Hay algo de contradicción casi mística en todo el cine de Paula Ortiz en general y, de forma mucho más concreta, en su última película. La directora ha construido su filmografía desde la vocación y empeño de hacer ver las palabras, de narrar desde la quietud de cada plano. Ocurría en su lectura lorquiana más allá del propio Lorca en La novia y, de forma explícita, volvía a suceder en Teresa, su acercamiento al silencio desde el estruendo de un diálogo teatral (La lengua en pedazos, de Juan Mayorga). Se diría que en su cine, el texto es él mismo el subtexto que alienta y da forma a la imagen. En Petros Eni, su última película, la paradoja mística, llamémoslo así, se hace evidente desde el principio. La cámara ingrávida recorre la suntuosidad luminosa de la cúpula de la basílica de San Pedro en el Vaticano. Por primera vez un plano desde un dron tiene sentido. Se trata de únicamente el preámbulo, una suerte de rito de iniciación. Lo que sigue es un viaje a lo más hondo, del barroco al arte paleocristiano, del cielo a los cimientos mismos del más venerado de los templos, allá donde se esconde «una de las mayores necrópolis del mundo» y, en efecto, los mismos restos del apóstol que da asiento a la misma Iglesia, a toda ella.
La directora registra por primera vez la necrópolis, una de las mayores del mundo, hundida en los cimientos de la basílica del Vaticano. Y lo hace con Chris Pratt como invitado
Hay algo de contradicción casi mística en todo el cine de Paula Ortiz en general y, de forma mucho más concreta, en su última película. La directora ha construido su filmografía desde la vocación y empeño de hacer ver las palabras, de narrar desde la quietud de cada plano. Ocurría en su lectura lorquiana más allá del propio Lorca en La novia y, de forma explícita, volvía a suceder en Teresa, su acercamiento al silencio desde el estruendo de un diálogo teatral (La lengua en pedazos, de Juan Mayorga). Se diría que en su cine, el texto es él mismo el subtexto que alienta y da forma a la imagen. En Petros Eni, su última película, la paradoja mística, llamémoslo así, se hace evidente desde el principio. La cámara ingrávida recorre la suntuosidad luminosa de la cúpula de la basílica de San Pedro en el Vaticano. Por primera vez un plano desde un dron tiene sentido. Se trata de únicamente el preámbulo, una suerte de rito de iniciación. Lo que sigue es un viaje a lo más hondo, del barroco al arte paleocristiano, del cielo a los cimientos mismos del más venerado de los templos, allá donde se esconde «una de las mayores necrópolis del mundo» y, en efecto, los mismos restos del apóstol que da asiento a la misma Iglesia, a toda ella.
«La primera vez que te ves a solas en el Vaticano lo que sientes no es tanto el síndrome de Stendhal, paralizada por la belleza, como una sensación de responsabilidad. La parálisis, sea como sea, es la misma. Piensas en cuántas generaciones de seres humanos han realizado un esfuerzo enorme por trascender con su gesto artístico; piensas en la cantidad de gente que se acerca allí mismo a orar. Por eso, me planteé, al menos al principio, convertir la película en casi una experiencia, que el espectador se sienta y se vea dentro», dice la directora, se toma un segundo y sigue: «Impresiona mucho la basílica de noche, vacía, en silencio. Es un tipo de silencio muy particular, es un silencio que, lejos del bullicio de las muchedumbres y los turistas, trae consigo innumerables voces». La contradicción, queda claro, sigue ahí.
Para situarnos, Petrós Ení es la inscripción en griego que supuestamente certifica el lugar donde reposan los restos del apóstol Simón, luego y para siempre llamado Pedro. «Pedro está aquí» es su significado. El grabado de las letras, un grafito sobre un muro rojo, figura en el lugar de excepción de la auténtica ciudad mortuoria romana (comparable a la mismísima Pompeya) sobre la que se edificó un primer templo en tiempos de Constantino. Cerca de 1.200 años después sería demolido para dejar su sitio a la basílica actual. La película de Paula Ortiz desciende literalmente al abismo y allí en un espacio reservado, estrecho, húmedo y alérgico al bullicio de la superficie retrata con pulcritud un secreto que, en verdad, quiere ser revelación.
