<p>Aquella madrugada le pregunté a un gran amigo de la infancia -quien vive a pocos metros de La Carlota, uno de los enclaves militares venezolanos bombardeados por Trump- cómo estaba, y <strong>su feliz reacción no me sorprendió para nada</strong>. Me dijo que fumaba un cigarro y sonreía, mientras al mismo tiempo sentía el olor del humo que inundaba su apartamento: el humo de una posible esperanza. Por esta razón, queridos amigos de EL MUNDO, escribir sobre Venezuela es extremadamente difícil.</p>
Las llamaradas ardientes cayendo sobre Caracas representaron la esperanza de millones de venezolanos sometidos a la más cruel y bárbara dictadura, una dictadura ante la cual el mundo entero giró la espalda y se cubrió los ojos
Aquella madrugada le pregunté a un gran amigo de la infancia -quien vive a pocos metros de La Carlota, uno de los enclaves militares venezolanos bombardeados por Trump- cómo estaba, y su feliz reacción no me sorprendió para nada. Me dijo que fumaba un cigarro y sonreía, mientras al mismo tiempo sentía el olor del humo que inundaba su apartamento: el humo de una posible esperanza. Por esta razón, queridos amigos de EL MUNDO, escribir sobre Venezuela es extremadamente difícil.
Aquellas llamaradas ardientes cayendo sobre Caracas representaron la esperanza de millones de venezolanos sometidos a la más cruel y bárbara dictadura presenciada en el continente, una dictadura, por cierto, ante la cual el mundo entero, sin excepción, giró la espalda y se cubrió los ojos, porque el grito desesperado de millones de seres humanos sufriendo un atroz genocidio les pareció incómodo, ya que contradecía el discurso prefabricado al que están acostumbrados.
Hoy la sociedad internacional, apelando al respeto a los principios del derecho internacional y la soberanía, se pregunta cómo es posible que la mayoría de los venezolanos celebre con vehemencia la caída del dictador. La respuesta es sencilla: miles de presos políticos, desaparecidos y torturados; miles de ejecuciones extrajudiciales; cientos de miles de víctimas de una descomunal crisis sanitaria y alimentaria; ocho millones de refugiados; destrucción de todo el aparato productivo nacional (con contracción del 75% del PIB); y lo que es más determinante aún, la degradación moral de la dignidad de millones que nunca recibieron los beneficios de las más grandes reservas petroleras del planeta.
Y es que al venezolano de a pie no le puede importar la soberanía, el derecho internacional o su propio petróleo, cuando lo que está en juego es un principio mucho más sagrado y determinante: su propia existencia. Es este derecho de existir el que se nos está siendo negado en este momento, y no sólo por la dictadura, sino también por diversos sectores políticos que, sin detenerse por un momento a escucharnos, se apoderan de un discurso que invisibiliza el sufrimiento y la degradación por la que hemos tenido que atravesar quienes por fortuna hemos sobrevivido y, desde lejos, en el exilio, alzamos la voz.
Pero no todos pueden decir lo mismo. Dentro de Venezuela, millones de voces continúan silenciadas. Policías, militares y colectivos armados (criminales civiles organizados por la dictadura), recorren las calles sembrando terror, inspeccionando celulares y publicaciones de redes sociales, suprimiendo cualquier forma de disidencia y pensamiento crítico con amenazas de torturas y desapariciones forzadas. Son estas voces, las de las víctimas de este genocidio silencioso, las que tienen que ser escuchadas, consideradas, visibilizadas. Y si el derecho internacional no es capaz de evitar que torturen y violen a mis hermanos, entonces el derecho internacional no sirve para nada y es tan sólo un discurso vacío.
Al mismo tiempo, se alega que EEUU no puede «secuestrar» a un presidente de una nación soberana. Frente a esto, estas voces silenciadas gritan una verdad: «el flaco Nicolás» no era un presidente, sino más bien un narcotraficante que en reiteradas ocasiones usurpó la voluntad democrática expresada en elecciones, imponiendo un régimen de terror que se llevó por delante cientos de miles de vidas. Es por eso que hoy vemos con satisfacción que finalmente está siendo procesado y juzgado, lo que sacia parcialmente nuestro afán de justicia, porque algunos más, muchos más, también deberían estar ocupando un lugar frente a los tribunales.
Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez, Vladimir Padrino López, Tarek William Saab, Caryslia Rodríguez, Alexander Granko Arteaga, Nicolás Maduro Guerra, Remigio Ceballos, Maikel Moreno, Néstor Reverol son sólo algunos de los cientos de nombres que deben ser destacados y rendir cuentas ante la justicia internacional por delitos de lesa humanidad, y sí, también por genocidio, acusación que, si bien no ha sido formalizada internacionalmente, no excluye el hecho de que sea una realidad sobre la cual podemos preguntar (o no) a los indígenas del Sur que han sido desaparecidos; a los desplazados por la violencia paramilitar interna; a mis vecinos que, con el desespero de tener hambre, murieron envenenados tras comer tubérculos amargos siendo apenas unos niños; a mi amigo, el fumador al que me refería al principio, que varias veces intentó suicidarse; a los estudiantes y adolescentes que se autolaseran y escriben con su sangre -literalmente hablando- en las celdas de tortura de El Helocoide, la triste expresión de «estoy triste».
Hoy los venezolanos vemos con preocupación e incertidumbre que estos mismos nombres de torturadores sigan en el poder y, si bien las puertas de una transición hacia la democracia están abiertas, no lo están de par en par, porque es mucho lo que nos faltará por hacer, desde liberar a los presos políticos, devolver la institucionalidad al país, ofrecer justicia y reparación a las víctimas, alimentar a miles de niños desnutridos, hacer respetar la voluntad democrática y civil y, por supuesto, crear, desde cero, una sociedad respetuosa de los derechos humanos y libertades civiles, tal como lo fuimos en el pasado, antes de la llegada de la revolución socialista.
Y frente al hecho de que EEUU anunciara el control de la industria petrolera, la mayoría de los venezolanos somos conscientes de tres grandes verdades: la primera, que en todos estos años nunca fuimos partícipes de los beneficios del petróleo; la segunda, que el discurso de la soberanía queda en segundo plano frente a la dignidad humana; y la tercera, que nunca estuvimos tan bien como cuando, en décadas pasadas, fueron los Estados Unidos (y no Rusia o China), quienes llevaban la batuta de la industria petrolera nacional. ¿Acaso habrá alguien, en la niebla de las opiniones, capaz de escuchar todo lo que los venezolanos tenemos que decir?
Rubbi Rada, escritor venezolano exiliado en Lisboa, es autor del libro La residencia (Ediciones del Viento).
Cultura
