Fue Woody Allen el que dijo aquello de que, en caso de existir la reencarnación, lo suyo sería volver a la vida en las yemas de los dedos de Warren Beatty. No está claro que el chiste, con su renegrido poso rancio, pase ahora mismo el filtro, pero tampoco la propia figura del galán según el patrón del cine clásico parece que sea de lo más edificante. Hubo hombres galanes, pero no tanto mujeres en su misma y seductora posición. Ellas a todo lo que llegaron en la gran pantalla fue a mujeres fatales, que no galanas, y que siempre fue la forma más disimulada de llamarlas, con perdón, putas. Jorge Mistral, sea como sea y al margen de polémicas y evidencias, fue un galán poseedor de unas yemas de los dedos tan envidiables al menos como las de Beatty. Probablemente el más apuesto, el más moreno, el más pasional y, ya que estamos, el más hispano y latino de todos ellos mucho antes que Bad Bunny entrara en escena. Y lo fue en todas las posturas posibles y desde cualquier punto de vista, digamos, ideológico.
Tras pelear toda la vida contra la etiqueta de galán oficial del régimen, alcanzó una fama descomunal en México para acabar quitándose la vida acosado por un cáncer
Fue Woody Allen el que dijo aquello de que, en caso de existir la reencarnación, lo suyo sería volver a la vida en las yemas de los dedos de Warren Beatty. No está claro que el chiste, con su renegrido poso rancio, pase ahora mismo el filtro, pero tampoco la propia figura del galán según el patrón del cine clásico parece que sea de lo más edificante. Hubo hombres galanes, pero no tanto mujeres en su misma y seductora posición. Ellas a todo lo que llegaron en la gran pantalla fue a mujeres fatales, que no galanas, y que siempre fue la forma más disimulada de llamarlas, con perdón, putas. Jorge Mistral, sea como sea y al margen de polémicas y evidencias, fue un galán poseedor de unas yemas de los dedos tan envidiables al menos como las de Beatty. Probablemente el más apuesto, el más moreno, el más pasional y, ya que estamos, el más hispano y latino de todos ellos mucho antes que Bad Bunny entrara en escena. Y lo fue en todas las posturas posibles y desde cualquier punto de vista, digamos, ideológico.
Durante mucho tiempo, en plena dictadura, Mistral se elevó a figura imprescindible del cine historicista, antes que histórico, de cartón piedra firmado por las productoras Cifesa y Suevia Films. En el rigor de la autarquía, no hubo hazaña bélica, descabellada pasión amorosa o acontecimiento del pasado imperial que se resistiera a su porte de marino de ultramar. Luego emigró a México y allí el melodrama canalla empapado en alcohol encontró en él la figura atormentada que todo abismo requiere. Quizá por ello, por su afición por los precipicios, directores como Buñuel, Juan Antonio Bardem o Salomón Laiter se fijaron en él. Quizá por ello, el propio Jorge Mistral pasó buena parte de sus últimos años de carrera huyendo de sí mismo, de su mito y hasta de sus yemas de los dedos. Quizá por ello, el 21 de abril de 1972, con 51 años cumplidos, él mismo se quitó la vida.
Para buena parte de sus contemporáneos, este hombre nacido como Modesto Llosas Rosell en la localidad valenciana de Aldaya en 1920 fue el motivo y causa de todos los anhelos de evasión. Acabada la guerra, las salas de cine se poblaron de abigarrados y artificiosos dramones que servían igual para ocultar que para huir de una realidad demasiado grosera y sucia. Y en todos, Jorge Mistral oficiaba de auténtico y genuino objeto, que no sujeto, de deseo. Películas como Locura de amor, La duquesa de Benamejí, Currito de la Cruz o Pequeñeces, todas de Cifesa, al lado de la primera versión de las aventuras de los guardiamarinas en Botón de ancla, los paracaidistas de La trinca del aire o los esforzados resistentes de Héroes del 95 hacen de él el perfecto protagonista de una España irreal, de una España en fuga, de una España nostálgica de un tiempo tan esplendoroso como inexistente. En la segunda mitad de los 40 y principios de los 50, escoltado por Aurora Bautista, Amparo Rivelles, Maruchi Fresno o la propia Carmen Sevilla como la Hermana San Sulpicio, él fue el poseedor, ya se ha dicho, de las más envidiadas yemas de los dedos del régimen.
