Diego Urdiales impone su proverbial magisterio en el horno crematorio de La Ribera

Diego Urdiales impuso su proverbial magisterio de principio a fin, un estado de gracia por encima de los toros y sus circunstancias. Sólo un palco obtuso no captó la importancia de aquella faena que valía, por sí misma, la puerta grande, sin entrar a valorar la globalidad de la actuación de Diego. Una oreja y una oreja -que nada tenía que ver con aquella- no reflejan el todo de Urdiales. Fernando Lázaro hubiera sentido orgullo patrio. Roca Rey venía embalado de rotunda autoridad, pero no tuvo su día -maquilló la cosa con un trofeo- ante el toro de más clase y ante el más desabrido de una escalera de Juan Pedro de más movimiento que entrega. Y, en definitiva, de difícil digestión. Mal asunto. El lote de Aarón Palacio fue infame.

 El clásico de Arnedo sella una gran tarde con una importante faena y corta dos orejas que debieron ser tres; Roca Rey maquilla con un trofeo su actuación; una escalera de Juan Pedro de difícil digestión; no funcionó, tampoco, la cúpula de la plaza  

Diego Urdiales impuso su proverbial magisterio de principio a fin, un estado de gracia por encima de los toros y sus circunstancias. Sólo un palco obtuso no captó la importancia de aquella faena que valía, por sí misma, la puerta grande, sin entrar a valorar la globalidad de la actuación de Diego. Una oreja y una oreja -que nada tenía que ver con aquella- no reflejan el todo de Urdiales. Fernando Lázaro hubiera sentido orgullo patrio. Roca Rey venía embalado de rotunda autoridad, pero no tuvo su día -maquilló la cosa con un trofeo- ante el toro de más clase y ante el más desabrido de una escalera de Juan Pedro de más movimiento que entrega. Y, en definitiva, de difícil digestión. Mal asunto. El lote de Aarón Palacio fue infame.

El recuerdo de Lázaro, siempre presente, revivió con especial fuerza aquí en su tierra. Lo que no diría con la invasión de Ceuta, él, que tan profundamente sentía España. Caía sobre Logroño un calor imprevisto, 31 grados en bruto a 21 de septiembre. Para conmemorar los 25 años de la plaza de La Ribera, la cúpula estaba rota. BMF nunca defrauda: «¡Chopera, abre la carpa!», gritó con voz tronante un riojano. La única respuesta fue el eco de su grito contra la «carpa» cerrada. Cuando arrancaba la corrida con una entrada masiva -tres cuartos de entrada largos-, la plaza adquirió una temperatura de horno crematorio. Batieron más las palmas que los abanicos para sacar a Diego Urdiales al tercio con una ovación.

A las 18:33, Urdiales paseaba una oreja, fruto de su bien hacer con un noble juampedro de contado poder, fondo y entrega. Fue el sitio de Diego la clave, sus manos de artesano para un toro que, precisamente, lo hacía todo sobre las suyas. Las manos, digo. Tan visibles por su largura, más que el viaje. Lo único que tenía hacia delante era la cara. Urdiales jugó con la distancia y el espacio en tres series de notables derechazos y una primorosa tanda al natural, a golpe de su privilegiada muñeca. Y ya no quiso más el domecq, que soltó entonces el último aliento, desentendiéndose. Apuró el clásico arnedano el sobrante y sonó un aviso cuando se perfilaba sobre la misma boca de riego. Un fulminante espadazo delantero redondeó el trofeo.

Treinta y tres minutos después, o sea, a las 19:06, Roca Rey concluía la vuelta al ruedo con una oreja que pudieron ser dos con el entusiasmo desbocado de la gente. RR viene desde mediados de agosto -desde Gijón exactamente- con el turbo metido de la autoridad, una rotundidad aplastante. Y aquí hizo lo suyo con un juampedro de mazapán, pero no lo que pedía el toro. Muy a modo, por cierto, y con clase. El peruano lanzó la faena con cuatro pases cambiados de rodillas y la relanzó al final por el palo del arrimón, los circulares y así. Entretanto, la embestida reclamaba tacto, vuelos. Y la cosa es que Roca lo sabía y trataba de iniciar así. Pero el acelerón del muletazo -vulgo trallazo- o el toque que entierra al toro es superior a sus fuerzas. Eso sucedió después de un cambio de mano superior. Cuando quiso torear al natural, clavó la embestida en la arena. En fin, que rentabilizó su potencia de fuego y la aseguró con la espada en el rincón.

No pasó nada en el turno de un Aarón Palacio muy dispuesto ante un toro basto y muy atacado que embestía como era. Es decir, en bloque, bruto. Sin flexibilidad ni ritmo; el freno echado. Nunca tenía el cuarto pase y en los de antes no fluía. Una cosa: una hora y media para tres toros es de por sí una pesadez; en aquella sauna se hacía insoportable.

A las 19:31, Diego Urdiales armó una obra memorable por su importancia, por lo que se vio y, sobre todo, por lo que no se vio. Traía el toro movimiento pero no compás, una combustión no placentera, una obediencia insincera. Por eso no reeditó el saludo anterior a la verónica, ni el quite alado por chicuelinas. Lo de Diego fue crecer y crecerse hasta encontrar el asiento; la búsqueda de la verdad hasta hallarla. Para eso tragó, encajó y consintió, puliendo al toro por su camino, sin renunciar a la armonía jamás. Y así, cuando cogió la izquierda, brilló el toreo como el Santo Grial, la veta de oro filtrada en aquel río de aguas revueltas, el no va más. La última serie de naturales enfrontilados, con el toro entregándose al torero entregado, volcó La Ribera en un ole sostenido, ensordecedor. Urdiales ponía una vez más el toreo en pie. Su asombroso sitio con la espada puso el resto. La plaza estalló en un clamor. Todo el mundo convulsionó menos el presidente. ¿Cómo va a valer esa faena de auténtico peso la misma oreja que la otra suya o la de Roca Rey, hombre de Dios? Pues así la valoró el tipo del palco, reventando una salida a hombros de ley (el Reglamento de La Rioja señala que hay que cortar dos en un mismo toro). La tarde de Diego Urdiales fue de proverbial magisterio, ya digo. Imponiéndose a todo.

Y ahí se acabó la corrida artísticamente. Juan Pedro Domecq tiene la ganadería en un punto jodido. Fue manso y desabrido el quinto, que sacudía la cabeza como una devanadora. Otra cosa es que Roca Rey debería haber resuelto de otro modo. El corpulento bestiajo le complicó la vida de tal modo que acabó trabado, muy enganchado y desarmado con la izquierda y lejos de la imagen que venía dando y, por lo menos ayer, como debe andar una máxima figura del toreo de su poderío. Aarón Palacio salió a tumba abierta con el último, una vaca vieja descompuesta. A las 20:19 le silbó como un obús a portagayola sobre su cabeza. Faroles de rodillas en un ¡ay!. Igual que en el principio de faena. Pero, ya en pie, la rabia novilleril se estrelló contra aquella sabandija nervuda. Y la espada desafilada terminó por ponerle sordina a todo.

Antes de concluir la calurosa jornada, había trascendido la baja para este martes de Morante de la Puebla por una «lumbalgia incapacitante», según el parte médico. Lo que se dice incapacitante, verdaderamente, es el planteamiento (sic) de su temporada. Lógicamente, Urdiales será su sustituto.

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