Valeria Luiselli: «La Europa mediterránea tiene una actitud hostil hacia los migrantes, pero casi todas las familias tienen antepasados que emigraron»

Valeria Luiselli aún tiene jet lag de Nueva York. «Me desperté a las dos de la madrugada lista para un día intenso», confiesa con media sonrisa y pide un pincho de tortilla antes de empezar la gira española de Principio, medio, fin(Feltrinelli), una novela profundamente mediterránea, ambientada en una Sicilia en la que resuenan los mitos grecorromanos, los náufragos que llegan del mar, el fuego del Etna, las piedras y olores del pasado… Han pasado casi siete años desde su impactante Desierto sonoro (Sexto Piso, 2019), aquel road trip de una familia en descomposición que viaja de Nueva York a la frontera mexicana viendo las caravanas de migrantes. Nómada por propia biografía -nació en Ciudad de México, pero el trabajo diplomático de su padre la llevó a Costa Rica, Corea del Sur, India o Sudáfrica-, Luiselli ha hecho del desplazamiento, la memoria y las fronteras el núcleo de su obra. Mañana protagonizará el Festival En Otras Palabras de CaixaForum con una conversación con Enrique Vila-Matas titulada Proteo o de cómo viajar en el tiempo. Hijo de Poseidón, Proteo era un dios marino capaz de transformarse a voluntad y Luiselli lo convierte en metáfora y trama, la de un mosaico robado de una antigua excavación por La Nanna, la abuela de la protagonista…

 Casi siete años después del éxito de ‘Desierto sonoro’ la escritora mexicana regresa con una novela muy mediterránea, ‘Principio, medio, fin’ (Feltrinelli). «No me interesan tanto las respuestas como las preguntas», señala  

Valeria Luiselli aún tiene jet lag de Nueva York. «Me desperté a las dos de la madrugada lista para un día intenso», confiesa con media sonrisa y pide un pincho de tortilla antes de empezar la gira española de Principio, medio, fin(Feltrinelli), una novela profundamente mediterránea, ambientada en una Sicilia en la que resuenan los mitos grecorromanos, los náufragos que llegan del mar, el fuego del Etna, las piedras y olores del pasado… Han pasado casi siete años desde su impactante Desierto sonoro (Sexto Piso, 2019), aquel road trip de una familia en descomposición que viaja de Nueva York a la frontera mexicana viendo las caravanas de migrantes. Nómada por propia biografía -nació en Ciudad de México, pero el trabajo diplomático de su padre la llevó a Costa Rica, Corea del Sur, India o Sudáfrica-, Luiselli ha hecho del desplazamiento, la memoria y las fronteras el núcleo de su obra. Mañana protagonizará el Festival En Otras Palabras de CaixaForum con una conversación con Enrique Vila-Matas titulada Proteo o de cómo viajar en el tiempo. Hijo de Poseidón, Proteo era un dios marino capaz de transformarse a voluntad y Luiselli lo convierte en metáfora y trama, la de un mosaico robado de una antigua excavación por La Nanna, la abuela de la protagonista…

