientras caían grandes balones de playa negro para entretener al público, alguno sobre la cabeza de este jornalero.

La gente pidió más, pero el profesional había cumplido con lo prometido. Ni un bis. Fue más que suficiente. Un concierto corto, pero poderoso. En su falta de empatía verbal, jamás gestual, ni siquiera presentó a los extraordinarios músicos que le habían acompañado. Luis Miguel lanzó muchos besos, pero sus dientes de litio se cerraron. El Sol de México se puso por el oeste, en dirección al camerino.

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