Hace dos décadas, cuando Google Maps acababa de aparecer en nuestras vidas, el fotógrafo Antonio Galealba tenía 20 años y estudiaba para ser un profesional de la gestión forestal. «Los bosques eran mi obsesión. Lo siguen siendo ahora. Cada vez que hay un incendio, tengo casi la necesidad de buscar qué trocito se ha quemado y cuál está a salvo». En una clase, un profesor nombró el gran archivo fotográfico que el Ejército de Estados Unidos hizo de la Península y de las Islas Baleares en 1956. «Ahí tuve una referencia pero como tantas otras, fue un dato que pasó por mi cabeza como un pájaro en el cielo».
Antonio Galealba pone a dialogar el reportaje aéreo del Ejército de EEUU de 1956 con la realidad de 2026, desde las costas solitarias a las playas hiperurbanizadas, desde los pedregales de la posguerra hasta los nuevos bosques
Hace dos décadas, cuando Google Maps acababa de aparecer en nuestras vidas, el fotógrafo Antonio Galealba tenía 20 años y estudiaba para ser un profesional de la gestión forestal. «Los bosques eran mi obsesión. Lo siguen siendo ahora. Cada vez que hay un incendio, tengo casi la necesidad de buscar qué trocito se ha quemado y cuál está a salvo». En una clase, un profesor nombró el gran archivo fotográfico que el Ejército de Estados Unidos hizo de la Península y de las Islas Baleares en 1956. «Ahí tuve una referencia pero como tantas otras, fue un dato que pasó por mi cabeza como un pájaro en el cielo».
Pasaron los años, pasaron los incendios y el concepto de territorio, que en 2006 aún era estrictamente académico y profesional, se convirtió en una parte del debate público y del malestar social. ¿Quedaban en 2006 trocitos de la costa española sin urbanizar? No muchos, en realidad. No menos que en 2026, desde luego. Entonces, Galealba se acordó del gran reportaje fotográfico de 1956 y entendió su relevancia en 2026. Su ensayo fotográfico El vuelo americano es un trabajo documental en el que las imágenes son datos en bruto que no necesitan que nadie los explique. Galealba ha accedido a las fotografías de los estadounidenses y ha buscado sus pares contemporáneos tomados del Centro Nacional de Descargas. Cada trocito de España retratado en 1956 aparece al lado en su estado actual y el resultado es el previsible. Y, a la vez, es conmovedor: hay pueblos convertidos en ciudades, ciudades convertidas en suburbios infinitos, playas perdidas colonizadas por chalets, y muelles transformados en masas de suelo ganado al mar, pero también hay secarrales y campos de cultivo reforestados.
«Vivo en Elche, en una pedanía pequeñita que está entre Elche y la playa. Si me he interesado por estas fotografías es, en parte, porque vivo donde vivo, en un lugar de costa, de masificación urbanística, donde la vida ocurre en una lucha constante por preservar un poco el territorio y por cuestionar ciertos modelos de crecimiento», cuenta Galealba. «Lo primero que hice fue buscar el pueblo de mi padre. Me hacía mucha ilusión enseñar a mi padre cómo era el pueblo en el que él había nacido justo cuando él nació, porque mio padre es de 1956. Al principio, la curiosidad respondía a preguntas mías personales. Luego vi que ahí había cosas que igual merecía la pena compartir».
-¿Cuál es el pueblo de su padre?
-Archidona en Málaga. Cuando le enseñé las fotos, se emocionó mucho, fue para él como un tiempo recobrado. Es una reacción que me encuentro mucho con El vuelo americano. Mucha gente me dice que sus abuelos lloran cuando ven las fotografías de 1956.
¿Es el reportaje de 1956 un material bien conocido entre los profesionales? «Creo que la respuesta es sí pero no». No es conocida, como mínimo, la precisión extraordinaria del trabajo que hicieron los militares estadounidenses. «Este fue un proyecto que se realizó entre el año 1956 y el 1957. Fue fruto de los Pactos de Madrid entre Estados Unidos y la dictadura de Francisco Franco. El Ejército de Estados Unidos cartografió la Península y las Islas Baleares con el único fin de saber qué había aquí, de medir espacios y distancias. No había comentarios adjuntos ni informes. La operación duró un año y medio aproximadamente, de marzo de 1956 a septiembre del 1957. En total fueron cerca de 60.000 archivos, cerca de 60.000 fotografías. Salvo Canarias, todo el territorio nacional está fotografiado».
