Sandra Sánchez, la historia tras un oro olímpico: «En meses, mi madre enfermó, dejé el kárate y sufrí una agresión sexual. Me rompí»

La vida de Sandra Sánchez (Talavera de la Reina, 1981) es de película. La promesa que lo dejó todo para cuidar a su madre, la chica a la que una agresión sumió en la oscuridad, la mujer que volvió a intentarlo con una edad más propia de la retirada, la estrella que ganó un oro olímpico. Lo dicho, de película. Lo era de modo metafórico y ahora lo es de manera literal. Acaba de llegar a los cines ‘Karateka’, donde Andrea Ros se mete en la piel de la campeona de kata en Tokio para contar una historia tan poderosa que sólo podía ser real.

 Su camino hasta el oro olímpico fue tan atípico, duro e inspirador que ha merecido una película. «Decían que dónde iba con mi edad… pues mirad», se ríe ahora  

La vida de Sandra Sánchez (Talavera de la Reina, 1981) es de película. La promesa que lo dejó todo para cuidar a su madre, la chica a la que una agresión sumió en la oscuridad, la mujer que volvió a intentarlo con una edad más propia de la retirada, la estrella que ganó un oro olímpico. Lo dicho, de película. Lo era de modo metafórico y ahora lo es de manera literal. Acaba de llegar a los cines ‘Karateka’, donde Andrea Ros se mete en la piel de la campeona de kata en Tokio para contar una historia tan poderosa que sólo podía ser real.

