Hay tantos motivos para sentirse fascinado, y por ello atraído, por los bucles temporales como para justo lo contrario. La posibilidad de repetir una y otra vez lo mismo ofrece la certeza de una vida sin errores, siempre entregada a un perfeccionamiento infinito. De repente, cualquier cualquier torpeza, cualquier afrenta, cualquier trauma pueden ser no solo perdonados sino directamente borrados de la memoria. Por otro lado, ¿qué sentido tiene ganar si no se puede perder nunca? ¿para qué la vida sin la perspectiva de la misma muerte? Y así. Cualquiera que se haya acercado a El volumen del tiempo, de Solvej Balle, sabe que la existencia paradójica de Tara Selter, condenada a vivir por siempre el 18 de noviembre, es cualquier cosa (apasionante, intrigante y llena de misterio) menos deseable. Recuérdese, ella repite todos los días el mismo día, pero al contrario que el héroe de Atrapado en el tiempo, ella envejece y con ella los objetos que le son más cercanos. Fascinante. Repugnante.
Una comedia distópica protagonizada por Berto Romero y Belén Cuesta ofrece la primera sorpresa, agradable y recurrente, en una competición en la que cayó a plomo Los Miserables (***), de Fred Cavayé, una nueva, grande, plana y plagada de drones versión cinematográfica del clásico de Victor Hugo
Hay tantos motivos para sentirse fascinado, y por ello atraído, por los bucles temporales como para justo lo contrario. La posibilidad de repetir una y otra vez lo mismo ofrece la certeza de una vida sin errores, siempre entregada a un perfeccionamiento infinito. De repente, cualquier cualquier torpeza, cualquier afrenta, cualquier trauma pueden ser no solo perdonados sino directamente borrados de la memoria. Por otro lado, ¿qué sentido tiene ganar si no se puede perder nunca? ¿para qué la vida sin la perspectiva de la misma muerte? Y así. Cualquiera que se haya acercado a El volumen del tiempo, de Solvej Balle, sabe que la existencia paradójica de Tara Selter, condenada a vivir por siempre el 18 de noviembre, es cualquier cosa (apasionante, intrigante y llena de misterio) menos deseable. Recuérdese, ella repite todos los días el mismo día, pero al contrario que el héroe de Atrapado en el tiempo, ella envejece y con ella los objetos que le son más cercanos. Fascinante. Repugnante.
5 minutos más, la última película de Javier Ruiz Caldera sobre un guion de Berto Romero y protagonizada por este último al lado de Belén Cuesta y Javier Cámara, es, en efecto, un bucle temporal y, como todos ellos, está planteada desde el entusiasmo de la fascinación y, a la vez, desde el rechazo de la simple náusea. Es comedia y el terror. Es farsa y ciencia ficción. Es metáfora y gamberrada. Es una genialidad y es un delirio. Es Berto y es Romero. Las contradicciones, de hecho, siguen: es película de autor y no lo es al mismo tiempo. De hecho, uno no puede por menos que preguntarse nada más verla qué hace una producción así en la sección oficial de un festival como el de San Sebastián. Digamos que su alma de paradoja irredenta es todo consecuencia de lo que no puede dejar de ser, una y otra vez, y por siempre. Ya se ha dicho: un bucle temporal.
La idea resulta tan sencilla como difícil de asumir. Una pareja con problemas de pareja se acerca al campo a pasar un fin de semana aislados de todo y hasta de sí mismos. De repente, el mundo quiebra y, una y otra vez, cada 300 segundos que son 5 minutos vuelve donde estaba. Solo dos problemas: nadie sabe si eso es temporal y si será así para toda la eternidad y, un poco como en El volumen del tiempo, los actos tienen consecuencias. Es decir, no empieza todo de cero como en unos inagotables cinco minutos de la marmota. Lo que se rompe una vez sigue roto durante todos los bucles que vendrán.