«En el principio eran una madre y una hija», así arranca su novela.¿La familia es uno de sus grandes temas literarios?
Me interesa explorar la naturaleza cambiante de las familias y la búsqueda de las raíces. Las familias son como planetas, se acercan, se alejan, se disocian y vuelven a encontrarse.También hay una meditación sobre cómo se transmiten las historias familiares de generación en generación, el peso de lo heredado y dónde está la libertad imaginativa para darle la vuelta a esa herencia.
Toda la novela es una exploración filosófica de la memoria y la ficción, cómo ciertas ficciones constituyen la memoria o cómo la memoria inventa ficciones. Hay muchas preguntas, pero no respuestas.
Mientras escribía me preguntaba constantemente ‘¿De qué trata esta novela?» y no encontraba respuesta. Hasta que entendí que esa era una pregunta equivocada. La correcta era: ‘¿Qué preguntas se está haciendo esta novela?» Si la formulaba así, el texto volvía a respirar. Soy, en el fondo, más ensayista que novelista. Siempre estoy en la frontera entre el ensayo y la ficción. No me interesan tanto las respuestas como las preguntas. Esa relación entre imaginación y memoria fue uno de los centros gravitacionales de la novela.
¿Y las fronteras físicas? En Desierto sonoro el muro con México era más que evidente, pero en esta queda más diluido aunque también trate la crisis migratoria como un paisaje de la isla, con carteles racistas contra los refugiados…
La frontera entre Estados Unidos y México es una gran cicatriz. En este libro, Sicilia es una frontera en sí misma pero en forma de isla: un puerto de llegada, un lugar intermedio entre Europa y África, no solo geopolítico, sino tectónico, geológico y mitológico. Es un territorio donde han convergido normandos, cartagineses, fenicios, árabes… Es de todos y de nadie.
Hay una escena brutal en el libro:la madre le lee a su hija de 12 años Las Troyanas de Séneca. Yestablece un paralelismo entre la ira colectiva de las víctimas de una Troya arrasada, que van a convertirse en esclavas, con la performance del colectivo chileno Las Tesis, que en 2019 cantaron su rabia contra el feminicidio con la canción Y la culpa no era mía ni dónde estaba ni cómo vestía. El violador eres tú…
Qué tristeza que sigamos pensando en las mismas cosas durante milenios. Antes de ser traficadas como esclavas sexuales, las mujeres de Troya se reúnen para cantar un último lamento. Es imposible no pensar en la violencia contra las mujeres hoy. Ciudad Juárez ha marcado la psique a las mexicanas, creo que a las mujeres en general. Que la humanidad sea capaz de ese grado de violencia sistemática, de desmembramiento, de tráfico… Se ha extendido a todo México y al continente. Tantas desaparecidas y madres buscando a sus hijas… Es una tragedia que se repite.
En el libro cuestiona mitos fundacionales, como el de Ulises. Dice que el gran héroe de la civilización occidental era en realidad un «traficante de esclavas» que repartió a las troyanas como botín de guerra entre el ejército aqueo.
Es un cretino de mierda, como dice la narradora [sonríe con ironía]. Si no revisamos nuestros mitos con ojos críticos, no podremos reescribir la historia hacia un futuro distinto. Los héroes griegos de La Ilíada y de La Odisea ganan una guerra, tienen aventuras y luego vuelven a casa. Pero los héroes de La Eneida han perdido una guerra, deambulan por el Mediterráneo en busca de casa porque no tienen una casa a la cual volver. Tienen que ir a fundar y a imaginarse una nueva casa.
Con sentido común infantil, cuando la niña ve carteles xenófobos contra los migrantes señala a su madre la gran contradicción: «Pero si los italianos se fueron a vivir a otros lugares cuando tuvieron que irse, como Nanna, que se fue a México».
Es la gran contradicción del presente en la Europa mediterránea. Tengo familia tanto en España como en Italia. Y mi impresión es que hay una disposición muy contraria a la llegada de las personas, una actitud muy poco comprensiva con la gente que huye en exilios, en diásporas… Todas esas personas del Mediterráneo que piensan de esa manera seguramente tienen por lo menos un familiar que emigró en las mismas condiciones a las Américas.
Con la vuetla de Trump y la presión del ICE, ¿qué siente ahora viviendo en Estados Unidos?
