Zar Amir-Ebrahimi: «Nunca elijo el papel de una mujer representada solo como víctima»

<p><strong>Zar Amir-Ebrahimi (Teherán, 1981)</strong> es muchas cosas a la vez. Es actriz, es directora, es productora y, con el correr del tiempo y a su modo, ha acabado por convertirse en referente y hasta símbolo. Referente de la lucha contra el régimen iraní y símbolo de resistencia contra asuntos tales como la intolerancia, el integrismo, el machismo y, apurando y por resumir, el fascismo. Suena tremendo y, en efecto, lo es. Hace un par de años, la película <i>Holy Spider, </i>de Ali Abbasi, pasó de ser un thriller turbio y soberbio sobre un asesino en serie en bandera de una revolución por venir. En un momento de la cinta, la protagonista que era Zar Amir se despojaba de su hijab. Meses después de la presentación de la película en Cannes, la mujer de 22 años Mahsa Amini moría en la prisión iraní, en la real, tras haber sido arrestada por no cubrir su cabeza con la prenda de marras. La película se convirtió de forma no buscada en respuesta y referencia. «La película», recuerda, «vivió una auténtica revolución semántica». Ahora, la cartelera se descubre con dos producciones, <i><strong>Shayda </strong></i>y <i><strong>Tatami</strong></i>, en la que ella vuelve a ser todo a la vez: actriz, directora, productora, referente y símbolo.</p>

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 La actriz iraní que ganó en Cannes en 2022 con ‘Holy Spider’ reivindica el papel de la mujer en el cine del futuro coincidiendo con el estreno de dos películas: ‘Shayda’, de Noora Niasari, y ‘Tatami’, dirigida por ella misma con Guy Nattiv  

Zar Amir-Ebrahimi (Teherán, 1981) es muchas cosas a la vez. Es actriz, es directora, es productora y, con el correr del tiempo y a su modo, ha acabado por convertirse en referente y hasta símbolo. Referente de la lucha contra el régimen iraní y símbolo de resistencia contra asuntos tales como la intolerancia, el integrismo, el machismo y, apurando y por resumir, el fascismo. Suena tremendo y, en efecto, lo es. Hace un par de años, la película Holy Spider, de Ali Abbasi, pasó de ser un thriller turbio y soberbio sobre un asesino en serie en bandera de una revolución por venir. En un momento de la cinta, la protagonista que era Zar Amir se despojaba de su hijab. Meses después de la presentación de la película en Cannes, la mujer de 22 años Mahsa Amini moría en la prisión iraní, en la real, tras haber sido arrestada por no cubrir su cabeza con la prenda de marras. La película se convirtió de forma no buscada en respuesta y referencia. «La película», recuerda, «vivió una auténtica revolución semántica». Ahora, la cartelera se descubre con dos producciones, Shayda y Tatami, en la que ella vuelve a ser todo a la vez: actriz, directora, productora, referente y símbolo.

«La motivación para hacer cine no es política. Pero no se puede hacer cine sin tener en cuenta el impacto que tiene en la sociedad. No sería responsable. Cuando empezamos a trabajar en Tatami, por ejemplo, éramos conscientes de ello. Tanto el cine como el deporte tienen una repercusión enorme. Quizá no se consiga cambiar el mundo, pero sí habrá alguien siempre que se sienta inspirado. De hecho, ya están pasando cosas en el cine y en el deporte», dice. La película en la que se estrena como directora cuenta la historia de una judoca en pleno campeonato mundial ante el dilema de obedecer a las autoridades deportivas iraníes, fingir una lesión y dejarse ganar o rebelarse.

Hace poco vimos como el futbolista Mbappé se pronunciaba en política contra la extrema derecha…Sí, y me parece lo correcto. Es nuestra responsabilidad. No se trata de política. Se trata de ser ciudadano de este mundo.

Queda claro.