«El encargo me lo hizo el papa anterior. Recuerdo que cuando nos reunimos con él, Francisco bendijo a todos los que venían conmigo y a mí me dio la bienvenida. El gesto me resultó extremadamente elegante. Me conocían perfectamente. El sínodo había visto mi película Teresa y fue ella la que me llevó hasta allí. Sabían que yo no soy creyente, que soy atea. Lo que buscaban, me dijeron, fue lo mismo que con el encargo del libro de Javier Cercas El loco de dios en el fin del mundo. Buscaban una relación de interés, de curiosidad, de afán de conocimiento, antes que la visión y lectura de un devoto», comenta Paula y su recuerdo puntúa como una contradicción, no por fuerza mística, más.
La película quiere ser, y es, experiencia sensorial empeñada en abrazar con la mirada un espacio único y oculto sin descuidar su carácter divulgativo. No deja de ser un documental arqueológico en la tradición más ortodoxa. El texto firmado por Andrea Tornielli es interpretado, que no solo leído, por el actor estadounidense Chris Pratt y, por un momento, cunde el desconcierto. «Hay una intención, y así me lo explicaron, de renovar un mensaje quizá algo perdido entre el tráfago del turismo. La basílica es un lugar visitado diariamente por miles de personas que se detienen quizá únicamente en la espectacularidad del decorado. La intención de la Iglesia es tan sencilla y legítima como recordar con la tecnología actual –se ha rodado con objetivos IMAX– cuál es el verdadero sentido de todo esto. Pratt se incorporó posteriormente al proyecto y, más allá de su compromiso personal como creyente que es, su presencia tiene que ver con esa voluntad de renovación, de puesta al día… Ahora mismo y con la misma motivación, Roberto Benigni está grabando un monólogo de San Pedro», explica la directora.
Buena parte de la cinta se va en el meticuloso relato del hallazgo de la inscripción primero y de los restos del santo después. Fue en el año 1939, con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, cuando el papa Pío XII encargó las primeras excavaciones que dieron con la necrópolis. Posteriormente, la arqueóloga Margherita Guarducci lograría descifrar el grafito griego. Lo que siguió fue el descubrimiento de un nicho oculto con los huesos en su interior de un hombre de unos 70 años datados en el siglo I. En 1968, Pablo VI daba por probado «con altísima probabilidad científica» que aquellos restos eran los auténticos.
«En verdad», comenta la agnóstica que es Paula Ortiz, «no entiendo la relevancia de hacer coincidir la historia con el mito. El valor de la religión no cambia ni para el creyente ni para el ateo. Sin embargo, para la Iglesia es muy importante la existencia de una argumentación arqueológica e histórica sobre el relato. Hay un empeño en que se dé fe de que San Pedro existió como persona, como persona murió y como persona vivió. Se quiere mantener la tradición cultural empeñada en dejar claro que todo lo que cuenta la religión pasó realmente, que no solo es producto de un relato o una ficción».
El final de la película está reservado a León XIV. El propio papa que ahora convalece de una operación se presenta y da la clave que, a su manera, justifica todo. El pontífice, en vez de citar el texto sagrado, echa mano de G.K. Chesterton, el más carnal y pagano de los creyentes. Una contradicción más. «La Iglesia fue fundada sobre un hombre débil, y por esa razón es indestructible; porque ningún instrumento o imperio de la tierra es tan duradero como la debilidad del hombre», dice y en las palabras deja constancia de la última y más brillante de, otra vez, todas las contradicciones posibles. «Sin duda», apunta la directora, «la frase obedece a un gesto político que reivindica para la Iglesia otro tipo de poder y de fuerza alejado de la obscenidad brutal que exhiben los políticos y los líderes más poderosos de la actualidad». Amén.
Noticias de Cultura