Cuando ves tu vida en una pantalla, ¿alucinas?
Mucho. Muchisisisisisisimo. Me siento muchas veces en el sofá con Jesús [del Moral, su marido, entrenador y también personaje central de la película] y le digo: «Ostras, que hay una peli de nuestra vida. ¿Cómo ha pasado esto? [risas]. No sé en qué momento estábamos hablando de si íbamos a un campeonato y ahora estamos viendo a unos actores estupendos representar nuestra vida en la pantalla.
Imagino que si con 15 o 20 años te cuentan que el kárate te iba a dar todo esto, piensas que se están riendo de ti.
Claro, es que, además, la peor parte de mi vida pasó entre los 15 y 20 años. Me harté a llorar y a preguntarme: «¿Por qué a mí? ¿Joder, qué he hecho para que me pasen tantas cosas malas? ¿Me estoy portando mal?». Pues eso me pasa ahora a veces, pero para bien. Estoy feliz de la vida, no paran de pasarme cosas y me hago la misma pregunta: ¿Por qué a mí?
¿Y qué respuesta te das?
Ninguna, no la tenía entonces y no la tengo ahora. A veces, sencillamente, las cosas pasan. Pero sí pienso en todas esas veces que lo estaba pasando tan mal y en cómo he afrontado la vida desde que superé esa etapa oscura. Cuando hay un día malo, lo relativizo y le doy la importancia justa, recuerdo que ahora tengo una buena vida y disfruto de que hace un día soleado u otros pequeños detalles. Esa manera de vivir, de alguna manera, ha tenido la recompensa de traerme hasta aquí.
¿Qué sucedió en esa etapa oscura de los 15 a los 20 años?
De adolescente sentía que no encajaba en el mundo fuera del kárate. Era buena, fui progresando y a los 18 años me ofrecieron entrar en el CAR (Centro de Alto Rendimiento) de Madrid con una beca para dar el siguiente paso, pero a los dos meses detectaron un cáncer a mi madre, lo dejé todo y volví a casa para estar con ella. En esa misma época, con 19 años, sufrí una agresión y la suma de ambas cosas me rompió. Fue un fundido a negro. Ahí terminó una Sandra y tuvo que empezar otra en un proceso muy largo, muy doloroso y muy lento. No sabes cuándo vas a salir de esa oscuridad, de esa sensación de que se caían todos los pilares que soportaban tu vida.
¿Fue una agresión sexual?
Sí, y no fue aún más grave porque, gracias al kárate, pude defenderme algo. Después de ese día sentí que había perdido mi forma de estar en el mundo, esa ingenuidad con la que miras la vida siendo tan joven, cuando aún piensas que el mundo es bueno. Sumado a que seguíamos viviendo la enfermedad de mi madre, fueron demasiados golpes al mismo tiempo. Eso ya me rompió, pero además también descubrí que hay mucha gente que en los momentos malos desaparece, que es otra cosa que a esa edad aún no sabes. Tuve que aprender demasiadas cosas malas de la vida muy rápido y no supe gestionarlo todo durante varios años.
¿Cómo saliste de esa oscuridad?
Hay algo dentro de nosotros, una fuerza que ni siquiera sabemos que tenemos, pero sale cuando no hay más alternativa. Eso me hizo crear a la Sandra que soy ahora sin perder del todo a la Sandra que era antes de la agresión. Quería poder seguir mirando a la vida con colorines, seguir parándome a ayudar a los demás a pesar de que a mí no me ayudaron. De alguna manera, no quería perder mi personalidad anterior porque entonces me habrían robado demasiado, pero lograrlo fue un proceso de años y de mucho trabajo. Pasé por la ira, sentía rabia hacia todo el mundo, desconfiaba de cualquier persona que se acercara, siempre iba con un escudo y era como un perrillo que estaba siempre al ataque. Ahí, al fin, hubo un punto de inflexión.
¿Cuál?
No me gustaba ese comportamiento, yo no quería ser así. Todos tenemos los sentimientos metidos en una especie de tarritos. La ira, la rabia, la empatía, el respeto, la bondad, la ternura… Determinadas situaciones en la vida te hacen rellenar más un tarrito u otro, pero nuestras decisiones también pueden hacerlo y cuando vi que se me estaban llenando hasta rebosar los tarritos que menos me gustaban, paré y dije: «No quiero ser ese tipo de persona, no quiero tener este tipo de sentimientos».
¿Qué papel jugó el karate en todo ese proceso?
Lo fue todo. El karate ya me había salvado de que me pasara algó aún peor de lo que me pasó y se convirtió en mi refugio. Tras la agresión, no sabía cómo comportarme socialmente, me costaba tener habilidades sociales, pero llegaba al dojo y me sentía a salvo. Ahí ya no tenía que estar a la defensiva y toda la gente que me rodeaba conocía lo que me había pasado y me protegía sin necesidad de hablarlo. Allí era otro mundo donde toda esa tensión que generaba durante el día se apagaba. Me preguntan mucho de qué me sirven en la calle las katas, que son movimientos que hacemos solos, y es una idea errónea. La calle es mucho más que pelearse con otra persona, es pelearse contra la vida y gestionar las emociones. El kárate me ayudó en todas esas peleas que no son contra un ser humano, que a veces son incluso contra nosotros mismos, contra el espejo.
Sandra Sánchez posa para la entrevista.
Sandra Sánchez posa para la entrevista.Ángel Navarrete
¿Cuántas veces te llamaron loca por dedicarte a él?