Nueva York es una especie de burbuja. Pero hay la sensación de que en cualquier momento pueden lanzarnos a la calle, como ha ocurrido en otros lugares. Vivir bajo un gobierno autoritario obliga a normalizar e ignorar la violencia y el horror para poder seguir con la vida cotidiana. Y eso es muy jodido. ¿En qué momento se nos apaga el alma? Hay como un rumor bajo, corriendo debajo de las cosas, que genera a nivel sensorial y emocional una sensación de angustia constante. Es como un zumbido. Noto un cambio sobre todo entre los jóvenes. Por protestar a favor de Palestina, por ejemplo, la policía los mete en la cárcel o los expulsan de la universidad. Jamás he visto en los 20 años que llevo en Estados Unidos un momento de tanto autoritarismo.
Cambio de tema…
Sí, por favor. No hablemos de Estados Unidos.
Quería preguntarle por la forma. Estructura el libro en cuatro partes con nombre de viento, del siroco al mestral. Pero además la narración está llena de epígrafes metafóricos que son los títulos del índice de ‘Historia natural’ de Plinio. ¿Por qué esa arquitectura, además muy relacionada con la naturaleza?
La Historia Natural de Plinio me ha acompañado mucho estos últimos seis años. Casi como tuve Rayuela en la mesita de noche entre los 15 y los 17 años, y luego El infinito en la palma de la mano cuando tenía veinte. Plinio se convirtió en mi librito de cabecera. Es una delicia leerlo. Tiene esa cualidad de compendio: abres en cualquier página y puedes leer un párrafo sobre la luna o un fragmento sobre la causa de los vientos. No he leído los 36 volúmenes, ni mucho menos, pero me he sumergido profundamente en el Libro II, que es el más cosmogónico y geológico. En Plinio hay una mirada que observa un mundo todavía no del todo narrado, un mundo no completamente explicado que ya había sido mitologizado. Sus antepasados habían escrito sobre el Etna, por ejemplo, pero en manos de los griegos el volcán era la montaña bajo la cual vivía un dios con sus furias. Plinio es de los primeros en intentar observarlo de otra manera. Lo que me fascina es esa actitud de ver las cosas como si fuera la primera vez. Plinio hace un esfuerzo enorme por documentarlo todo y preguntárselo todo: cómo se produce un viento, de dónde vienen los metales, por qué las montañas… Son preguntas que nos hemos dejado de hacer y que nos vendrían muy bien recuperar.
La niña de 12 años sí hace esas preguntas… Y siempre lleva un libro a cuestas del que va citando frases sobre la luna: ‘El mar que nos rodea’ de la bióloga y escritora Rachel Carson. ¿Por qué recuperar también ese libro de los años 50?
Carson es, en muchos sentidos, una versión actualizada de Plinio. Es bellísima. En nuestra observación contemporánea del mundo estamos fallando en algo. Hay un sentimiento cataclísmico muy común y justificado, sobre todo en la escritura del primer mundo, que observa la naturaleza desde la sensación de fin de las cosas. Además, casi siempre aparece un observador individual muy centrado en sí mismo. Me gusta David Attenborough, pero es insoportable encontrarlo una y otra vez en la literatura: esa figura del explorador que descubre el mundo por primera vez. Lo hermoso en Carson, como en Plinio, es que son solo un par de ojos y un par de oídos. No se colocan en el centro. En Carson, los personajes son las olas, las criaturas marinas y las rocas. Es como una novela del mar. En esta novela también hay una conexión muy profunda con la naturaleza, con la isla y con el paisaje.
Madre e hija, junto con las abuelas ausentes, van construyendo su propia cosmogonía íntima a partir del mosaico de Proteo. Incluso piensan en devolverlo a la Cartago antigua. ¿Necesitamos más mitologías personales?
No podemos vivir en un mundo hueco, vacío de capas geológicas y de historias. Lo que le da peso a nuestras vidas, y me refuero a un peso bueno, a una gravedad aterrizada, es esa capacidad de ver las cosas y entender que vienen de otra cosa, y de otra, y de otra. Ver un mosaico y mirar más allá: la historia que representa, pero también la ruta de las piedras, la montaña de la que vienen… Esa visión estratificada, con tramas en el mejor sentido, nos coloca en el mundo de manera mucho más amable, con mucha más amabilidad hacia el mundo.

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