<p>2026 será el año de <i>Vengadores: Doomsday </i>o no será. La megapelícula de Marvel se estrenará en diciembre, pero mucho antes empezará su campaña promocional, que anticipo apabullante. Como todas las estrellas que participan en la película den entrevistas, no va a haber espacio en los medios para nadie más durante varios meses. Si <i>Doomsday </i>no se convierte en la cinta más taquillera de la Historia (sí: esas son sus aspiraciones) su éxito no se verá como completo. <strong>El juego a todo o nada de Marvel </strong>es tan demencial como los parámetros de éxito y fracaso de sus producciones. El tamaño de estas es tal que, a efectos pragmáticos, solo puede dar lugar a dos narrativas: o arrasan o se hunden, éxito total o humillante <i>flop</i>. Se estima que el presupuesto de la nueva entrega de <i>Los Vengadores </i>ronda los 500 millones de dólares. Es más: el presupuesto combinado de <i>Doomsday </i>y <i>Secret Wars</i>, la siguiente película de la saga, con estreno previsto para 2027, alcanza los 1.000. Solo en salarios de actores, Marvel ha desembolsado varios cientos de millones de dólares. La apuesta es tan alta que, si no sale, casi podríamos hablar de hecatombe. El golpe sobre la mesa será sísmico o no será.</p>
En un subgénero camino de la fatiga, son las series pequeñas las que exploran el terreno y se rebelan contra la rutina
2026 será el año de Vengadores: Doomsday o no será. La megapelícula de Marvel se estrenará en diciembre, pero mucho antes empezará su campaña promocional, que anticipo apabullante. Como todas las estrellas que participan en la película den entrevistas, no va a haber espacio en los medios para nadie más durante varios meses. Si Doomsday no se convierte en la cinta más taquillera de la Historia (sí: esas son sus aspiraciones) su éxito no se verá como completo. El juego a todo o nada de Marvel es tan demencial como los parámetros de éxito y fracaso de sus producciones. El tamaño de estas es tal que, a efectos pragmáticos, solo puede dar lugar a dos narrativas: o arrasan o se hunden, éxito total o humillante flop. Se estima que el presupuesto de la nueva entrega de Los Vengadores ronda los 500 millones de dólares. Es más: el presupuesto combinado de Doomsday y Secret Wars, la siguiente película de la saga, con estreno previsto para 2027, alcanza los 1.000. Solo en salarios de actores, Marvel ha desembolsado varios cientos de millones de dólares. La apuesta es tan alta que, si no sale, casi podríamos hablar de hecatombe. El golpe sobre la mesa será sísmico o no será.
Doomsday y Secret Wars pretenden revitalizar un subgénero que, en los últimos años, ha mostrado claros síntomas de agotamiento. Pero claro, con esas inversiones, «síntomas de agotamiento» se traduce fácilmente por «pérdidas millonarias». ¿Las causas? Demasiadas películas, demasiado poco cuidadas y cierta desvalorización de la marca al abaratarla en sucesivas (e irrelevantes) series de televisión.
Y sin embargo son las series de televisión más baratas y «menos Marvel» las que, en lugares donde Marvel no llega (o donde llega y se le cierra la puerta, como mi casa), han refrescado la marca. Pienso en Jessica Jones, en Bruja Escarlata y Visión y en la recientemente estrenada Wonder Man. Es Marvel pero no es Marvel. Es post-Marvel. Es anti-Marvel.
Pocas estrellas más «post» y más «anti» que Ben Kingsley. Él no estará en ninguna Vengadores pero sí en Wonder Man, en uno de los personajes más sorprendentes y divertidos de la última televisión. En la nueva serie, disponible en Disney+, Kingsley es Trevor Slattery, un actor que también es un villano que también es un actor interpretando a un villano. Suena lioso, no lo es tanto. Y encaja perfectamente en la propuesta de Wonder Man, un giro autoconsciente y metanarrativo sobre Marvel y sus películas. Su protagonista es Simon Williams (Yaya Abdul-Mateen II), un actor fracasado que podría ser también un superhéroe y también un actor fracasado que mataría por interpretar a un superhéroe. Williams va a castings, hace selftapes y, cuando le dan dos líneas texto, en vez de leerlas, cobrarlas y avanzar hacia lo siguiente (el siguiente casting, el siguiente selftape, el siguiente «no»), pregunta cuál es la motivación de su personaje y cuáles sus traumas. Todo esto en una Los Ángeles árida y groseramente soleada. La Los Ángeles real, vamos.
Un selftape es una prueba de interpretación que el actor graba por su cuenta y envía, esperando recibir un «sí» de vuelta. Es algo práctico, pero también triste. Es el mirarse al espejo definitivo. Pero a veces funciona. Wonder Man es un selftape de Marvel muy inspirado. Con lo que ha costado no pagas ni las facturas de tintorería del reparto de Doomsday y Secret Wars. No descarto que, como Trevor Slattery, Ben Kingsley mire a cámara y, rompiendo la cuarta pared, pronuncia esta frase en algún momento de la serie.
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