Miles, y me lo siguen llamando. Hay que estar un poco loco en la vida, que si no se acabarían los colorines [risas]. Ten en cuenta que cuando pasa lo de mi madre, abandono el CAR y me vuelvo a casa, para mí se cierra la puerta del kárate de élite. Nadie en España me llamaba porque consideraban que había desaprovechado mi oportunidad. Me fui a vivir a Australia dando clases, terminé mi carrera universitaria (INEF) y seguía con ese picorcillo ahí dentro. Un club de Dubai me propuso volver a competir a nivel internacional y yo sólo necesitaba que me tocaran las palmas. Con casi 30 años, que es la edad en la que te preguntan por la retirada, yo volví empezar el camino y me decían constantemente: «Si no lo conseguiste con 20, ¿dónde vas ahora, chiquilla?». Pues mira…
Como padre que soy, no me quiero poner en la piel de los tuyos, pasándolo mal e intentando que te dedicases a tu carrera.
[Risas] Es verdad que mis padres lo han sufrido mucho porque, a pesar de todo lo que me iba pasando, siempre tuve ese alma rebelde y no encajaba en el camino que ellos esperaban: terminas la carrera, tienes tu trabajo fijo, te casas… Los pasos más o menos tradicionales. Eso sí, todas mis locuras me las pagué yo, nunca quise que les afectaran. Somos una familia muy humilde y, aunque sé que me habrían ayudado y siempre fueron una red de seguridad a la que volver si todo salía mal, yo trabajaba para financiar mis decisiones sin pedirles nada.
¿Piensas qué sería hoy tu vida sin el oro olímpico de Tokio 2021? Habrías vivido la misma odisea, pero seguramente no existiría esta película ni serías la deportista conocida que eres. Todo eso se decidió en un instante.
Sí, soy muy consciente de que cualquier micromomento podía haberme cambiado la vida, pero llegar con esa edad [39 años] a los Juegos también me hacía tomar conciencia de que yo era feliz y estaba en paz con el camino que me había tocado y había elegido, igual que lo fui cuando tomé la decisión de dejar el kárate y volver a casa para estar con mi madre. Pensé: «Este es el camino que estoy recorriendo y esta es la vida que tengo. Voy a sacarle el mayor jugo a este momento sin pensar qué hubiera ocurrido en el metaverso paralelo donde ya habría ganado en otros Juegos». Fui feliz en ese momento y así es como trato de vivir la vida, disfrutando de cada detalle y cada cosa que va llegando.
A los deportistas siempre se os hace una pregunta que me repele un poco: «¿Qué pensaste al verte en el podio?». Me cuesta creer que en ese momento penséis en algo muy profundo.
[Risas] Nada, tienes razón. La realidad es que estás tan sobrepasado de emociones que no hay un pensamiento claro y, además, todo te arrastra. De repente te llevan de un lado al otro, al doping, a las entrevistas, a saludar a no sé quién… No te da tiempo a pensar las cosas, sólo a flipar. Cuando esa noche llegué a la habitación, sólo pude dar cuatro cabezadas, me despertaba constantemente pensando que no había pasado, que tenía que ir a competir, no sentía que había sido real. Miraba la medalla y pensaba: «Joder, que es mía, que he ganado de verdad, ¡madre mía!».
Ahora entiendo eso de dormir con la medalla. Es para estar seguros.
Sí, sí, porque todo pasa tan rápido y es tan intenso que no se asienta. El objeto tangible es lo que te demuestra que es cierto. Sentí mucho orgullo por mí y por las personas que habían creído en mí. Estaba muy sola porque fue en pandemia y me había podido acompañar muy poquita gente, pero estaba Jesús que había recorrido todo el camino conmigo y le dije: «La que hemos liado» [risas].
Demostráis la falsedad del cliché de que las parejas no pueden trabajar juntos.
Somos el ejemplo de todo lo contrario. Ninguna tensión. También creo que las artes marciales son diferentes al resto de actividades porque cuando entras al dojo ya no se habla. Los entrenamientos son en silencio, el sensei va explicando lo que hay que hacer y tú lo haces. No tenía la sensación de estar siete horas con mi pareja, era un ente que manda, al que tengo un poco de manía por la cantidad de burpees que tenía que hacer, y al acabar recuperaba a mi pareja.
Tras cuatro años retirada, ¿cómo llevas la vida de civil?
Muy intensa porque tengo que dar salida a toda esa energía que empleaba en entrenar. Sigo entrenando mucho porque soy karateka más allá de la competición, pero me meto en mil proyectos. Entreno a profesionales de varios países, tengo una plataforma para entrenar a distancia a gente que no tiene recursos para viajar, he montado un proyecto para la recuperación de mujeres operadas de cáncer a través del karate y otro de inteligencia artificial y kárate, soy presidenta del Comité de Atletas de todos los deportes no olímpicos y llevo a cabo programas para la conciliación familiar y la salud mental. No está mal, ¿no?
Veo que has llenado ese vacío, complicado para la salud mental, que tienen tantos deportistas de élite al retirarse.
También lo he sufrido. Tengo muchas cosas en la cabeza para rellenar ese vacío, pero he tenido que gestionar esas emociones de que ya no hay una siguiente competición ni un próximo reto con todo lo que eso te produce. Al final, es una ruptura con aquello que has hecho toda la vida, te ha aportado muchos momentos súper intensos y se ha acabado para siempre. Es un proceso que hay que ir transitando poco a poco y, a veces, se hace duro. Sigo entrenando para estar fuerte física y emocionalmente y estoy disfrutando de todo esto maravilloso que me sucede y de devolver al kárate parte de lo que él me dio a mí toda la vida.

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