Harrison Ford, que aún estás en la Tierra

Harrison Ford está muy viejo en la agradable Terapia sin filtro, la Ted Lasso de marca blanca. Parte es exigencia del papel, parte es la cruda realidad: tiene 83 años, pero es un dios que aún camina entre nosotros y cada vez que exhibe su mitológica media sonrisa, el mundo gira. Y se excita, claro. ¿Quién no se lo ha querido tirar, ser su amigo un rato, pasarle los clavos mientras construye un granero, volar con él… aunque se estampe? No hay una estrella viva de su calibre, pero se le da por amortizado. Cualquier día morirá y todo serán lágrimas de cocodrilo y tuits exhibicionistas. Tarde y mal. Como siempre.

 No hay una estrella viva de su calibre, pero se le da por amortizado. Cualquier día morirá y todo serán lágrimas de cocodrilo y tuits exhibicionistas. Tarde y mal  

Harrison Ford está muy viejo en la agradable Terapia sin filtro, la Ted Lasso de marca blanca. Parte es exigencia del papel, parte es la cruda realidad: tiene 83 años, pero es un dios que aún camina entre nosotros y cada vez que exhibe su mitológica media sonrisa, el mundo gira. Y se excita, claro. ¿Quién no se lo ha querido tirar, ser su amigo un rato, pasarle los clavos mientras construye un granero, volar con él… aunque se estampe? No hay una estrella viva de su calibre, pero se le da por amortizado. Cualquier día morirá y todo serán lágrimas de cocodrilo y tuits exhibicionistas. Tarde y mal. Como siempre.

He dicho estrella y no actor, por algo. Grandes actores vivos hay muchos, legendarios incluso. De Niro y Streep, Nicholson y Caine, Blanchett y Day-Lewis (la ausencia de Pacino no es un despiste), pero una estrella es otra cosa. No es para los críticos, es para la gente. La conocen igual en el Liceo que en el Mercadona; sus pelis malas se aguantan y las buenas se recitan; si está en pantalla, miras; si va a un sitio, todo gravita a su alrededor; el carisma es infinito y, aunque no sea el mejor actor de su generación, es el que define una época.

En la cultura popular, que es la que perdura, el rostro del cine desde finales de los 70 a mediados de los 90 es Harrison Ford. Nada puede batir como icono a ser Indiana Jones, Han Solo y Rick Deckard. Nada. Y sólo un insensato no sabe valorar Único testigo, Frenético o El fugitivo, películas de consumo rápido con cualquier otro protagonista, obras mayores con la inigualada capacidad de Ford para resultar a la vez heroico y sensible, noble y cínico, desesperado y capaz de solucionarlo todo. Los últimos 30 años los ha pasado dejándose llevar, pero su legado ya había quedado escrito.

Hollywood creó su imperio en torno a estrellas así, de Cary Grant y Marlon Brando a Paul Newman y Robert Redford, de Greta Garbo y Judy Garland a Katherine Hepburn y Marilyn Monroe. Ya no quedan. A Leo Di Caprio, como a Tom Hanks antes, no le interesa, a Denzel Washington le sobran talento y películas, pero le faltan personajes. Tom Cruise, lo más parecido a nivel comercial, es demasiado grimoso e inquietante. En manos de Ford pondrías tu vida, a él no le dejarías cuidar a tu perro. Que, siendo 20 años más joven, tenga el Oscar honorífico y Harrison no, es pura barbarie.

La estrella clásica que más me recuerda a Ford es Humphrey Bogart. Adorado por el público e infravalorado por la crítica de su tiempo hasta que no le quedó más remedio que rendirse a la evidencia de su grandeza, Bogart tuvo, con su Oscar tardío por La Reina de África, el final feliz que no tendrá Harrison. Tampoco le importa, dentro de 50 años seguirá siendo un icono mientras tantas estatuillas olvidadas se oxidan en casas de empeño, pero me duele. Le hemos querido tanto sin decírselo.

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