El caso de Shayda, la otra película que protagoniza (ésta dirigida por la realizadora Noora Niasari y que mereció el premio del público en Sundance), es diferente. O no tanto. Ahora lo que se cuenta es la historia vivida por la propia directora en primera persona. La mujer del título es una mujer iraní que vive en Australia y encuentra refugio junto a su hija en un centro de acogida para mujeres maltratadas. Lo que sigue es una tragedia tan perfectamente particular que se diría universal. «Es un error creer que hablamos solo de Irán o de la cultura iraní. Lo mismo que se ve en la película sucede en Francia, Australia o cualquier lugar del mundo independientemente de la cultura. No hay una sola sociedad en el planeta que no responda al patriarcado. Los feminicidios y la violencia contra las mujeres es universal. Es urgente replantearse el modo cómo miramos y tratamos a las mujeres», dice, se toma un segundo y se atreve a una confesión: «Recuerdo que la primera vez que leí un guion, le pregunté a la directora qué era eso de una casa de acogida. No sabía que algo así existiera. ¿Cómo es posible que nunca hubiera oído hablar de estos refugios? Reconozco mi culpa. Pero eso me hizo pensar en cuántas mujeres hay con menos información que yo que no lo saben».

Zar Amir-Ebrahimi no tiene claro si la protagonista de una y otra película comparten algo más que el sufrimiento. «Me cuesta ver características comunes. Son dos mujeres muy distintas. Y ése es el valor, sin duda. Lo que sí tengo claro es que nunca elijo papeles en los que las mujeres son representadas solo como víctimas. Sé que esas mujeres existen, pero necesito verme reflejada en un impulso de valentía, de transformación… Creo que se lo debemos a las nuevas generaciones», comenta para acto seguido reconocerse optimista, pese a todo, con lo que sucede en su país, en Irán, de donde tuvo que huir tiempo atrás. Alrededor del año 2000, ella era una auténtica revelación e intérprete popular en la televisión. Todo se derrumbó el día que un vídeo íntimo con su pareja se filtró en la red. Ante la amenaza de la pena de prisión y los 97 latigazos de rigor que el régimen iraní reserva a las mujeres que mantienen relaciones fuera del matrimonio huyó a París. Y hasta ahora.

«Me alegra ver a una nueva generación valiente; una generación que no quiere mentir más, que no quiere seguir el juego al régimen. En mi generación acumulamos muchos traumas y lidiamos con un miedo total que nos mantuvo atenazados. Ahora veo que muchos y muchas de mis colegas resisten y se niegan a trabajar con el dinero del Gobierno. Y eso a pesar de que muchos productores tienen las manos manchadas. Es indigno recibir dinero del régimen», dice a la vez que recuerda la última fuga de Irán. En el pasado Festival de Cannes, el director Mohammad Rasoulof presentó The Seed of the Sacred Fig (La semilla de una higuera sagrada). Lo hizo ya desde un exilio forzoso tras la condena de ocho años (que incluyen azotes y confiscación de bienes) por un crimen «contra la seguridad nacional». «No hay que olvidar», sigue Zar Amir, «que las actrices también fueron condenadas por quitarse el hijab. Rasoulof es un director conocido que puede rehacer su vida donde quiera, pero ellas se han jugado su futuro. Las admiro y respeto».

Sea como sea, la actriz que es directora, productora y todo lo demás tiene claro que hay mucho aún por hacer porque sabe que todavía es mucha la reacción. «Siempre que se habla de los derechos de las mujeres, alguien sufre un ataque de pánico. Es como si alguien creyesen que las mujeres fuéramos a robar el lugar a los hombres. Pero no se trata de eso. La idea es construir una sociedad entre todos en la que podemos vivir juntos respetando plenamente nuestros derechos. Tan sencillo», afirma, se toma un segundo y concluye: «Desde mi papel de productora todo mi empeño es contar las historias de mujeres que nos faltan. El cine tiene una deuda con nuestras historias. Con todas ellas, no solo las trágicas y desgarradoras… Solo así podemos cambiar la mentalidad».

Zar Amir-Ebrahimi es, definitivamente, muchas cosas.

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