«Hay otro reportaje anterior, de 1947, pero es mucho peor», continúa Galealba. «En 1956, usaron seis aviones del Ejército de Estados Unidos, creo que seis, del modelo Fairchild RC 45. Eran los aviones que utilizaban para la cartografía y estaban totalmente adaptados para esa función. Había una apertura en el fuselaje que era donde iba la cámara. Trabajaban con negativos de 23 por 23. Y, si no recuerdo mal, las fotografías las solían realizar todas a una altura aproximada de 5.000 metros de altura. Buscaban tener un archivo totalmente plano. El negativo estaba en un sistema diseñado para que no se enrollara. Una vez la cámara disparaba, el negativo salía y se mantenía plano. O sea, que fue un trabajo muy minucioso y muy completo. Las cámaras estaban muy bien calibradas y las fotografías se llevaban a papel con una escala de 1:30.000 y estaban perfectamente acopladas. Si hay errores en el conjunto, yo no los he encontrado».
La consecuencia de aquel buen trabajo es que, 60 años después, el archivo de El vuelo americano se deja trabajar por los investigadores: es preciso y está ordenado. Sus fotos caben en un sobre. En cambio, los archivos digitales pesan hasta una giga en el Centro Nacional de Descargas. Querido siglo XX.
¿Qué nos cuenta El vuelo americano de España en 1956 que no sepamos a través de las películas o de las novelas? «Le doy muchas vueltas a esta pregunta. Creo que el impulso que me llevó a hacer este trabajo fue conocer la huella de una sociedad sobre su territorio. Estas fotografías nos permiten observar cómo estaba construido aquel mundo y cómo ocupaba su suelo. Lo interesante es que el archivo no nació con ninguna finalidad ni artística ni narrativa, ninguna. Nadie quiso retratar cómo era España, ni aplicar su mirada. Sólo querían medirla».
La paradoja es que los supervivientes de 1956 lloran al ver las fotos de sus pueblos y que cualquier puede intuir que El vuelo americano tiene un valor emocional, quizá estético. «Estoy de acuerdo. A mí me producen estas imágenes algo parecido a la nostalgia. En realidad, me producen muchísima nostalgia. Ahí está la España en la que vivieron nuestros abuelos al lado de la que tenemos hoy en día. Ahí están las historias de las que me ha hablado mi padre siempre y me emociono. Nostalgia no significa echar de menos aquellos años, porque 1956 es un año de autocracia y de hambre, es fue año muy duro para España. Y no todas las comparativas son negativas, ni muchísimo menos… Pero las fotografías también preguntan por qué no pudimos elegir un modelo de crecimiento un poco distinto, un poco más amable con nuestro paisaje, con nuestro territorio, con nuestra cultura en lugar de haber depredado la costa».
Una aclaración: Galealba colorea las fotos de 1956, que son en blanco y negro. «Hay un método que se va construyendo sobre la marcha. Con cada fotografía tengo más datos para que el color sea el más parecido posible a la realidad a través de aplicaciones de inteligencia artificial, a la que voy educando un poquito, cargando cada vez más contenido».
-Es obvio que, al mirar estos diálogos de imágenes, lo que llama la atención es lo que ha cambiado. Me gustaría preguntarle por lo que permanece.
-Permanece mucho. La inmensa mayoría de nuestro del territorio peninsular, al menos, no ha cambiado tanto. Si hablamos de costa, es prácticamente imposible encontrar un trozo de costa que no, que no haya sufrido una transformación casi total, casi de cero a 100. Pero nos podemos ir a zonas de a zonas interiores, a zonas de meseta donde el paisaje no ha cambiado.
Y están los bosques, el principio de la historia. «En 1956 había poquísimos bosques. Y los que había han cambiado y se han transformado. Casi todos tienden a ser más frondosos y más extensos. La reforestación de España es muy obvia. De hecho, es uno de los pilares de este proyecto. Durante casi cinco años viví en Granada. Vivía rodeado de bosques, rodeado de montañas y me obsesioné con intentar encontrar qué parte de esos bosques que ya estaba ahí desde seimpre y qué parte la creamos en nuestro mundo. A raíz de ahí fui investigando. Si nos vamos a la región de Murcia, por ejemplo, casi ningún bosque de los que existen estaba en 1956. Sierra Nevada prácticamente no tenía nada. La Sierra de las Hurdes, el sistema norte de Extremadura, también estaba deforestada». Península de casas, sí, pero también de arboledas.
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