Sería muy sencillo sacudirme la culpa como si fuese caspa nevada sobre mis hombros. Es lo que solemos hacer cuando notamos la frialdad del acero en el cuello, pero creo que no debiera ser así. Hubo un tiempo de frenesí amargo en el que las horas me asfixiaban: era yo una mujer recién separada, con una jornada laboral digna del reinado de Leopoldo II y una criatura dependiente de tres años, en el regazo, metida en las tripas, dentro de mi piel. Sentía que, día tras día, de algún modo, mi vida se estaba jibarizando.
Cada noche entregaba un sonajero envenenado a mi bebé, en cada comida, en cada rato con amigos o cuando precisaba de un alivio momentáneo, otorgado por este poder maléfico, infeccioso como la gangrena
Sería muy sencillo sacudirme la culpa como si fuese caspa nevada sobre mis hombros. Es lo que solemos hacer cuando notamos la frialdad del acero en el cuello, pero creo que no debiera ser así. Hubo un tiempo de frenesí amargo en el que las horas me asfixiaban: era yo una mujer recién separada, con una jornada laboral digna del reinado de Leopoldo II y una criatura dependiente de tres años, en el regazo, metida en las tripas, dentro de mi piel. Sentía que, día tras día, de algún modo, mi vida se estaba jibarizando.
No hace falta que venga un juez, Meta o San Judas para saber de los peligros del diablo y así poder expiar, sin remordimientos, mi responsabilidad. Cada noche entregaba un sonajero envenenado a mi bebé, en cada comida, en cada rato con amigos o cuando precisaba de un alivio momentáneo, otorgado por este poder maléfico, infeccioso como la gangrena. Conectaba a mi hija a la corriente para yo poder desconectarme del mundo, de mí misma y, por qué no confesarlo, evadirme también de mi pequeña y de una, a veces, deprimente y oscura maternidad de ciudad.
Mentiría si me hiciese la despistada, si yo misma ya estaba yonqui perdida, enganchada al cristal, al igual que ella, buscando en mi soledad la atención, en los ojos de los demás y no en los suyos, en los likes, en las llamas y corazones vacíos, validándome sin descanso, inhalando la plata del móvil como un antidepresivo en mi minúsculo fumadero doméstico.
Benditos aquellos, profesionales de Silicon Valley, actores de Hollywood, expertos y bonificados en tiempo off, en recursos, quienes pueden someter a sus hijos a una estricta dieta detox, pero qué desgraciados todos los que se doblegan ante la fuerza del aparato ultraprocesado. No quiero caer en el cliché, porque también resultaría obvio escudarme detrás de la barraca, por eso deseo entonar un mea culpa; de esos polvos viene la ciénaga digital en la que me encuentro ahora, junto a una adolescente, embarradas hasta las rodillas. Quiero pegar un golpe, que venga un Black Mirror y derribe este muro. Ojalá la pantalla se funda a negro y se craquele en mil pedazos, acabar con el tira y afloja constante en el que trato, no sé si en vano, de recuperar algo que no supe hacer.
Podría alegar que nadie me advirtió, ni autoridades ni corporaciones, como si no supiese lo devastador de esnifar lejía, que obedecía órdenes fácticas, pero implicaría, diez años después, no haber aprendido absolutamente nada; volvería a ser, en definitiva, otra forma más de desconectarme. Y por segunda vez, también de ella.
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