Con este punto de partida, entre la ocurrencia y la falta de oxígeno en sangre, lo que sigue es todo con la misma claridad que nada. Y ahí su gran y deslumbrante logro. En primer lugar, es metáfora. ¿No vivimos ya todos en un bucle del que por la razón que sea nos negamos a darnos de baja? Pero, también es más cosas que nada tienen que ver con las figuras retóricas sino más bien con el miedo que provocan los abismos que pisamos. Y sin retórica. Ruiz Caldera, maestro especializado en la carcajada, logra así una anomalía no solo temporal, sino cinéfila, tan entretenida como cargada de razones, tan disfuncional como profundamente atractiva. Es decir, y para regocijo de todos, festivales de autor incluidos, una película para, se quiera o no, ver en bucle. Una y otra vez. Fascinante sin duda. Y, por cierto, qué gran montaje de Alberto del Toro.
Por lo demás, y si ya se antojó raro (sano, pero raro) ver una comedia distópica en la sección oficial, tampoco resultó de lo más normal presenciar un blockbuster. Pues eso es Los Miserables, de Fred Cavayé. Francés sí, pero blockbuster al fin y al cabo.
Pocas novelas ha conocido el cine tan bien como Los Miserables. Desde la más clásica, ortodoxa y pionera firmada por Raymond Bernard en 1935 a la muy reciente versión rota y casi minimalista de Éric Besnard con un Grégory Gadebois descomunal, decenas de versiones cubren el periplo vital de Jean Valjean, del inspector Javert, de Fantine, de Cosette, de Marius y de todos lo que en algún momento soñaron con un mundo mejor. De por medio, la lectura eminentemente hollywoodiense en los años 30 a cargo de Richard Boleslawski, la europea en el más cabal de los sentidos de Bille August a finales de los 90, y, por qué no, la que más nos gusta: la de Ladj Ly, que en verdad es otra cosa. Todas ellas, de manera más o menos clara, imaginan el ascenso de la virtud, el poder del privilegio y la ruina de los desheredados conscientes de que el paraíso de los ricos es por fuerza el infierno de los pobres. Lo fue en el siglo XIX y con el tecnofeudalismo que nos domina lo es de forma aún más evidente ahora mismo.
La nueva versión hace pie en lo que dice la penúltima frase del párrafo precedente. De hecho, esa misma sentencia aparece impresa justo al arranque. Digamos que ésta podría ser la motivación política o la excusa simplemente de actualidad para la película. Han pasado los años, se han cumplido dos guerras mundiales, Europa se ha autoconstituido como un supuesto fortín de derechos y, sin embargo, no parece que hayamos avanzado tanto. Los miserables de entonces son los mismos de ahora. Antes estaban en los extrarradios de una ciudad como París y ahí siguen. Están ahí y están se mire donde se mire, en Gaza, en Ceuta o en cualquier ciudad de cualquier país del mundo.
Desde ahí, Cavayé insiste en la última de las obsesiones del cine francés: reformular de la manera más espectacular posible los textos de siempre. Primero fue la doble entrega de Los tres mosqueteros (Martin Bourboulon, 2023), luego El Conde de Montecristo (Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière, 2024) y ahora, la más gande de las historias jamás contadas (o la segunda más grande). El director huye de manierismos, interpretaciones o revisiones y opta por la más frontal y plana de las lecturas. O aérea, sería más correcto. A un lado el siempre colérico y siempre brillante Vincent Lindon en un reparto por el que lucen estrellas del momento como Tahar Rahim y Camille Cottin, la película acaba por agotarse en su grandilocuencia, en su rigor de época tan exquisito como cargante, en su empeño recurrente por el plano desde todos los drones fabricados el año en curso. Que ya son. Se diría que es este último recurso el que acaba por definir a la propia producción. Nadie sabe a fecha de hoy cuál es el punto de vista que ofrece un dron.
El resultado es lo que parece, que, la verdad y a su modo, se acerca bastante a un bucle, el bucle de antes, el bucle de siempre.
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