Yoshitomo Nara: «Después de Fukushima sentía que el arte era inútil, dejé de pintar»

<p>Con solo ocho años, el pequeño Yoshitomo construyó su propia radio para sintonizar la emisora Far East Network de la base norteamericana de Misawa. Eran los años 60, en plena guerra de Vietnam, y el norte de Japón se había llenado de instalaciones militares. Aunque Yoshitomo no entendía nada de inglés, quedó fulminado por el punk de <strong>Jimi Hendrix</strong>, el rock de<strong> Bob Dylan</strong> o los <i>hits </i>de los <strong>Beatles</strong>. Esas letras que descubrió de niño, ese espíritu contestatario de los 60, siguen impregnando toda la obra de<strong> Yoshitomo Nara</strong> (Hirosaki, 1959), uno de los artistas más cotizados del mundo, famoso por sus niñas raras de ojos saltones, adorables pero inquietantes. Sobre todo si llevan un cuchillo de sierra ensangrentado en la mano.</p>

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 El artista japonés, uno de los más cotizados del mundo con el récord de 25 millones por un cuadro, inaugura su retrospectiva en el Guggenheim de Bilbao, su consolidación en Europa  

Con solo ocho años, el pequeño Yoshitomo construyó su propia radio para sintonizar la emisora Far East Network de la base norteamericana de Misawa. Eran los años 60, en plena guerra de Vietnam, y el norte de Japón se había llenado de instalaciones militares. Aunque Yoshitomo no entendía nada de inglés, quedó fulminado por el punk de Jimi Hendrix, el rock de Bob Dylan o los hits de los Beatles. Esas letras que descubrió de niño, ese espíritu contestatario de los 60, siguen impregnando toda la obra de Yoshitomo Nara (Hirosaki, 1959), uno de los artistas más cotizados del mundo, famoso por sus niñas raras de ojos saltones, adorables pero inquietantes. Sobre todo si llevan un cuchillo de sierra ensangrentado en la mano.

Las llamadas Nara Girls son todo un fenómeno y y nunca se habían visto tantas en Europa. El Guggenheim de Bilbao inaugura hoy la gran retrospectiva de Nara, patrocinada por la Fundación BBVA, con 128 piezas procedentes de colecciones privadas y museos de todo el mundo. «En realidad dedicarme al arte no era mi objetivo principal. Pero cuando me di cuenta, ya era artista», admite Nara a sus 65 años, con una camiseta negra de una calavera, muy rockera, que podría llevar una de sus niñas raras. A ellas también las pinta tocando la guitarra o aporreando una batería, pisando la cabeza de Hitler o saliendo de un refugio antibombas, sonriendo de una forma espeluznante o simplemente mirando de frente como en una foto de DNI.

‘In the Deepest Puddle II’ (1995), de Yoshitomo Nara, en la colección de Ryutaro Takahashi.GUGGENHEIM

Sus niñas han marcado estratosféricos récords de subastas: en 2019 un magnate desembolsó casi 25 millones de dólares por Knife Behind Back (Cuchillo detrás de la espalda) y el pasado abril el cuadro de más de dos metros I Want to See the Bright Lights Tonight (título tomado del primer álbum de 1974 de Linda y Richard Thompson) se vendió por más de 10 millones en Sotheby’s Hong Kong y ahora se puede ver en una de las magnas paredes del Guggenheim. Cuando se le pregunta por la industria millonaria que genera su obra (en internet, una tabla de skate tuneada por el artista supera fácilmente los 3.000 euros), Nara simplemente se encoge de hombros: «No pienso mucho en esto. No tengo demasiado contacto con la gente del mundo del arte ni con los marchantes. No siento que yo sea alguien especial».

Aunque su figura rivaliza con artistas como Jeff Koons o Damien Hirst, Nara vive aislado en el campo y trabaja solo, sin asistentes. «Me gusta la soledad. Me encanta salir fuera por la noche y mirar las estrellas. Pero cuando voy a la ciudad y me mezclo en medio de la muchedumbre, siento una soledad negativa, triste», admite. Por eso escogió un paraje a las afueras de Nasushiobara para vivir, un paisaje que le recuerda al de su infancia en Hirosaki, una zona de bosques silvestres y cascadas, llena de manzanos, en la que no había mucho que hacer para un adolescente melancólico de los años 70, salvo ahorrar para comprar discos. «Las portadas de los discos fueron mi primer contacto con el arte. Tenía a Andy Warhol en las manos pero no sabía quién era», sonríe.