Y así hasta que México le descubrió y hasta se apropió de él. Tras múltiples incursiones en un cine siempre desgarrado que vivía su primera edad de oro, su papel en el melodramón de éxito infatigable El derecho de nacer (Zacarías Gómez Urquiza, 1952) le convirtió en probablemente la primera estrella global hispana, latina o hispanoamericana, como se quiera. De repente, Jorge Mistral era tan conocido y deseado acá como allá. Y lo era merced a la tragedia antiabortista de un hijo ilegítimo, sea esto lo que sea, que tras salvarse de no haber nacido acaba convertido en honorable médico (con toda seguridad él mismo antiabortista). De eso iba el que hasta hoy es uno de los mayores éxitos del cine mexicano de todos los tiempos. Durante toda la década antes de la irrupción de los nuevos cines, Mistral demostró ser capaz de todo sin prácticamente excepción. Con el torbellino de María Félix rodó Camelia; con Carmen Sevilla, Un caballero andaluz; con Sophia Loren, La sirena y el delfín (al lado de Alan Ladd); con, otra vez, Aurora Bautista, La gata… Igual se le vio en el melodrama de rigor, que en el peplum de pecho lata (Esclavas de Cartago), que en el policiaco con estilo (finísima La ley del silencio, de José Antonio Nieves Conde y José María Forqué), que en la comedia disparatada (El caso de la mujer asesinadita)…
Y entre tanto, Jorge Mistral empezó quizá su pelea contra Jorge Mistral. En la turbamulta de un triunfo que no conocía fronteras, dos películas destacan por su arrogancia y, si se quiere, hasta su brillante empeño autodestructivo. En 1953 rodó con Buñuel en México Abismos de pasión, la más surrealista aproximación a la por fuerza surreal novela de Emily Brontë Cumbres borrascosas. En ella, él es Heathcliff (o Alejandro para la nueva lectura) en la frenética interpretación de una pasión amorosa que es a la vez venganza, duelo, éxtasis, rabia y arrebato. Todo. Se diría que el propio Mistral refuta cada uno de sus papeles anteriores en una suerte parodia trágica que también es sublimación. El director español se sirve del legado del actor para darle la vuelta y hacer sangre, y el actor, en correspondencia, utiliza la grafía siempre desmedida del realizador para ofrecerse en sacrificio. Tan descarnado como cruel.
Algo parecido sucedería en el propósito fallido por culpa de la censura de convertir a Mistral en metáfora de un país entero. Lo intentó Juan Antonio Bardem en La Venganza en 1958. El director quería una historia de arquetipos en la que las dos españas vivían su gran momento de reconciliación y hasta perdón. Mistral, el que había sido durante tanto tiempo el galán del régimen, encarnaría al otro, a la España derrotada en la piel de un segador que busca su momento de, en efecto, venganza tras pasar diez años en la cárcel por un crimen que no cometió. Y Raf Vallone daba vida a la España golpista y culpable que, en la buscada redención sin derramamiento de más sangre, debía antes aceptar su culpa. Puesto que fue él el culpable. Tras la intervención de los aplicados censores, el argumento, al fin, resultó lo suficientemente críptico para que nadie entendiera nada. Pero la intención, el deseo de Mistral de ser lo contrario de lo que siempre fue, ahí quedó.
Ya al final de su carrera, y tras intentar por tres veces dirigir películas sin ningún éxito (la más destacada fue la olvidada y olvidable Crimen sin olvido), Mistral intentaría su última y más íntima recusación de sí aceptando un personaje homosexual que cambia sexo por droga. O al revés. Ni rastro del heroico salvador de todas las patrias. Lo hizo en la película de Salomón Laiter Las puertas del paraíso. Un año después, en 1972, aquejado de un cáncer de duodeno, decidía dejarlo todo, abandonar todo lo que había sido y, como su admirado Pedro Armendáriz, tocar por fin con la yema de los dedos a la misma muerte.
Noticias de Cultura