La instalación ‘My Drawing Room, Bedroom Included’ (2008), de Yoshitomo Nara.GUGGENHEIM

La banda sonora de su juventud suena en la primera sala del Guggenheim, dentro de una casita tradicional japonesa: la instalación My Drawing Room (Mi habitación de dibujo), que Nara ha llenado con todos sus fetiches y referentes. Decenas de dibujos esparcidos por el suelo, muñecos retro, postales antiguas, un ordenador de los 80… Como si fuera la cabaña de un Peter Pan artista que escucha Starman de David Bowie, Embryonic Journey de Jefferson Airplane, Touch Me de The Doors y el delicioso guiño al público español con Salta de Tequila y Enamorado de la moda juvenil de Radio Futura. Sí, Nara escucha de todo: en la retrospectiva que protagonizó en 2022 en Los Ángeles llenó toda una pared del museo con 352 discos de su inmensa colección, que empezó a los ocho años.

Su desembarco en Bilbao marca el principio de su gira europea. Después del Guggenheim, la exposición viajará al Frieder Burda de Baden-Baden y a la Hayward Gallery de Londres, con otros formatos adaptados a cada espacio. El propio artista controla y decide cómo se muestran sus cuadros: cómo se encaran, cómo dialogan, a qué altura, con qué ritmo… Y en su retrospectiva se descubre a un artista más profundo, que va más allá de las niñas-cabezonas que tanto deleitan al público asiático.

El lienzo ‘From the Bomb Shelter’ (2017) de Yoshitomo Nara.GUGGENHEIM

Nara habla de soledad, de lo que no puede expresarse. «Mis personajes son un reflejo de mí mismo. He vivido experiencias duras y algunas más difíciles, pero procuro no exteriorizarlas. Tal vez eso se refleja en mis obras», cuenta de esas niñas que casi siempre parecen esconder algo. Pero también hay una parte política en su obra, que se ha convertido en un símbolo pacifista con mensajes como: No Bombs, No Nukes (armas nucleares), No War. «Crecí marcado por las consecuencias de la guerra de Vietnam, por toda la ola de música antibelicista. Así que se desarrolló en mí, de forma natural, un fuerte espíritu antiguerra. Siento mucha empatía por las víctimas de los conflictos, los refugiados y desplazados, los que sufren las consecuencias… Por eso visité Afganistán y fui a un campo de refugiados en Siria, algo que no creo que hagan muchos artistas contemporáneos», explica muy serio. Y, tras una pausa, añade: «Antes de ser artista, soy persona».

‘Missing in Action’ (1999) de Yoshitomo Nara, propiedad de los coleccionistas Sally y Ralph Tawil.GUGGENHEIM

Imbuido del espíritu del peace and love, después de estudiar Bellas Artes en Japón, Nara ingresó en en la prestigiosa Kunsthalle de Düsseldorf, adonde llegó meses antes de la caída del muro de Berlín. Pasaría 12 años en Alemania, lo que marcaría su estilo y una obra que bebe sin complejos de la tradición nipona y la occidental: aunque resulte difícil apreciarlo a primera vista, en sus cuadros se mezclan tanto las referencias a los frescos renacentistas como a los ukiyo-e del siglo XIX. En el 2000 Nara regresó a Japón convertido en una estrella nacional, con el país rendido a sus personajes falsamente inocentes y una auténtica fiebre por su merchandising, que él mismo enviaba por correo postal (desde hace años es uno de los best sellers de la tienda del MoMA de Nueva York: un peluche de su perro se vende a 170 dólares).

Pero 2011 marcó un punto de inflexión en su obra. Fue un año traumático para toda la sociedad japonesa con el terremoto, el tsunami y la consiguiente catástrofe nuclear de Fukushima. Pero a Nara le afectó especialmente. En la biblioteca del Guggenheim, saca su móvil (con una carcasa pop de sus personajes) y muestra el mapa de Japón: «Fukushima está aquí y yo vivo aquí, a unos 600 kilómetros. Toda esta costa quedó devastada. Ni siquiera podía reconocer el paisaje. Me causó un gran impacto. Hasta entonces yo me divertía muchísimo creando arte. Pero la tragedia de Fukushima me hizo reflexionar. Me hizo volver la mirada hacia mi tierra, los campos, los pueblos… Sentí que el arte era inútil en una situación tan extrema. Dejé de pintar durante un tiempo, no podía ni dibujar».

Regresó a su alma mater, la Universidad de Aichi, para realizar una residencia artística y volver a crear. En los últimos años, sus obras se han vuelto más serenas, más espirituales, llenas de capas y matices. Y como el Peter Pan de la cabaña, Nara sigue escondiendo en ellas versos de Bob Dylan.

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